La increíble (y real) historia del país de 400 metros cuadrados

Netflix estrena una película basada en hechos reales: los de un excéntrico ingeniero que se construyó su propia república independiente

Luis Meyer
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Foto: COURTESY OF NETFLIX

El eslogan “Bienvenido a la república independiente de tu casa”, de una archiconocida firma de muebles, es algo universal que ya trasciende a la mera publicidad. Pero puede que los ingeniosos creativos del equipo de marketing no supieran que unas pocas décadas antes, ese concepto primigenio era algo más que un mero eslogan: fue algo absolutamente real. 

Hablamos de la Isla de Rosas, o más bien, de La República Esperantista de la Isla de Rosas. Una suerte de plataforma de cemento, acero y hormigón, construida en el Adriático, a un poco más de seis millas de la localidad italiana de Rímini. Como estaba en aguas internacionales, su constructor, el ingeniero Giorgio Rosas, pretendió que sus 400 metros cuadrados adquirieran el estatus de Estado independiente. 

La historia la recoge Netflix para su divertida película italiana 'La increíble historia de la Isla de las Rosas', convenientemente dulcificada, claro. Se trata de la odisea en la que se embarcó el ingeniero Giorgio Rosa, un inquieto inventor que no encontraba su sitio en este mundo y decidió, por decirlo llanamente, crearse el suyo propio. 

Con la ayuda de un colega de profesión y los trabajadores de su naviera, construyeron la plataforma a seis millas y setecientos metros de la costa, de modo que estuviera en aguas internacionales y pudiera así quedar fuera de la soberanía italiana.

COURTESY OF NETFLIX

La película presenta a Giorgio como un idealista que buscaba crear una república independiente menos estricta y más justa que el resto de los países, aunque algunas versiones oficiales dan una visión muy diferente: se dice que el verdadero objetivo del ingeniero fue crear un chiringuito en alta mar sin tener que pedir la preceptiva licencia ni pagar los impuestos de la legislación italiana. Lo cierto es que incluso llegaron a tener su propia bandera y lengua oficial: el esperanto.

Lo que es indudable, y en eso coinciden la película y las hemerotecas, es que la Isla de las Rosas despertó curiosidad en todo el mundo (muchos periódicos se hicieron eco del suceso), y alimentó la pasión libertaria de muchos jóvenes (coincidió con el Mayo del 68) que acudieron en masa en embarcaciones de todo tipo. Enseguida, la pequeña república tuvo una barra de bar y una pista de baile al aire libre donde se celebraron fiestas memorables. También pequeños apartamentos donde vivieron unos pocos habitantes del insólito “país”, entre ellos, un náufrago que llegó a la plataforma por los pelos en medio de un temporal. 

No es de extrañar que al Gobierno italiano no le hiciera ni pizca de gracia la existencia de esa plataforma y, basándose en unos cuantos tratados internacionales, encontró la excusa para tomar la “isla”, desalojar a sus ocupantes y derruirla. 

Simone Florena/Netflix

Según la película, Giorgio Rosa solicitó antes de todo esto a la ONU la declaración de Estado independiente de su plataforma, y ante la negativa, acudió al Consejo Europeo, que alegó no interferir en este conflicto al encontrarse en aguas internacionales y por tanto, fuera de su jurisdicción en Europa. Algunos opinan que esto último era una aceptación implícita de que la Isla de las Rosas tenía el estatus de Estado, ya que no se lo negó en ningún momento. 

Sea cual sea la verdadera versión de los hechos, y las motivaciones reales de Giorgio Rosa, hay un hecho que no merece discusión: después de este episodio, la ONU amplió de seis a doce millas náuticas la distancia para considerar que uno se encuentra en aguas internacionales. No vaya a ser que alguien se le ocurra emular al extravagante ingeniero…