Guerra y viaje

Hay libros sobre la guerra que esconden libros de viaje. Y libros de andanzas por el mundo que son el sostén de un conflicto bélico.

Javier Reverte
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Foto: Raquel Aparicio

Hay muchos libros sobre la guerra que, en su fondo, esconden libros de viaje. Y también sucede del revés: libros de andanzas por el mundo que son el sostén de un conflicto bélico. Es el caso del Viaje sentimental, de Víktor Shklovsky, uno de los padres del formalismo ruso, que acaba de publicar esa estupenda y joven editorial que es Capitán Swing. Podría ser tomado también como un relato de aventuras o un diario bélico. E incluso como una narración que intenta sentar las bases de una escuela de expresión artística, el formalismo ruso. También valdría decir que estamos ante una suerte de crónica épica. Todo ello vale. Pero a mí me ha resultado, especialmente, y pese al desorden pretendido por el autor, un libro en muchos aspectos fascinante. El trabajo tiene aires hemingwayanos, bastante antes de que el novelista americano viniera al mundo como escritor. Y en él resuena el eco de historias epopéyicas al estilo de Malaparte o Piasecki. En definitiva, se trata de un trabajo sobre la guerra que discurre a lo largo de la pluma de un viajero. O la narración de un soldado que viaja.


Hay libros sobre la guerra que esconden libros de viaje. Y libros de andanzas por el mundo que son el sostén de un conflicto bélico.


Víktor Shklovsky era un revolucionario ruso que no acabó liquidado en las purgas estalinistas, o incluido en el programa del Gulag, porque escapó a tiempo. Su Viaje sentimental no es tan sentimental sino todo lo contrario: casi podría decirse que se trata de un descenso a los infiernos. Comienza relatando el tiempo anterior a la Revolución de Octubre en la ciudad de San Petersburgo, y sobre todo el estado del ejército ruso, sumido en el caos y carente de fe en sus mandos, con la tropa dada a la borrachera y padeciendo escasez de víveres. Pero la parte más interesante del libro es la que cuenta su viaje a Persia para incorporarse, como comisario político, a la expedición de 60.000 soldados rusos desplegados en la región del Kurdistán iraní, durante la I Guerra Mundial. En ese tiempo, en la zona se produjo la matanza de un millón de armenios por parte de los turcos, con el beneplácito de Moscú.

Raquel Aparicio

Shklovsky, con un lenguaje en ocasiones casi telegráfico, saltos en el tiempo y un estilo más que caprichoso, nos cuenta su viaje entre Tiflis (Georgia) y Tabriz (Persia) y su estancia prolongada en Urmía, junto al gran lago del mismo nombre. Habla de los frecuentes saqueos que los rusos llevan a cabo en las ciudades de la región y la difícil convivencia entre turcos, azeríes, armenios, persas, asirios, judíos y kurdos. Y habla del horror de la guerra.

Cuenta, por ejemplo, cómo un cosaco estaba matando a patadas a un niño kurdo abandonado y los golpes que le propina eran demasiado débiles. Un compañero le dice: “Acaba de una vez”. Y él responde: “No puedo, me da pena”. En otra ocasión, un oficial ruso fue rodeado por varios kurdos que, tras rendirle, le cortaron la cabeza y se la entregaron a unos niños para que jugasen con ella. “Y los niños jugaron con la cabeza casi tres semanas”, añade el autor del libro. En fin, cuando los rusos entraban en las aldeas kurdas, las mujeres, para no ser violadas, se embadurnaban con sus excrementos la cara, los pechos y el vientre. “De nada les sirvió –escribe Shklovsky–: las enjuagaban de cualquier manera con un trapo y luego las violaban”. Pero el escritor-soldado deja un espacio ocasional para la poesía durante un viaje en coche: “La Luna colgaba de lo más alto. El cielo persa ascendía ingrávido. Es un cielo lleno de aire, espacioso”.