Historias de dinosaurios por Mariano López

El Museo Egidio Feruglio, en Trelew, es uno de los mejores para ver restos auténticos de dinosaurios.

Mariano López

La doctora Laura Codorniú, al frente de un equipo de 18 científicos de varios países, acaba de descubrir en la Patagonia los restos de una especie de dinosaurio de 190 millones de años de antigüedad. Se trata de un saurópodo que pudo medir entre 15 y 20 metros de alto. Un gigante herbívoro que se paseó por los bosques de Neuquén cuando Suramérica estaba unida a Suráfrica y la Patagonia no era una llanura árida, pedregosa, sino un tejido de bosques y ríos con la tierra cubierta por una infinita capa de flores.

Los fósiles del gran dinosaurio, uno de los más antiguos jamás encontrados, viajaron desde el lugar del hallazgo, la cuenca de Gastre, cerca de Bariloche, al Museo Paleontológico Egidio Feruglio, en Trelew. El Museo Egidio Feruglio es uno de los mejores lugares del mundo para ver restos de dinosaurios. Si su colección de fósiles estuviera en Nueva York, sería mundialmente conocida. Suma más de 1.700 piezas fósiles y no menos de 30 ejemplares de dinosaurio. Quizá sólo encuentre competencia en la otra punta del mundo, en Mongolia, en las salas del Museo de Historia Natural de Ulan Bator. Un museo que cuenta con dos esqueletos completos de dinosaurio: el de un lagarto crestado de ocho metros de altura y el de un tarbosaurio que midió 15 metros. Puedo dar fe de que ambos son espectaculares. Y de que este museo aún tiene menos visitantes que el de Trelew. Casi ninguno. Gracias a su soledad, puede conservar los esqueletos. Porque sería difícil mantenerlos con una norma que prohíbe sacar fotos con flash, pero permite apoyarse sobre los fósiles o tocar los huesos.

Con todo, creo que el lugar que menos renta turística obtiene de su vinculación con los dinosaurios está en México. Se llama Xichulub y está en la costa de Yucatán, a unos 40 kilómetros al norte de Mérida. Según la teoría más aceptada y extendida, la desaparición de los dinosaurios comenzó aquí, cuando un meteorito cayó en el golfo de México, frente a Xiculub, y causó una colosal explosión. En el pueblo, una vez alguien colgó un cartel que decía: "Aquí cayó el meteorito que mató a los dinosaurios".

Hace unos años, de viaje por Yucatán, me acerqué hasta Xiculub e intenté encontrar ese cartel por el placer de llevarme una foto de recuerdo. Di varias vueltas por el pueblo en coche y no apareció. Fui hasta la pizzería de la plaza, en busca de su dueño, el sheriff local, pero no supo decirme si alguna vez hubo cartel ni dónde. Pregunté en varios comercios, neverías, abuelos que tomaban el sol, nada. Iba a abandonar la búsqueda cuando golpeó en la ventanilla un policía. Con toda amabilidad, se ofreció a ayudarme. "¿Qué busca?". El cartel. "¿Qué decía ese cartel exactamente?". Se lo precisé. Lo anotó. "Ahorita déjeme investigar". Tomó la emisora en sus manos y se dirigió a la central: "Atención, emisora, un turista, mira si le podemos ayudar. Busca un cartel, te digo lo que pone. Sí, te repito, así es; cambio." Luego se comunicó con otras emisoras, otros agentes. Fueron 15 minutos de búsqueda. Al final, me transmitió su decepción: "El cartel no está, y en cuanto al meteorito, no tiene usted suerte: cayó anteayer". "Ya ve -insistió-, se lo perdió. Pero por qué poco". Como dije, me fascinan las historias de dinosaurios. Sobre todo las que nunca hubieran podido suceder en Nueva York.