Guaniguanico, para desplazarse en el tiempo por Carlos Carnicero

Cuba es uno de los países cuya dialéctica entre el atraso y la modernidad más avanzada constituye un buen escenario para todas las traslaciones que figuran realizarse en el tiempo.

Carlos Carnicero

Todo urbanita, por la configuración de las ciudades modernas, aspira a momentos de aislamiento que se hallan en marcos distintos del cotidiano para que el contraste acreciente el interés. Si, además, el destino elegido recrea la gravitación del tiempo, la evasión es completa. Esta necesidad ha sido percibida con nitidez por las empresas que se dedican al turismo. Uno de sus mayores ofrecimientos es la venta de ensoñaciones que simulan traslados a atmósferas de tiempos pasados.

Cuba es uno de los países cuya dialéctica entre el atraso y la contemporaneidad más avanzada constituye un buen escenario para las traslaciones que figuran realizarse en el tiempo. Eso se distingue apenas se abandona La Habana sólo con la condición de evitar, meticulosamente, cualquier balneario turístico. Como el régimen cubano ha propiciado y padecido un aislamiento notable, hay muchas realidades cercanas que sin embargo no están al alcance de los cubanos. Eso ocurre con la mayoría de las islas del Caribe, que están a tiro de piedra, pero lejos en la percepción de sus escenarios.

Tal vez por todo esto, la revolución haitiana de 1794 no forma parte de la liturgia ni de la nomenclatura de la historia de Cuba y, sin embargo, tuvo una repercusión importante en la cultura, la economía y las costumbres de este país. A la primera revuelta que presagiaba la independencia de Francia y la supresión de la esclavitud, los cafeteros franceses establecidos en Haití salieron mandados para el oriente de Cuba, donde asentaron el cultivo y la industria del café. Desde allí expandieron sus costumbres culturales francófonas, que se mixturaron con la riqueza idiosincrásica de la mayor de las Antillas. Sus huellas no son sólo perceptibles en las ruinas de las plantaciones de café, que son numerosas en la parte oriental de Cuba y llegaron hasta la provincia de Pinar del Río, sino que se infiltraron en la música cubana, en muchas costumbres sociales y en los gustos arquitectónicos, has- ta envolver el aspecto de urbes como Cienfuegos y el refinamiento de notables familias de la poderosa burguesía criolla que floreció en Cuba a lo largo del siglo XIX. El afrancesamiento que se produjo en la España de aquella época tuvo su reflejo ultramarino en la isla.

Meditaba sobre esto en el restaurante Buena Vista, en la Sierra del Rosario, corazón de la Cordillera de Guaniguanico, apenas a 70 kilómetros de La Habana, uno de esos rincones difíciles de acceder para el turista despistado. El establecimiento ocupa las ruinas de un cafetal francés de finales del siglo XVIII y esta circunstancia determina que sean franceses muchos de los turistas que llegan. Francia no tiene complejos de identidad y sus hijos esforzados saben que su lengua, su cultura y sus costumbres, en retroceso por el agobio numérico de la globalización, merecen todo el esfuerzo colectivo que ellos desarrollan en actividades individuales. El menú no podía ser más discreto que unos pocos platos de la cocina cotidiana cubana, pero el placer estaba desparramado alrededor de la mesa. Las gallinas y los polluelos campan allí por sus respetos, cimbreando a los comensales que no calibran el punto del arroz moro por la atención que le prestan a los gallos pescuecipelaos, que atraen porque cualquiera puede pensar que están enfermos sin reparar que su buche acolchado es su sello de identidad.

Bajar por la estrecha carretera, entre bosques de pinos, encinas, almácigos y palmas reales, permite disfrutar de una extraordinaria reserva de la biosfera. Quien tenga la fortuna de acceder a una habitación del Hotel La Moka, en Las Terrazas, obtendrá un emplazamiento espléndido para abordar la Cordillera de Guaniguanico. El paisaje es sustancialmente distinto al llegar a Bahía Honda y emprender la travesía de la provincia de Pinar del Río por la costa norte. La encrucijada de Cayo Levisa es el recordatorio de que existen lugares donde las instalaciones hoteleras sin confort pueden ser una opción apetecible para la recreación de esos escenarios de otros tiempos, cuando las grandes cadenas de hoteles no habían intuido el negocio con las muchedumbres.

No tuve la ocurrencia de contar los automóviles que nos cruzamos en los cien kilómetros que separan La Moka de Viñales, pero no creo que pasaran de la docena; la mayoría de ellos eran autos norteamericanos anteriores a 1959, cuando Cuba decidió disociarse de la mayor parte del mundo. Entonces pensé que la traslación en el tiempo no necesitaba la ensoñación de una máquina que le diera el carácter reversible a esta dimensión para apuntalar la teoría de la relatividad a usos cercanos. Basta con viajar a Cuba y desplazarse un poco de La Habana para viajar en el tiempo, y Guaniguanico es una gran opción.