Inca Garcilaso de la Vega, caballero de dos mundos

Aristócrata inca y caballero español, cuzqueño y cordobés a la vez. El primer escritor mestizo del Perú fue autor de libros esenciales en las crónicas de Indias. Este 2016 se celebra el 400 aniversario de su muerte.

Meritxell-Anfitrite Álvarez Mongay

La mitad de sus raíces las tenía plantadas en España, como vástago del conquistador Sebastián Garcilaso de la Vega, pariente del poeta; la otra mitad, en Perú, pues su madre, Chimpu Ocllo, pertenecía a la familia real de Túpac Inca Yupanqui y Huáscar. "A los hijos de español y de india, o de indio y española, nos llaman mestizos, por decir que somos mezclados de ambas naciones. Fue impuesto por los primeros españoles que tuvieron hijos en Indias. Y por ser nombre impuesto por nuestro padre y por su significación me lo llamo yo a boca llena y me honro con él". Gómez Suárez de Figueroa (1539-1616) era el nombre del bastardo, aunque más tarde firmara como Inca Garcilaso de la Vega.

El escritor nació en Cuzco cuando Atahualpa ya había sido derrotado y Tahuantinsuyo conquistado por Pizarro. "En medio del fuego y del furor de las cruelísimas guerras civiles de su patria", recibió una educación esmerada: latín, retórica y doctrina cristiana, quechua y cultura incaica. Completó sus estudios en el Viejo Mundo, cumpliendo la voluntad del padre difunto, que le había dejado en el testamento 4.000 pesos para que cruzara, a los 21 años, el océano. Se instaló con su tío en Montilla y siguió carrera militar por un tiempo, hasta que trocó el arcabuz de capitán por una vida holgada de rentas, caballos, esclavas moriscas y letras. En 1605 publicó La Florida del Inca; en 1609, los Comentarios reales, y de forma póstuma, Historia general del Perú. Según su epitafio, falleció un 22 de abril de hace 400 años.La mitad de sus raíces yacen enterradas en la catedral de Córdoba; en la de Cuzco, la otra mitad. Mestizo hasta la eternidad.

Inca Garcilaso de la Vega es uno de los mejores narradores del Siglo de Oro español, y Comentarios reales de los Incas, su obra más famosa, donde relata la historia de los pueblos precolombinos recurriendo a sus propios recuerdos, "como indio natural de aquella tierra" que el cuzqueño de Montilla era. El texto a continuación corresponde a un fragmento del libro, que se publicó en Lisboa en 1609. Enseguida se convirtió en un súper ventas y se tradujo a varias lenguas; sin embargo, estuvo prohibido en ultramar, pues la Corona española temía que despertara sentimientos anticoloniales desde que un indígena se les quiso rebelar.

"Porque el Cuzco en su imperio fue otra Roma en el suyo"

Residiendo mi madre en el Cozco, su patria, venían a visitarla casi cada semana los pocos parientes y parientas que de las crueldades y tiranías de Atahualpa escaparon, en las cuales visitas siempre sus más ordinarias pláticas eran tratar del origen de sus Reyes, de la majestad de ellos, de la grandeza de su Imperio, de sus conquistas y hazañas, del gobierno que en paz y en guerra tenían, de las leyes que tan en provecho y favor de sus vasallos ordenaban. En suma, no dejaban cosa de las prósperas que entre ellos hubiese acaecido que no la trajesen a cuenta. De las grandezas y prosperidades pasadas venían a las cosas presentes, lloraban sus Reyes muertos, enajenado su Imperio y acabada su república, etcétera. Estas y otras semejantes pláticas tenían los Incas y pallas en sus visitas, y con la memoria del bien perdido siempre acababan su conversación en lágrimas y llanto, diciendo: "trocósenos el reinar en vasallaje", etcétera. En estas pláticas yo, como muchacho, entraba y salía muchas veces donde ellos estaban, y me holgaba de las oír, como huelgan los tales de oír fábulas. Pasando pues días, meses y años, siendo ya yo de diez y seis o diez y siete años, acaeció que, estando mis parientes un día en esta su conversación hablando de sus Reyes y antiguallas, al más anciano de ellos, que era el que daba cuenta de ellas, le dije:

—Inca, tío, pues no hay escritura entre vosotros, que es lo que guarda la memoria de las cosas pasadas, ¿qué noticia tenéis del origen y principio de nuestros Reyes? Porque allá los españoles y las otras naciones, sus comarcanas, como tienen historias divinas y humanas, saben por ellas cuándo empezaron a reinar sus Reyes y los ajenos, y al trocarse unos imperios en otros, hasta saber cuántos mil años ha que Dios creó el cielo y la tierra, que todo esto y mucho más saben por sus libros. Empero vosotros, que carecéis de ellos, ¿qué memoria tenéis de vuestras antiguallas? [...]

—Sobrino, yo te las diré de muy buena gana; a ti te conviene oírlas y guardarlas en el corazón (es frase de ellos por decir en la memoria). Sabrás que en los siglos antiguos toda esta región de tierra que ves eran unos grandes montes y breñales, y las gentes en aquellos tiempos vivían como fieras y animales brutos, sin religión ni policía, sin pueblo ni casa, sin cultivar ni sembrar la tierra, sin vestir ni cubrir sus carnes, porque no sabían labrar algodón ni lana para hacer de vestir; vivían de dos en dos y de tres en tres, como acertaban a juntarse en las cuevas y resquicios de peñas y cavernas de la tierra. Comían, como bestias, yerbas del campo y raíces de árboles y la fruta inculta que ellos daban de suyo y carne humana. Cubrían sus carnes con hojas y cortezas de árboles y pieles de animales; otros andaban en cueros. En suma, vivían como venados y salvajinas, y aun en las mujeres se habían como los brutos, porque no supieron tenerlas propias y conocidas.

Adviértase, porque no enfade el repetir tantas veces estas palabras: "Nuestro Padre el Sol", que era lenguaje de los Incas y manera de veneración y acatamiento decirlas siempre que nombraban al Sol, porque se preciaban descender de él, y al que no era Inca no le era lícito tomarlas en la boca, que fuera blasfemia y lo apedrearan. Dijo el Inca:

—Nuestro Padre el Sol, viendo los hombres tales como te he dicho, se apiadó y hubo lástima de ellos y envió del cielo a la tierra un hijo y una hija de los suyos para que los doctrinasen en el conocimiento de Nuestro Padre el Sol, para que lo adorasen y tuviesen por su Dios y para que les diesen preceptos y leyes en que viviesen como hombres en razón y urbanidad, para que habitasen en casas y pueblos poblados, supiesen labrar las tierras, cultivar las plantas y mieses, criar los ganados y gozar de ellos y de los frutos de la tierra como hombres racionales y no como bestias. Con esta orden y mandato puso Nuestro Padre el Sol estos dos hijos suyos en la laguna Titicaca, que está ochenta leguas de aquí, y les dijo que fuesen por do quisiesen y, doquiera que parasen a comer o a dormir, procurasen hincar en el suelo una barrilla de oro de media vara en largo y dos dedos en grueso que les dio para señal y muestra que, donde aquella barra se les hundiese con solo un golpe que con ella diesen en tierra, allí quería el Sol Nuestro Padre que parasen e hiciesen su asiento y corte. [...] Ellos salieron de Titicaca y caminaron al septentrión, y por todo el camino, doquiera que paraban, tentaban hincar la barra de oro y nunca se les hundió. Así entraron en una venta o dormitorio pequeño, que está siete u ocho leguas al mediodía de esta ciudad, que hoy llaman Pacárec Tampu, que quiere decir venta o dormida que amanece. Púsole este nombre el Inca porque salió de aquella dormida al tiempo que amanecía. Es uno de los pueblos que este príncipe mandó poblar después, y sus moradores se jactan hoy grandemente del nombre, porque lo impuso nuestro Inca. De allí llegaron él y su mujer, nuestra Reina, a este valle del Cuzco, que entonces todo él estaba hecho montaña brava.

Texto extraído de la Primera parte de los "Comentarios reales"

(Libro I, capítulo XV), del Inca Garcilaso de la Vega.