Hoteles de nuestra vida, por Javier Moro

"Los hoteles permiten que la mente pueda divagar libremente. Ayudan a la creatividad y son una metáfora de la vida."

Javier Moro
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Foto: Kike Lucas

Los hoteles del mundo vuelven a abrir sus puertas después de la pandemia: una gran noticia para los amantes —como yo— de este tipo de alojamiento, que forma parte intrínseca de nuestras vidas. En los de lujo, uno puede conocer a los grandes de este mundo. En los pequeños hoteles se transcienden las nacionalidades y es posible encontrar compañía y refugio. Ante todo, son lugares de tránsito que nos recuerdan, aunque solo sea por las pocas posesiones que se pueden tener en una habitación, que estamos aquí de paso.

Quizás por ello tantos personajes famosos y ricos eligieron hoteles para sus últimos días. Fue el caso de Cole Porter, que vivió antes de morir en el Waldorf Astoria de Nueva York; de Vladimir Nabokov, que lo hizo en el Montreux Palace; de Coco Chanel en el Ritz de París o del actor Richard Harris, que se instaló en el Savoy de Londres. Su sentido del humor dejó un recuerdo imperecedero porque, en el 2002, poco antes de morir, cuando le sacaban en una camilla por el lobby, levantó la mano diciendo bien alto: “¡Ha sido la comida!”.

He tenido la suerte de haber conocido hoteles míticos antes de que fuesen modernizados. De niño, viajando con mis padres, me alojé en el Raffles de Singapur, y en el Oriental de Bangkok. Eran lugares impregnados de un esplendor decadente, parecía que Somerset Maugham estaba todavía en la barra, bajo las aspas del ventilador, sorbiendo un Singapore sling y rodeado de espías, millonarios y corresponsales de guerra. Una tarde, en el viejo Imperial de Delhi, antes de su remodelación, apareció un ratón en la bañera. “Hay un animal en nuestra habitación”, dijo mi hermano por teléfono al recepcionista. En seguida acudió un pequeño comando de empleados con escobas en la mano y caras de susto.

"Los hoteles permiten que la mente pueda divagar libremente. Ayudan a la creatividad y son una metáfora de la vida."

Los grandes hoteles son reflejos de sus culturas. El portero del Taj Mahal de Bombay, con su turbante rojo carmesí, su barba elegantemente enrollada, su espléndido uniforme con un cinturón dorado y una colección de medallas marca en seguida el tono del lugar. Este gigante no saca las maletas del taxi porque pertenece a una casta demasiado alta para tan prosaica faena. Lo que hace es dar dos palmadas para llamar a dos botones que surgen al instante y toman posesión de las maletas.

Deambular por los pasillos de este palacio es como hacerlo en un bazar de Las mil y una noches con gente ataviada de saris de seda multicolor, kurtas bordadas, sherwanis, chilabas árabes y algún turista en vaqueros. De este establecimiento legendario, la historia recordará que durante el ataque terrorista del que fue víctima en 2008, los empleados arriesgaron sus vidas para proteger heroicamente a los clientes, incluida Esperanza Aguirre, que en su calidad de presidenta de la Comunidad de Madrid visitaba la India.

Cuando estaba investigando la historia del libro Era medianoche en Bhopal, me alojé siete meses en un hotel, el Jehan Numa Palace, un hermoso palacete propiedad de la antigua familia reinante, a orillas del lago. La atención esmerada, las camas abiertas al anochecer, el maravilloso invento del room service, el orden en el cuarto de baño, el morning tea al despertar y el hecho de que los empleados se acabasen convirtiendo en casi mi familia hicieron de esa experiencia algo inolvidable.

Al cubrir las necesidades físicas, los hoteles permiten que la mente puede divagar libremente. Ayudan a la creatividad. Y son una metáfora de la vida. En las habitaciones y las suites, la gente se ama, concibe a sus hijos, se da cita a escondidas con sus amantes. Otros conspiran, complotan, planifican, calculan, sueñan. Algunos hasta se suicidan. En los salones, los recién casados celebran sus bodas, luego las de plata y oro, un poco más tarde el bautizo de sus hijos. Los ejecutivos lanzan una marca o un producto; los autores, un libro; los políticos, un partido. Aunque no nos alojemos en ellos, conforman el decorado de nuestros ritos.