Hotel ruido por Jesús Torbado

Ruido, ese meteoro del que poco se escribe y que tanto se cultiva, tiene trono de honor en los hoteles. ¿A qué arquitectos se encarga la tecnología de la comodidad y el necesario silencio? ¿Acaso todos piensan que el pago de una habitación da derecho a ocupar todo el hotel con sus ruidos personales?

Jesús Torbado

Reaparece una vez más el fogoso agosto sin que se haya colgado a su cuello la medalla que mejor ganada tiene, sin que las autoridades mundiales le otorguen su título más merecido y preciado: Mes del Ruido. Y aunque en esta esquina de Europa la gente se aplique cada año con más entusiasmo a demostrar que es justísimo tal honor, ese meteoro del que poco se escribe y que tanto se cultiva tiene trono de honor en los hoteles.

No en todos, inútil es señalarlo; sí en la mayoría. Hotel en la capital panameña, quizás Gran Hotel de Panamá. A eso de las doce de la noche termina el banquete de boda rica y multitudinaria. Novios e invitados trepan a la última planta del gran edificio, donde está ubicada la discoteca. Brotan maracas, bombos, marimbas, trompetas. Los finos tacones de las danzarinas de la espesa salsa se clavan directamente en las sienes de los clientes que ya reposan en la planta inferior.

Y en la de más abajo. Aquí no duerme ni un muerto, pero el director se asombra de que algunos clientes bajen indignados, en pijama. ¿Qué hay de extraño en que se baile en la boda? Hotel cuatro estrellas en el Mahón de la sosegada isla menorquina (¿quién se las regaló?). A la habitación propia no llega sólo el ruido de entrada y salida del vecino sino los gargarismos que practica en el cuarto de baño, sus diversas evacuaciones, sus estornudos, carraspeos y suspiros. Dos buenas horas tarda en acomodar el cuerpo a la noche, al otro lado de una pared de papel de periódico. Menos mal que viaja solo.

Típica casa rural (con mucho encanto oficioso, claro) en el Norte, País Vasco. Precio por lecho elevado. Suelo de recias tablas de madera. Gruñe todo el edificio cuando alguien se mueve en una distancia de medio kilómetro. Como los inquilinos del piso superior (un trío al menos) andan sin sueño y con buen rollo, hasta las cuatro y media de la mañana no se calma el estertor infernal de todo el pavimento. Incluso las camas tiemblan de miedo: "Es que esto es el campo y estamos en verano, señor". Hotel Don Curro, malagueño.

Ejecutivos fatigados y otros viajeros sin demasiada tarjeta. De madrugada llega un autobús de colegiales decididos a incendiar la ciudad. Corren, patean, chillan, se abroncan, ríen, danzan, cierran y abren a todo trapo las habitaciones, braman los televisores. Ante las protestas, los profes que los cuidan afirman que son gente joven: hay que ser tolerante, hay que tener diálogo, hay que comprenderlos. Hotel nuevo en la capital de Catalogne o Catalonia. Diseño.

Arribo cansado y tardío. Planta dos. Al lado de la cama baja una frondosa cañería de aguas residuales. Borroón, borrooón. Alguien padece diarrea o incontinencia urinaria cinco plantas más arriba. Para escapar del suplicio, arrastre de cama al otro lado, bajo la ventana. Mas a ese lado hay un hueco por donde trepa y destrepa un ascensor con más energía que la nave Columbia.

A las siete y cuarto de la mañana las limpiadoras hacen patinaje con sus carritos: golpean esquinas y puertas, abren y cierran, ríen y comentan. Estruendo, tumulto sindical. Mencey: clásico de Santa Cruz de Tenerife. A una lunamielera continental le apetece tomar un baño a las tres de la mañana, a las cuatro, las cinco...

El chorro de agua golpea con violencia a cinco centímetros del cabecero de tu cama. Vitoreado por el rudo griterío de la señora y de su(s) acompañante(s). Por suerte queda en el hotel una habitación vacía, bien que cutre, en el extremo del edificio. Con la ventana sobre animada parada de taxis. ¿Quién construye los hoteles? ¿A qué arquitectos se encarga no la sagrada -y tantas veces estúpida- decoración sino la tecnología de la imprescindible comodidad y el necesario silencio? ¿Dónde están las normas, leyes, sentido común aplicables a un recinto por el que van a transitar cincuenta o dos mil personas? ¿Acaso todos piensan que el pago de una habitación da derecho a ocupar todo el hotel con la libertad de sus ruidos personales?

Uno de los más conspicuos escritores de esta revista pasa veladas enteras dando doctrina sobre los tapones de oído. Todo un experto: clases, sistemas, calidades, materias primas, aplicaciones... Y sobre cómo, si alguna vez se olvidan, es lícito fusilar al amanecer a todo un almanaque de responsables de los ruidos de hotel.