Humboldt, por Javier Reverte

“Hoy es justo situar al polímata Alexander Humboldt, sin ningún género de dudas, como el padre del ecologismo.”

Javier Reverte
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Foto: Raquel Aparicio

Todo emana de una fuerza y todo se funde en un poder eterno e integral”. La frase es de Alexander Humboldt, un sabio que representó como pocos esa figura extraordinaria que fue el polímata, una especie humana hoy casi extinguida y que significa, para la Real Academia de la Lengua, “persona con grandes conocimientos en diversas materias científicas o humanísticas”. Humboldt fue un inmenso estudioso, un buen escritor y un excepcional hombre de acción: antropólogo, zoólogo (sobre todo, ornitólogo), botánico, oceanógrafo, astrónomo, geógrafo, geólogo, vulcanólogo y humanista, y crecido durante unos años a la vera de figuras como Goethe y Schiller, encarnó una de las vidas más próximas al ideal del hombre de la Ilustración. Hoy es justo situarle, sin ningún género de dudas, como el padre del ecologismo. Nunca vio a la naturaleza como un enemigo del hombre al que hay que dominar sino como un ser de fuerza inaudita dueño de sus propias leyes al que había que respetar y con el que llegar en todo caso a acuerdos de convivencia. Si casi todos los científicos anteriores a él contemplaban la Naturaleza como una suerte de escenario puesto por Dios al servicio del hombre, Humboldt denunció la labor destructiva que el ser humano podía ejercer sobre el medio ambiente. Y antes que nadie trató de comprender sus leyes. Fue un digno precedente de Darwin y, sin sus estudios, es probable que este último no hubiera alumbrado su todavía vigente Teoría de la Evolución. Alguien llegó a calificar a Humboldt como “el hombre más grande desde el Diluvio”.

Digo todo esto para celebrar la publicación de un estupendo libro de la indo-alemana Andrea Wulf que ando devorando estos días: La invención de la Naturaleza, que no es otra cosa que una biografía de Alexander Humboldt. Un poco olvidado en los últimos años, la noticia es muy apreciada para quienes leímos ya hace años sus espléndidos textos viajeros de recorridos por América, sobre todo por las selvas del Orinoco, el norte de la cuenca del Amazonas y el canal Casiquiare –que une los ecosistemas de los dos grandes ríos–, y por los territorios andinos. Humboldt era un clásico del liberalismo de la Ilustración, a la vez dotado de un hondo espíritu romántico –como su maestro Goethe– y ese toque pasional impregna toda su obra literaria viajera y una parte sustancial de su obra científica. Sin una buena dosis de pasión es difícil emprender tareas como las que el emprendió, empeñando una buena parte de su vida y todo su patrimonio personal.

Los ecologistas de hoy le deben mucho a Humboldt. “Cuando los bosques se destruyen –escribió en su primer viaje por los Llanos venezolanos–, como han hecho los cultivadores europeos en toda América, los manantiales se secan por completo o se vuelven menos abundantes. Los lechos de los ríos, que permanecen secos durante parte del año, se convierten en torrentes cada vez que caen fuertes lluvias de las cumbres. La hierba y los musgos desaparecen de las montañas con la maleza y entonces el agua de la lluvia no encuentra ningún obstáculo en su camino; y en vez de aumentar poco a poco el nivel de los ríos mediante filtraciones graduales, durante las lluvias abundantes forma surcos en las laderas, arrastra la tierra suelta y forman esas inundaciones repentinas que destruyen el país”. Bienvenido de nuevo a bordo, Alexander Humboldt. Esperemos que alguna vez los responsables políticos del mundo se animen a leerle y tomen medidas eficaces y sabias en sus sonadas cumbres sobre el medio ambiente. Y que no olviden que Humboldt viajó y escribió allá por el XVIII y el XIX.

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