Guías de mucha pasión, Jesús Torbado

Algunos guías de turismo se pasan de la raya y se dejan cegar por pasiones ajenas a la naturaleza de su trabajo.

Jesús Torbado
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Foto: Raquel Aparicio

Los guías de turismo profesionales, pastores obligados tanto de los nutridos rebaños que son movidos por agencias y organismos similares como de los que andan por libre y de pronto se encuentran con ellos o se ven obligados a someterse a sus ordenanzas, suelen ser gente esforzada, sufrida, condescendiente, cordial y muy útil. Estudian para eso y se les paga por ello. Hay que sentir simpatía y piedad cuando se les ve, por ejemplo, a las puertas de Pompeya intentando bajo un paraguas, un sombrero o una bolsa de patatas encauzar a medio centenar de indocumentados groseros hasta un autobús, o enfilarlos sin quebranto hacia el nuevo y magnífico museo de Ámsterdam desde la escalerilla de un barco de crucero. Muchas actitudes amargas y desquiciadas son las que tienen que soportar por razón de oficio y de propinas generalmente rácanas y malencaradas. Mas al lado de tantos héroes anónimos de ese raro negocio sobrevive una especie que resulta realmente insoportable. Es aceptable e incluso exigible que todos ellos no solo conozcan su materia sino que la valoren y la sobrevaloren, que se apasionen por la misma e incluso que exageren y mientan en sus explicaciones siempre dentro de lo razonable. Pero no pocos se pasan de la raya, de la línea roja que dicen ahora, y se dejan cegar por pasiones que son ajenas a la naturaleza de su trabajo.

No pocos se aprovechan de la situación para inyectar criterios particulares marginales, moralinas políticas, sindicales, sociales, religiosas patrioteras (éstas no faltan en ninguna parte) o partidistas a los asuntos menos adecuados.
Tropezó este cronista, y años antes de Pujol, de Mas, de Junqueras y de doña Rigau, con un predicador muy nacionalista que frente a las cenizas de los reyes colgados de los muros del monasterio de Poblet no cesaba de ensalzar sus hazañas frente a un grupito de franceses, a los que hablaba malamente en la lengua de ellos. En su parla solo aparecían "reyes de Cataluña" y "príncipes de Cataluña", todos adobados de gloria y honores. Harto uno de tanta soflama mentirosa, le dijo, no sin educación, si tenía aquel informador noticia de una entidad histórica llamada Reino de Aragón y de otra titulada condados de Cataluña. Se puso tan histérico y frenético en su respuesta que la media docena de turistas franceses acabó largándose de aquellas columnas, con caras de verdadero asombro e incomprensión.

Menos tiempo hace que en un pueblo gallego llamado Bayona (y no me obligarán a escribir Baiona) se presentó un guía municipalizado, sin duda funcionario del ayuntamiento, para enseñar las bellezas del lugar a una tropa de viejos zamoranos (viejas en su mayoría, por cierto), conducidos hasta allí por cierta organización excursionista beneficente, grupo al que se unieron tres ingleses de recuelo y este cronista, servidor de ustedes, llegados todos en coche propio. El guía oficial, muy prepotente de carácter, repartió enseguida unos opúsculos escritos solo en gallego y de inmediato inició el recorrido por las bellas calles y plazas del lugar, parloteando mucho pero solo en su idioma personal. Al cabo de quince minutos de paseo los visitantes zamoranos, los curiosos ingleses y este servidor decidieron, más bien ofendidos que asqueados, abandonar la procesión gratuita y mirar lo que pudieran por sus propios medios. Así se fomenta el turismo, desde luego.

En fin, como remate de ofensas recordaré el sermón brillante de una activista desenfrenada que, por cuenta de ignoro quién, explicaba con toda furia de detalles cómo ciertos infames obispos habían arruinado la gloriosa mezquita de Córdoba (a la que ahora, por cierto, han envuelto durante las visitas nocturnas de unos textos megafónicos más bien renqueantes e insostenibles), sustituyendo unos cuantos arcos por toda una catedral cristiana. No tuvo ganas de explicar al paso que los abderramanes y alhakenes -como siempre se hacía- levantaron su grandioso templo sobre una basílica visigótica dedicada a San Vicente. Pero es que la pasión de los guías de turismo ideológicos resulta tan hinchada como irrefrenable.