Henry David Thoreau, la pureza del paseo

El filósofo estadounidense fue un amante del viaje breve y trascendental, un andariego cuya brújula apuntaba siempre hacia la naturaleza, la no violencia y la libertad. Este año se ha celebrado su 200 aniversario.

Meritxell-Anfitrite Álvarez Mongay
 | 
Foto: Viajar

Ejerció de maestro, agrimensor, fabricante de lápices (que era el negocio al que se dedicaba su padre), conferenciante, escritor... “Para la próxima temporada seré quizá cartero en Perú, o exiliado en Siberia, o ballenero en Groenlandia, o mercader en Cantón, o Robinson Crusoe en el Pacífico...”. Se quedó en un quizá, porque Henry David Thoreau (1817-1862) apenas salió de Concord (Massachusetts), su pueblo natal. Lo suyo eran los viajes minuciosos de proximidad: “Deberíamos lanzarnos incluso al más corto de los paseos con imperecedero espíritu de aventura”. Salía al campo con el catalejo, el microscopio, la flauta... el hatillo de ideas y el cuaderno para prensar pensamientos (y plantas). Nadie como él sondeó los alrededores de la laguna Walden, donde vivió dos años en una cabaña, de forma más o menos autárquica.

Excursión memorable fue la realizada por el río Merrimack, en un bote que construyó con su hermano John. O cuando subió al monte Katahdin y atisbó la América originaria de los algonquinos (coleccionaba cachivaches indios). Se acercaba al cabo Cod cuando quería ver el océano e imaginar las costas de Galicia a lo lejos.

Aunque había recorrido el mundo con Magallanes, Darwin, Livingstone... Canadá fue el único país extranjero que conoció de primeras, y porque encontró una oferta: siete dólares en tren, ida y vuelta: “Yo solo quería dar un buen paseo por allí igual que caminaría una tarde en los bosques de Concord...”. Su última escapada fue a los Grandes Lagos, de donde volvió muy debilitado por una tuberculosis que arrastraba desde hacía años. Sabía que se moría cuando concluyó: “Ahora sí que viene una buena navegación”.

Viajar

Creo que si no pasara al menos cuatro horas al día –aunque por lo general son más– deambulando por los bosques, las colinas y los campos, absolutamente libre de toda atadura mundana, no podría conservar ni la salud ni el ánimo”. Las mañanas, sin embargo, Thoreau se las pasaba ante el escritorio. Aparte de Walden y La desobediencia civil –sus obras más famosas–, publicó ensayos sobre sus excursiones y vagabundeos campestres, como Musketaquid, Un yanqui en Canadá, Los bosques de Maine, Las manzanas silvestres, Caminar o Un paseo invernal. El texto a continuación corresponde a este último libro, editado por Errata naturae.

“Me encanta viajar, pero he aprendido que el viajero más veloz es aquel que va a pie”

Por fin, el sol se levanta a través de los bosques lejanos, como si llegara acompañado por el sonido vago, pero estrepitoso y jovial, de los címbalos, derritiendo el aire con sus rayos, mientras la mañana viaja a pasos tan veloces que las lejanas montañas del oeste ya se han dorado. Caminamos deprisa sobre la nieve en polvo, templados por un calor interior, disfrutando aún de un veranillo de San Martín que hace resplandecer nuestro pensamiento y nuestros sentidos. Si nuestra vida fuera más conforme a la Naturaleza, probablemente no necesitaríamos protegernos del frío y del calor, y la consideraríamos nuestra benefactora y amiga, como hacen las plantas y los mamíferos. Si alimentáramos nuestro cuerpo con sustancias puras y sencillas, y no con una dieta repleta de estimulantes y calorías, no necesitaríamos contra el frío más forraje que unas ramitas y creceríamos como los árboles, a los que incluso el invierno les resulta idóneo para expandirse.

Viajar

Durante esta estación, la maravillosa pureza del mundo natural nos ofrece un placer inigualable. Los tocones podridos, las piedras y vallas musgosas, las hojas muertas del otoño, todo queda cubierto bajo un blanco manto de nieve. En los campos desnudos y en los bosques tintineantes puede verse qué virtud sobrevive. En los lugares más fríos y desolados, la más cálida benevolencia resiste. Un viento frío y escrutador ahuyenta todo contagio y solo aquello que aloja la virtud puede enfrentarlo. Por consiguiente, todo lo que encontramos en lugares fríos e inhóspitos, como las cumbres de las montañas, merece nuestro respeto: está dotado de la inocencia más robusta, de la verdadera firmeza puritana. Lo demás se retira en busca de refugio, y por lo tanto, lo que permanece ahí fuera tiene que ser parte de la estructura original del universo, con un valor comparable al de Dios mismo. Resulta vigorizante respirar este aire límpido. Su pureza y delicadeza superiores son apreciables incluso para el ojo, y de buena gana pasaríamos mucho más tiempo a la intemperie, hasta que los vientos comenzaran a soplar a través de nuestro cuerpo como lo hacen a través de los árboles sin hojas y nos aclimatáramos realmente al invierno, con la esperanza de apropiarnos esa virtud pura e inmutable que pudiera servirnos en todas las estaciones.

Por fin dejamos atrás el pueblo y sus vericuetos, alcanzamos la linde del bosque. Entramos bajo su protección como si comenzáramos a caminar bajo la techumbre de una cabaña revestida de nieve. Es un lugar alegre y cálido, tan agradable como lo sería en verano. Nos detenemos entre los pinos –bajo una luz parpadeante y desigual que se abre paso con dificultad en este dédalo– y nos preguntamos si las ciudades habrán oído alguna vez su sencilla historia. Tenemos la sensación de que ningún viajero lo ha explorado jamás, y por muchas maravillas que la ciencia nos revele cada día, ¿quién no preferiría escuchar sus anales? Nuestros humildes asentamientos de las llanuras son contribución suya. Tomamos prestadas del bosque las tablas que nos dan refugio y la leña que nos calienta. Qué importantes son los árboles de hoja perenne, esa porción del árbol que no se desvanece, como un año inmutable, hierba que jamás marchita. De este modo tan simple, sin derrochar en altitud, se diversifica la superficie de la tierra. ¿Qué sería de la vida humana sin bosques, sin esas ciudades naturales? Desde las cumbres de las montañas parecen senderos delicadamente alisados, ¿y adónde iríamos a caminar sino entre esas hierbas más altas? […]

Viajar

Entramos en la cabaña abandonada del leñador y vemos cómo pasó las largas noches de invierno y los cortos y tormentosos días. Porque aquí vivió un hombre, protegido por las bondades de la ladera sur, y parece un sitio civilizado, donde sería posible disfrutar de la buena compañía. Al llegar nos abordan las mismas ideas que al viajero frente a las ruinas de Palmira o Hecatómpolis. Tal vez canten los pájaros y haya incluso flores, pues las flores, así como la maleza, siempre le pisan los talones al hombre. Hasta hace poco estas tsugas susurraban sobre su cabeza, estos pinos resinosos le ayudaban a encender el fuego y estos nogales americanos eran su combustible. El riachuelo humeante que queda junto a aquella hondonada, cuyo vapor exiguo y liviano sigue ascendiendo afanosamente, le servía de pozo. Estas ramas de tsuga, y un buen montón de paja sobre esta plataforma elevada, eran su cama. Y con esta escudilla rota sofocaba la sed. Es evidente que este año no ha estado aquí, porque los papamoscas anidaron sobre esta repisa el verano pasado. Y, sin embargo, se diría que acababa de marcharse, justo después de haber apagado estas ascuas sobre las que quizá coció sus alubias la última noche, mientras fumaba en pipa (la cazoleta, ya sin boquilla, está tirada sobre la cenizas) y conversaba con su único compañero, si acaso tuvo alguno, sobre la altura que al día siguiente alcanzaría la nieve, que a esas horas caía rápida y copiosamente, o le discutía a cuenta del último sonido que ambos habían escuchado: ¿el alarido de un búho, el crujido de una rama o pura imaginación? Y caída ya la noche invernal, al mirar hacia arriba a través del ancho tiro de la chimenea para ver la evolución de la tormenta, se encontró las estrellas de la Silla de Casiopea brillando por encima de él, y entonces se recostó sobre la paja y se durmió feliz.

Texto extraído de Un paseo invernal, Henry David Thoreau. Errata naturae editores, 2015.