III Expedición VIAJAR: de Shanghái al Tíbet

En 1933, el escritor británico James Hilton publicó “Horizontes perdidos”, la aventura de un grupo de amigos que descubre, por accidente, el paraíso: Shangri-La, un reino perdido en el corazón de China donde la gente ni enferma ni envejece, un lugar próspero donde reinan la paz y la felicidad. La III Expedición VIAJAR, primera de este año 2018, partirá en el puente de mayo en busca de ese destino. Un viaje extraordinario que entrará en China por LA CIUDAD DE Shanghái y volará hasta los lugares junto al Himalaya donde aún se concentran la belleza y los misterios.

Pedro Ceínos
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Foto: holdon001 / ISTOCK

El paraíso perdido de Shangri-La y el Palacio Potala del Tíbet aguardan a los miembros de la III Expedición VIAJAR, que partirán el próximo mes de marzo y harán escalas en Shanghái y el territorio naxi de Lijiang como parte de su aventura.

Lijiang, el hogar de los Naxi

Lijiang es el hogar de los naxi, una de las culturas más originales de nuestro planeta, donde elementos chinos, tibetanos, birmanos y mongoles se combinan con las ideas aborígenes para formar una cultura completamente diferente, que se caracteriza por la escritura pictográfica Dongba, con miles de volúmenes que preservan su cultura antigua, el chamanismo del mismo nombre, basado en el culto a los espíritus de la naturaleza, la potencia de sus tendencias matriarcales y la conservación de un tipo de música ritual taoísta ya desaparecida en el resto de China. Lijiang es una ciudad especial, con más de 800 años de historia, repleta de construcciones tradicionales de madera y teja negra, calles que serpentean traviesas, canales que surgen por doquier, puentes de piedra y madera con mil y una forma distintas, y la presencia continua de la cultura naxi. La visita a la ciudad antigua se debe realizar mediante ese vagabundeo productivo tan grato a los viajeros, en el que sus difusos objetivos podrían ser el Mercado Zhongyi, la Plaza del Cuadrado, la Calle Qiyi, el Estanque del Dragón Negro y las colinas que rodean la ciudad. La visita se continuará de forma natural por alguna de las aldeas donde su vida discurre al margen del progreso, como Baisha, el antiguo centro ritual de los reyes naxi, donde aún se conservan frescos antiguos, o Shuhe, un importante centro caravanero.

Shangri-La, el paraíso perdido

Ezra Pound, el gran poeta del siglo XX, acabó su obra seminal, los Cantos, con estos versos: “No moverse, dejar que el viento hable. Eso es el paraíso.” Esa búsqueda del orden que impregna su obra estaba basada en la idealización de la armonía entre el hombre y la naturaleza que los escritores de la época descubrieron en el Shangri-La de hoy: una frontera del mundo tibetano formada por grandes montañas y valles impenetrables, y entre medias, en deslumbrantes praderas atravesadas por ríos cristalinos, un remanso de paz en el que el tiempo parece detenido, con sus casas tibetanas, sus yaks taciturnos y esos picos siempre nevados desde donde los dioses parecen observar al hombre. Un país pleno de signos misteriosos que actúa como antesala a la magia del Tíbet, un paraíso verde y arbolado.

Los dos lugares imprescindibles de Shangri-La son el monasterio de Songzanlin y la ciudad antigua Dukezong, que recomendamos visitar con calma para dejar que el viento hable y escuchar su mensaje. El monasterio fue construido en el siglo XVII a imitación del Palacio de Potala. Cuenta con tres templos principales y otros menores, un pequeño barrio con las viviendas de los monjes, una aldea tibetana y un hermoso lago sagrado. Todo unido forma un conjunto sin igual, en el que destacan, elevándose a un cielo siempre azul, las doradas banderas de la victoria budista, las numerosas imágenes de la rueda, enseñanza básica del budismo de que todo acto tiene su efecto, y del ciervo, por el nombre del parque donde Sakyamuni predicó por primera vez. Los templos principales albergan estatuas grandiosas de las principales deidades y sus paredes están decoradas con imágenes de los protectores, que con sus expresiones terroríficas intentan mantener a raya a los malos espíritus.

Monje del monasterio Songzanlin de Shangri-La. | woratep / ISTOCK

En la ciudad antigua, las casas tibetanas comparten sitio con los restaurantes y tiendas de productos típicos. Al atardecer la gente se reúne a bailar en la plaza principal, un baile del que nadie se sentirá excluido. Más allá se extiende una sucesión de aldeas, lagos y montañas, algunas de ellas protegidas por su valor natural, hasta la gran barrera que marca la separación con el Tíbet.

Lhasa, el sueño de todos los viajeros

Lhasa es el sueño de todo viajero. Una ciudad donde se combinan todos los elementos de un viaje inolvidable: monumentos grandiosos, personajes con vestidos pintorescos, realidades exóticas y la infraestructura que permite que esas experiencias puedan ser sentidas, vividas, experimentadas, por cada uno según su propio carácter, pues en las calles de la ciudad antigua, en los parques donde reposan los peregrinos, en los templos donde oran y se inclinan, el viajero va descubriendo que Lhasa contiene un espíritu, que se puede percibir cuando uno se olvida ya de todo y se hace uno más de sus pobladores. Lhasa se estrenó en la historia universal como capital del recién construido Imperio Tibetano en el siglo VII, el producto de la unificación de sus tribus por el rey Songtsam Khampo, un imperio apenas conocido en Occidente que durante varios siglos pudo compararse en extensión, refinamiento y poderío militar con la China de los Tang, abarcando desde los ricos oasis de la Ruta de la Seda hasta las selvas más septentrionales de la India. Fue un imperio sin igual que desapareció tan súbitamente como surgió, con el país desmembrado en luchas religiosas. Y es que la religión ha definido y define la vida de los tibetanos. Tal vez sea más necesaria para sobrevivir en esa altura, puede que como consecuencia de la escasez de oxígeno o solo como una señal que certifica el milagro de la supervivencia cotidiana en esas tierras secas y heladas donde apenas crecen árboles ni vegetales.

Una peregrina gira ruedas cilíndricas de oración en Lhasa. | Guenter Guni / ISTOCK

Universo de leyendas

Lhasa es el centro político y espiritual de Tíbet. Un universo misterioso cerrado al exterior, y especialmente a los occidentales, durante gran parte de su historia. Un mundo de leyendas alimentadas por las magníficas descripciones de los pocos viajeros que conseguían alcanzarlo, en el que se juntaban misteriosos lamas caminando por montañas heladas con palacios maravillosos repletos de riquezas, una casta sacerdotal todopoderosa que presumía de domar las fuerzas de la naturaleza y una iconografía religiosa repleta de monstruos y figuras diabólicas. Todo en el Tíbet rezuma misterio, un misterio que se concentra donde lo hacen sus principales templos, en Lhasa.

Lhasa es el centro de un país que en realidad es un mundo, pues el Tíbet, lejos de ser una entidad puramente geográfica, es la pertenencia a una religión que se extiende por los lugares más inhóspitos de Asia, practicada por los pastores nómadas que viven a miles de kilómetros, en condiciones no soportables por otros seres humanos, y que solo anhelan peregrinar una vez en su vida a su capital sagrada. Lhasa es, por tanto, un centro desde la que irradia la Luz de Asia, como esas ruedas budistas presentes en todos sus templos. En sus calles encontramos peregrinos llegados de los cuatro puntos cardinales. Han realizado un camino penoso, alternando unos pasos con una postración ritual, una lenta forma de viajar que requiere meses para unos cientos de kilómetros y años para los destinos más lejanos, que convierte a esos peregrinos en seres de otro mundo, de otro planeta. Sus concepciones vitales son distintas a todo lo que hemos visto hasta ahora. Y su mirada, si es que uno consigue llamar la atención de la misma entre sus continuas ambulaciones y postraciones, refleja una realidad rayana en la magia.

Templo de Zhongdian y rueda de oración tibetana gigante en Shangri-La. | David Jallaud / ISTOCK

Pastores khampas, con sus tocados rojos, su mirada torva (eran los bandidos más temidos) y sus dientes dorados, pobladoras de la región central, con sus impolutas faldas de colores y dorados, a veces tocadas con elegante sombrero, y pastores procedentes de las lejanas regiones de Qinghai, con esas mujeres que llevan toda su dote en joyas colgada del cuello, con sus turquesas, ámbares y corales, y joyas de oro y plata. Todos se mezclan en la carismática plaza de Barkhor, uno de los centros mágicos más deslumbrantes de nuestro planeta.

Shanghái, la puerta de China

El Bund de Shanghái a primera hora de la mañana. | wx-bradwang / ISTOCK

Si hubiera que proponer una ciudad que ejemplificara la China del presente, una desde la que iniciar un recorrido que fundamentalmente nos llevará allende sus fronteras hacia misteriosos territorios desconocidos, no cabe duda que la elección sería Shanghái. Una ciudad moderna y cosmopolita, hogar de miles de extranjeros, punto de creación de nuevas tendencias, incubadora de las más avanzadas vanguardias, Shanghái es a la vez una ciudad netamente china. Es el modelo de esa China del siglo XXI que se abre paso en el panorama internacional sin renunciar a sus tradiciones ancestrales. Y el viajero que visite Shanghái descubrirá que en sus calles el presente es solo un momento entre el pasado y el futuro. Por más que deslumbren a primera vista sus grandes rascacielos erigidos en un tiempo récord a la orilla del río Huangpu, cuando excave un poco más en la realidad de la ciudad descubrirá que por cada edificio futurista hay un barrio antiguo; por cada lujoso centro comercial donde la aristocracia del dinero se exhibe sin tapujos hay un pequeño templo alejado de las prisas de este mundo donde un puñado de fieles rezan o meditan; por cada nuevo espacio donde la modernidad se escribe con mayúsculas, unas calles estrechas donde los ancianos beben su té con la tranquilidad que les otorga un pasado milenario.