Historias maravillosas de Marco Polo

El mercader veneciano fue el primer viajero en atravesar y describir Asia, cruzando los desiertos de Persia y las estepas mongolas hasta llegar a China, en la aventura más maravillosa jamás narrada.

Meritxell-Anfitrite Álvarez Mongay

Cuenta la historia que Marco Polo nació en 1254 en Venecia, cuando la República era toda una potencia; que pertenecía a una saga de nobles mercaderes, que su abuelo ya comerciaba con joyas y tenía sucursales en Crimea y Constantinopla; que en 1298 fue hecho prisionero en una batalla contra los genoveses -en riña continua con La Serenísima-; que al morir en 1324 repartió su fortuna entre mujer, hijas, misas y obras pías... Ah, y que con 17 años se marchó con su padre y su tío de negocios a Asia, por donde estuvo viajando durante más de veinte años al servicio de Kublai Kan, emperador de Mongolia y China, con quien enseguida hizo buenas migas. Aprendió rápidamente los idiomas persa, árabe y mongol, y se convirtió en su embajador por tierras lejanas e ignotas, tanto para el Kan como para los europeos del medievo, que gracias al explorador conocieron costumbres y rarezas más allá de sus fronteras: los palacios de oro en Cipango, la pesca de perlas en Ceilán, las mujeres que vestían pantalones en Badakshán, los ritos de parto en Yunnan -donde era el marido quien cuidaba del recién nacido-, los tatuajes de Indochina, las travesías en trineo de Siberia, las cacerías de tigres -que Marco Polo llamó "leones rayados de blanco, rojo y negro"-, la monta de los elefantes en Zanzíbar, las descripciones de jirafas, halcones, gerifaltes... ¡y unicornios! O lo que es lo mismo: rinocerontes. Porque, aunque no lo pareciera al principio, ese mundo onírico que Marco Polo relató en el Libro de las Maravillas y que no todos creían era un mundo real, lleno de historias maravillosas del que el viajero no nos contó ni la mitad.

Marco Polo aprovechó su cautiverio en una cárcel genovesa para dictarle a su compañero de celda, el escritor Rustichello de Pisa, su larga travesía por el Golfo Pérsico, China, las islas del Pacífico, del Índico y Turquía. Aunque no todos creyeron que el fabuloso mundo que describía pudiera existir ahí afuera, el libro fue un éxito y se tradujo a varios idiomas. El mismísimo Cristóbal Colón se hizo con un ejemplar que se conserva en la Biblioteca de la Catedral de Sevilla, pero el manuscrito original no ha llegado a nuestros días. El siguiente texto corresponde a fragmentos del Libro de las Maravillas (Ediciones B, 1997).

"Son tantas las cosas maravillosas, que nadie las podría creer si no las viera"

Señores, Emperadores y Reyes, Duques y Marqueses, Condes, Caballeros y Burgueses, y todos aquellos que queráis conocer las diferentes razas de hombres y variedad de las diversas regiones del mundo, e informaros de sus usos y costumbres: tomad este libro y hacéoslo leer; porque en él encontraréis todas las grandísimas maravillas y diversidades de Armenia Mayor y Menor, de Persia, de Turquía, de los Tártaros y de la India, y de otras muchas provincias del Asia Media y de una parte de Europa cuando se va al encuentro del viento Griego, del Levante y de la Tramontana; que así os las contará nuestro libro con claridad y buen orden, todo ello como micer Marco Polo, sabio y noble ciudadano de Venecia, las describe porque las vio con sus propios ojos. [...]

Donde se habla de las islas Macho y Hembra

La isla que se llama Macho está en alta mar. Son cristianos bautizados y se atienen a la ley y costumbres del Antiguo Testamento. Porque os aseguro que cuando una mujer está encinta su hombre no la toca ya hasta que ha dado a luz, y luego todavía está cuarenta días sin tocarla. Pero después de esos cuarenta días la toca a capricho. No obstante, os digo que en esta isla no viven sus mujeres, ni ningún otro tipo de damas; viven todas en la otra isla, que se llama Hembra. Porque sabed en efecto que los hombres de la isla Macho se van a la isla de las mujeres y se quedan allí tres meses, marzo, abril y mayo, porque las mujeres no van jamás a la isla de los hombres. Durante estos tres meses los hombres van a la otra isla a vivir con sus mujeres y entonces toman su placer con ellas, cada hombre con su mujer en la casa de ésta. Luego vuelven a su isla y se ganan la vida los otros nueve meses.

Y os aseguro que en esta isla se produce ámbar gris muy fino, muy bueno y bello, a causa de las ballenas que cogen en gran número en el mar. Viven de leche, de arroz, de carne y de pescado. Son muy buenos pescadores, porque sabed que en el mar de esta isla se cogen muchos peces buenos y grandes. Cogen tantos que los hacen secar en grandes cantidades al sol, de suerte que tienen para comer todo el año, y que incluso venden a otras gentes, tanto frescos como salados, y a los mercaderes que van a comprarlos; sacan gran provecho de estos peces, y particularmente del ámbar gris.

Y no tienen ningún señor, salvo un obispo, sometido a su vez al arzobispo de otra isla llamada Socotra. Tienen lenguaje propio. Y sabed que de su isla a la isla donde viven sus mujeres hay aproximadamente treinta millas. Si no viven con ellas todo el año es, según dicen, porque no podrían encontrar allí su subsistencia. Las mujeres nutren en su isla a los niños que nacen. Si es una niña, la madre la guarda hasta que esté en edad de casarse, y entonces, llegada la estación, la casa con uno de los hombres de la isla. Y es cierto que, cuando el hijo varón tiene catorce años, su madre lo envía con su padre a la otra isla. Ésa es la costumbre y el uso de estas dos islas como habéis oído. Pero es cierto que sus mujeres no hacen nada más que educar a los niños, porque los hombres les proporcionan lo que necesitan. Cuando los hombres van a la isla de las mujeres, siembran el grano, que las mujeres cultivan y cosechan luego; cogen también frutos, de los que tienen varias clases en esta isla.

Ya os hemos hablado de todo; no hay nada más que mencionar, por lo que partiremos de estas dos islas y os hablaremos de la de Socotra.

Donde se habla de la isla de Socotra

[...] Y también os digo que los cristianos de esta isla son los más sabios encantadores y necrománticos que hay en el mundo. Es muy cierto que el arzobispo no quiere que hagan encantamientos, y los castiga por ellos, y los amonesta, pero no sirve de nada, porque dicen que sus antepasados los hicieron antiguamente y que, por consiguiente, quieren seguir haciéndolos. Lo único que puede hacer el arzobispo es que estas gentes no se presten a ellos, y se resigna, puesto que no puede obrar de otra forma, y no puede saber quién es culpable; los excomulga, pero como si nada. También los cristianos de esta isla hacen sus encantamientos a su modo, y tanto secreta como abiertamente si es preciso.

Os diré algunos. Tened por cierto que estos encantamientos hacen muchas cosas diversas y una gran parte de lo que quieren. Si un pirata ha causado algún daño a la isla, lo retienen mediante sus encantamientos, de suerte que su barco no puede dejar nunca la isla hasta que ha devuelto totalmente lo que ha cogido. Porque os aseguro que, si una nave fuera a partir con las velas desplegadas bajo un buen viento, en la dirección querida, harían llegar un viento contrario que la haría retroceder, porque hacen llegar el viento que quieren. Calman el mar cuando quieren y cuando quieren hacen gran tempestad y gran viento en el mar. Saben hacer otros muchos encantamientos maravillosos, que no conviene contar en nuestro libro, porque son encantamientos con cosas de las que se maravillan demasiado los hombres cuando las oyen. Por eso lo dejaremos y no contaremos nada.

Texto extraído del Libro de las Maravillas, Marco Polo. Ediciones B, 1997