Grecia está al oriente, por Jesús Torbado

La Grecia clásica ya no existe, pero el país sigue conservando su perfume mágico y su prestigio histórico.

Jesús Torbado
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Foto: Raquel Aparicio

Aquellos que en estos días hayan decidido o vayan a decidir viajar a Grecia, como exploradores de lo legendario o como turistas playeros, sin duda tendrán ya listo un abrumador cargamento de noticias políticas y económicas. Durante muchos meses nos han agobiado desde todos los disparaderos con datos, amenazas, rescates y profecías. Y hemos contemplado el panorama vergonzoso o ridículo de un pequeño país europeo entregado a la molicie, a la corrupción, al engaño, a la descarada mangancia, necesitado de ayudas que funde antes de que le lleguen.

Quienes desde el prehistórico Bachillerato hemos vivido en la Grecia clásica, nos asombramos con sus esculturas y edificios, con sus tragedias y epopeyas, con su filosofía, y mamamos los secretos de la vida en las piedras descoyuntadas, en los paisajes broncos de aquel raro país, en las leyendas míticas de los grandes escritores, sentimos ahora una melancolía inmensa viendo adónde han llegado los escombros de la historia.

Incluso para un escandinavo de los que inundan las playas de Rodas y no se enteran de nada, o para los homosexuales italianos y franceses que corren a lo suyo en Mikonos, y hasta para los transeúntes de grandes cruceros marítimos que nunca miran lo que ven, Grecia sigue conservando un perfume mágico, de prestigio histórico. Cierto que vale mucho la pena viajar a Grecia. Y de cualquier manera: superando aglomeraciones, gestos antipáticos, una pobre gastronomía, burlas de los anfitriones, un calor horroroso, inconvenientes de todo género...

Pero la Grecia clásica no existe. Desde hace muchos siglos. Ni Homero ni Sófocles ni el fantasma de Ulises beben cerveza en los bares. Ni Temístocles o Pericles o Fidias o Cimón pasean junto al mar. Doscientos años antes de Cristo las colonias griegas de Occidente pasaron a Roma y poco a poco la Grecia histórica se fue desvaneciendo en poblaciones rurales y pobres, salvo Atenas. Los griegos que acababan de parir nuestra cultura emigraron a Asia Menor (Anatolia, actual Turquía -Jesucristo era oriental; San Pablo, turco de nacimiento-). A la muerte del emperador Teodosio en 395, Grecia se integró ya en el Imperio Bizantino de Oriente y ocho siglos más tarde acabó como territorio otomano, con masivas conversiones sucesivas del cristianismo ortodoxo al islam.

Una turbulenta y larga historia, derramada también por los Balcanes, termina con una aparente independencia en 1830, tutelada por Rusia, Francia y Gran Bretaña. A continuación, guerras innumerables, conquistas y pérdidas de territorios helenísticos, reyes impuestos o golpes de Estado hasta anteayer han sido la sangre política de este país agobiado y convulso, navío siempre errante entre Occidente y Oriente.
Durante más de quince siglos, pues, las espléndidas islas de los mares Jónico y Egeo, la península del Peloponeso y todo el sur de los Balcanes se convirtieron en un dominio otomano, es decir, oriental. Europa quedaba muy lejos, aunque se atisbaran sus garras. Por eso, hoy mismo el concepto Europa -que ellos crearon, por cierto- no se ajusta del todo a los griegos.

Quien haya huido de las rutas turísticas y de los albergues playeros (en la Grecia continental apenas hay playas, por cierto), quien se meta en su propio coche por las carreteras y caminos del interior, de Ioánina a Salónica, de Volos a Patras y Kalamata -la tierra de las aceitunas más ricas-, o por las vacías planicies de la isla de Creta, quien se detenga en pueblos y ciudades ajenos a la furia turística, comprobará enseguida hasta qué punto se mantiene viva la atmósfera oriental. En lo cotidiano, en el vestido, en la comida, en la música... Tan vivo al menos como el odio de los griegos a todo lo turco, a ese carácter que los impregna a ellos mismos. En la franja fronteriza oriental, como en la isla de Chipre, los conflictos son continuos.

Han vivido siempre codo con codo, mezclados. ¿Van a tener hoy, Europa Unida mediante, más empatía con un holandés que con un kurdo? Solo los furores de la historia frenan su concordia. Pero, ¿se parecerá algo un lapón del frío a un mediterráneo de Lesbos? Claro que a nadie se le debe ocurrir solicitar en Atenas o en Larisa un "café turco", el que sirven en pocillos con los posos; es un "café griego". Griego oriental, desde luego.