Hyperloop: el tren de Elon Musk viajará de Zaragoza a Berlín en dos horas y sin contaminar

La capital aragonesa planea convertirse en un punto de interconexión del revolucionario tren del magnate de Tesla

Luis García
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Entre Zaragoza y Berlín hay poco más de 2.000 kilómetros. Recorrer esta distancia en coche lleva unas 22 horas, pero dentro de 10 años podrían ser solo dos. Hyperloop es la revolucionaria interpretación de Elon Musk sobre lo que debe ser un tren bala, capaz de deslizarse a una velocidad máxima de 1.000 km/h sin contaminar absolutamente nada. 

Esto no es ciencia ficción, el proyecto está en marcha y Zaragoza quiere jugar un papel clave en el mismo: como declaró ayer su alcalde, Jorge Azcón, la capital aragonesa será uno de los nodos centrales de la red europea de Hyperloop, junto a Róterdam, Berlín o Múnich. De hecho, la pretensión es que desde la futura estación zaragozana salgan líneas directas a estas ciudades.

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Encuentran un planeta en zona habitable formado por grandes océanos

La batuta del proyecto se lleva desde Holanda, concretamente en el Centro Europeo Hyperloop. Su líder, Stan de Caluwe, visitó ayer el Ayuntamiento de Zaragoza para presentar los planes a los medios de comunicación. “Están pasando muchas cosas en la ciudad de Zaragoza para hacer el transporte más sostenible, pero falta una pieza en el puzzle: llegar más lejos. Y con Hyperloop creemos haber encontrado esa pieza, porque podremos reemplazar una gran parte de tráfico aéreo continental, tanto de pasajeros como de mercancías, con otro modelo sostenible”.

¿Cómo funciona el Hyperloop?

El Hyperloop tiene sus origen en un concepto de George Medhurst en 1799 y posteriormente desarrollado bajo nombres como “ferrocarril neumático”, “ferrocarril atmosférico” o vactrain.

Hyperloop
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Elon Musk resucitó el interés por este tipo de tren después de mencionarlo en un evento de 2012. Se basa en un tubo al vacío por el que circulan las cápsulas (vagones) que levitan por dentro del mismo gracias a la baja presión de aire, de manera que se consigue una menor fricción con la superficie y, como resultado, una menor resistencia al viento. ¿Lo mejor? No emite gases contaminantes, es (en teoría) menos costoso que una red ferroviaria tradicional y es resistente a los terremotos.