Guadarrama por Javier Reverte

Siento nostalgia y también pena por el paisaje de Guadarrama, desaparecido y transformado por el cemento.

Javier Reverte
Siempre que miro la línea lejana del Guadarrama, desde cualquier altura de la ciudad de Madrid, me saltan a los labios aquellos melancólicos versos de Antonio Machado: "¿Eres tú, Guadarrama, viejo amigo,la sierra gris y blanca,la sierra de mis tardes madrileñasque yo veía en el azul pintada?".Me emocionan esos versos porque me traen el aroma de mi niñez, allá por la década de los años 50 del recién pasado siglo. Los paisajes de la sierra de hoy muy poco o nada tienen que ver con los bosques, los ríos y los arroyos de entonces. El urbanismo desaforado de los últimos 40 años arrinconó cuanto de naturaleza intocada había permanecido prácticamente sin cambios durante siglos y siglos. Pensarlo ahora produce cierto vértigo.Recuerdo, cuando tenía ocho o nue-ve años, a un viejo que, en el pueblo madrileño de Cercedilla, nos contaba a los niños leyendas de lobos. Era un espléndido narrador y yo creo que un estupendo ficcionador, pues las feroces fieras que describía ante nuestros ojos de asombro y miedo nunca debieron ser tales. No hay noticia, que yo sepa, al menos en mil años, de ataques de lobos en España a seres humanos. Y en cuanto a la sierra madrileña, el último ejemplar, una loba, creo recordar que fue abatida por un cazador en el año 1945.Pero, ¡ay!, aquellos inmensos bosques de robles y coníferas que trepaban hasta las cumbres peladas de Navacerrada y Peñalara, aquellos bosques en donde me perdía muchas tardes buscando lagartijas entre las piedras y renacuajos en los arroyos... Ahora cierro los ojos y recuerdo, como si lo respirara ahora mismo, el aroma de la hierba mojada en las orillas de los riachuelos: era un olor dulzón y fresco, vivificador como ningún otro que haya olfateado en mi vida. Los bosques se han cercado hace algo más de 30 años para impedir su destrucción por la llegada masiva de los excursionistas. Era necesario, sin duda. Pero yo no puedo remediar recordar los días en que estaban abiertos a mis pasos, cuando podía penetrarlos y vivir imaginarias aventuras que me transformaban por unas horas en un trampero americano o en un cazador indio.El más hermoso lugar era Valsaín, una pequeña población segoviana cercana a La Granja. Apenas unas decenas de habitantes poblaban la localidad, en las orillas del río Eresma, en donde la gente vivía, sobre todo, de la ganadería. En el río había numerosas truchas y, también, grandes culebras que acechaban a los peces para zampárselos al menor descuido. En las charcas abundaban las ranas y había que andarse con cuidado en los roquedales con las temibles víboras. Grandes escarabajos de enormes pinzas volaban sobre los bosques de robledales y las águilas vigilaban desde las alturas el mundo que se tendía bajo sus alas. Al llegar el mes de septiembre, los zarzales se llenaban de moras. Y llegaban las fuertes tormentas, que levantaban del suelo aromas de hierbas silvestres y tierra humedecida. Era un olor de gusto agridulce: por una parte, me seducía, lo encontraba sensual y excitante; por otra, me recordaba que ya estaba próxima la hora de volver a la escuela. Siempre he amado las montañas y odiado los colegios. Quizás sea esa la razón por la que nunca me he unido a un grupo de escritores para formar un movimiento literario: porque siempre he preferido la soledad a la multitud, algo que aprendí a disfrutar en la sierra del Guadarrama, ese universo amigable de Machado y también mío.Ahora, cuando ocasionalmente me asomo a sus valles y a sus preciosos bosques, siento nostalgia y también pena. ¿Por mi infancia irremediablemente ida para siempre? Puede que sí. Pero también por un paisaje desparecido y transformado por el cemento, por las urbanizaciones, los chalés pareados, los pisos y las piscinas. ¡Cuán hermoso y gratificante resultaba bañarse en los ríos claros y fríos de aquella sierra mientras escuchabas a tu alrededor los silbos de los pájaros!