Indalos, por Luis Pancorbo

Vista desde el mar no mejora la mole sobre la playa del Algarrobico, el hotel ilegal erigido cerca de Carboneras como si fuera una pirámide del horror urbanístico.

O un sepulcro vacío y blanqueado, aunque eso lo vaya perdiendo con el tiempo y el salitre. En todo caso es una gran mancha litoral en lo que debería ser territorio protegido en torno al Parque Natural Cabo de Gata. Otra estampa sorprendente es la que ofrece la casa de Ric Polanski, un norteamericano que vino a la localidad almeriense de Mojácar en el año 1969 y que se dedicó a los negocios inmobiliarios. Su mansión se pega a la cresta de un promontorio como lo haría una serpiente al terreno. Polanski viajó mucho por Suramérica y bateó oro antes de recalar en Mojácar (pronunciado Moo-Jha-Car), donde le sonrió la fortuna. "Toda mujer decente con más de 25 años velaba su cara", aportó Polanski a la antropología del lugar, añadiendo que, cuando él llegó, viejas y jóvenes vestían de negro.

Es cierto: las no tan antiguas mojaqueñas se ponían una cobija, que es lo más parecido que hay a un chador. A veces sujetaban la punta de ese velo con los dientes mientras tenían las manos ocupadas en el cántaro que iba a la fuente. Hoy, en la cercana población de Vera hay auténticas batallas entre nudistas y textiles por un trozo de playa, aparte de urbanizaciones que se pegan unas con otras.

Ante tanto arrasamiento se supone que se necesitaría una protección de orden sobrenatural más que legal, pues eso último no parece que sea siempre una garantía o una seguridad en España. Quizás habría que volver a invocar a los indalos. Y ponerlos masivamente como elementos apotropaicos para alejar males mayores, se entiende. El indalo, símbolo almeriense y mojaqueño en especial, tuvo un gran predicamento en los años 60 del pasado siglo. Representa a unhombre despatarrado que sostiene en los brazos un arco, pero más arco iris que el arco devastado que va de Vera a Carboneras. El indalo se convirtió en un recuerdo turístico, lo mismo que el Coco Joe, el barrigón de lava sonriente que se vende en Hawái, o que el Tangaroa, el dios fálico de las islas Cook. O que el nazar, ojo turquesa, que proponen hasta la extenuación en Turquía como alejador del mal de ojo. El indalo fue una inspiración del pintor Jesús de Perceval, quien en los años 60 puso un alfiler sobre un corazón de terciopelo rojo. Había nacido el indalo como lo conocemos ahora, aunque Perceval sabía perfectamente que eso procedía de una pintura de la Cueva de los Letreros (Vélez Blanco). Ahí se ve a un personaje rupestre en posición torcida que lleva en sus manos esquemáticas un círculo, que no un semicírculo o un arco. Eso, según Jesús de Perceval, lo pintaban de color ocre en las casas de Mojácar en la posguerra española. Carlos Almendros, el cronista del pueblo, recordaba a mediados del siglo pasado: "Los iberos del Sureste designaban bajo el nombre de Indal al ‘Señor por excelencia, Dios''. La raíz ibérica INBDA quiere decir ‘poderoso, fuerte''. Por eso llamaban a sus intrépidos jefes, IND-Ibil, IND-Ortes".

Si ahí hubo mezcla y conjetura, lo cierto es que antaño había que subir a caballo hasta la localidad de Mojácar, según se narra en la Geografía de Mohamed El Idrissi. El arqueólogo belga Louis Siret demostró en sus excavaciones que Mojácar poseyó una clara población argárica. Mojácar la Vieja, el cono truncado frente al pueblo actual, ya habría sido habitado en el año 2000 antes de Cristo. Como bien pudo haber existido una colonia hebrea en el Cerro del Judío, en las afueras, en dirección a Turre, donde algunos israelíes acampaban y hacían sus excavaciones.

Cualquier tiempo pasado no fue tan malo. Ginés Carrillo, el médico del pueblo, tenía un teatro llamado El Aquelarre para representar piezas esotéricas. Otras cuestiones, como que Walt Disney fuese de Mojácar y se llamara José Guirao Zamora, pertenecen más bien a las ganas de rizar el rizo, como si Mojácar no tuviera ya bastante con la singularidad de blanca alcazaba que ha podido salvarse porque lo merece. No como la nueva alcazaba del Algarrobico.