Haciendo nudos, por Javier Reverte

Javier Reverte

Aunque sea un manazas, siempre me han gustado las ferrerías, y creo que son mis tiendas favoritas, porque en ellas se refugia una parte de los pequeños descubrimientos del ser humano, que a veces son mucho más importantes que los grandes. También me han atraído desde niño las papelerías, que pese a la globalización, siguen conservando entre país y país, incluso entre los que pertenecen a la UE, no pocas diferencias. Los lápices, los bolígrafos -salvo los "Bic"- y muchas otras cosas no se han convertido todavía en dominio de las multinacionales y la variedad de objetos, instrumentos y herramientas de papelería es inmensa en el ancho mundo. En ayuda de esa diferencia, por ejemplo, jamás se me ha ocurrido comprar un cuaderno "Moleskine", no sea que se me ponga pinta de profesional del viaje y me confundan con Chatwin en los aeropuertos.
Me gustan también los comercios de artes de pesca, sobre todo los del norte de Escandinavia y Canadá. Pero las tiendas que más me fascinan son las de ropas, instrumentos y útiles para la navegación. Si mi mujer me dejara, mi casa parecería el interior de un barco y habría un timón cerca de la ventana del salón, como si fuera la cabina de un buque desde donde poder distinguir la proa de la nave y, más allá, el mar abierto.
Por eso, he celebrado, casi con la ilusión de un niño, encontrar en una librería un libro que se llama "Nudos Marineros", de Steve Judkins y Tim Davison, que ha publicado recientemente la Editorial Noray. Me lo estoy pasando bomba en mis horas libres. Cuando dejó de escribir, por las mañanas, tomó el trozo de cabo que hay al lado de mi mesa y, siguiendo el manual, practico nudos. Quiero aprenderlos y memorizarlos hasta llegar a hacerlos sin pensar en ellos. No sé si algún día me servirán para el mar, porque quizás no vuelva a tener una lancha -ya tuve una a medias con mi querido Manu Leguineche-, pero hace escasamente una semana, apañé un nudo siguiendo el manual, para la cuerda de tender la ropa en las ventanas de mi casa que dan al patio, hasta tal punto perfecta que la asistenta se quedó boquiabierta. El que preparé era uno llamado de "rueda de rezón", que no sé si es el ideal para eso, pero que resultó muy bien. Si tuviese que ganarme la vida como verdugo y ahorcar a alguien, cosa que espero no hacer jamás, me siento preparado para el asunto, aunque no hiciese el nudo de la horca, sino uno marinero.
Los nudos son una de esas pequeñas invenciones que, a lo largo de la existencia de cada cual, nos resultan mucho más útiles que las grandes. Yo me he pasado la mayor parte de mi vida sin saber hacer otro que no fuera el de los zapatos, con bastante poca arte, y el de la corbata. Pero el de la corbata ya se me ha olvidado casi a fuerza de no ponérmela nunca. Y eso que jamás aprendí la de doble vuelta, sino la más sencilla, una que deja la corbata con apariencia de lazo enfermizo y alicaido.** Los nudos marineros esconden una terminología propia. Así, por ejemplo, el chicote es el extremo de un cabo, mientras el seno es el arco o curvatura que forma y el firme es el resto del cabo con respeto a sus chicotes. Un bucle significa cruzar un cabo consigo mismo, formando una especie de ojo, y una ligada son el conjunto de vueltas que se dan a los cabos para fijarlos entre ellos.
Los nombres de los diversos nudos son también muy llamativos. Anoto algunos: ballestrinque, as de guía, vuelta de rezón, de boza, margarita, de cirujano, de vaquero, de cuadernal, cabeza de turco... Se pasa uno las horas haciendo nudos y ni reparas en el discurrir del tiempo.
Creo que un manual de nudos marineros es mucho mejor y más útil que, por ejemplo, algunos de los últimos premios literarios de relumbrón, por poner un caso. Y tienen otra ventaja: producen relax, tranquilizan el ánimo, concentran tu pensamiento y tu actividad manual en algo tan entretenido como inofensivo.
Además de eso, a la postre, un libro de nudos marineros sale bastante más barato que el psicoanalista.