Grecia de nuevo, por Javier Reverte

Moret me ha despertado las ganas de volver a las recoletas calas de Ítaca, la patria de todo viajero que se precie

Javier Reverte
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Foto: Raquel Aparicio

He vuelto a Grecia hace unos días, pero de la mano de un libro: el trabajo de Xavi Moret, buen amigo y un estupendo periodista y escritor de viajes. El libro se titula Grecia, viaje de otoño y, en su recorrido, se asoma a muchos de los escenarios que yo visité en mi periplo de 1998 para escribir Corazón de Ulises y otros nuevos en los que yo no había reparado durante mi personal aventura de entonces. Me ha emocionado leer que compartió una breve charla con Dimitris, el dueño de la pensión-restaurante Tsiribis, de Ítaca, de quien me hice buen amigo durante mi estancia en la isla. Parece que Xavi -él se lo perdió- no se interesó mucho por mi camarada griego. A mí, sin embargo, me fascinó: sobre todo cuando me llevaba a pescar en su vieja barca en un recodo de la bahía de Vathy, en donde apenas había peces y, al arrimo de una bullabesa preparada por él mismo con agua de mar, tomates y el escaso pescado que habíamos logrado capturar, me recitaba en griego clásico el comienzo de La Odisea.

Para compensarlo, Moret encuentra a sus particulares personajes. Y el primero de todos, el escritor de novelas negras Petros Márkaris, padre del comisario Kostas Jaritos. Juntos recorren escenarios escondidos de la ciudad de Atenas y van a comer a Plakas. Por fortuna, ese día no se topan con los constantes atascos de tráfico y las manifestaciones políticas que abruman tanto en los relatos de Márkaris.

Resulta curioso que muchos de los que hemos viajado por Grecia para escribir sobre el país acabemos dando con un hombre de esos a los que, más o menos, podríamos llamar "griego de a pie", que nos enamoran y que, en cierto modo, representan y recogen la vieja alma y los viejos valores del mundo clásico. A Moret le pasa con Márkaris, a mí me sucedió con Dimitris, a Henry Miller con el poeta Katsimbalis y a Alexis Kazanzakis con su paisano Zorba. Moret se detiene mucho a hablar de este singular personaje novelesco que bien pudo existir y del que dice el novelista griego: "Zorba era el hombre que yo buscaba desde hacía tiempo y no encontraba. Un corazón vivo, una boca ancha y golosa, un alma de bruto no cultivada, unida todavía al cordón umbilical de su madre, la tierra... Viendo cómo Zorba bailaba, comprendí por primera vez la demoníaca sublevación del hombre por vencer la pesadez y la materia, la maldición original". En su trabajo, Moret dedica un puñado de excelentes páginas al personaje de Kazanzakis.

Por lo demás, el autor enlaza con frecuencia las historias de la actualidad griega, y sus paisajes, con el mundo del ayer, con el mundo de los mitos y de los héroes. Le hubiera venido bien al libro un salto al Asia Menor, la antigua Jonia, en la costa egea de Turquía, en donde creció el espíritu de Homero y nacieron la filosofía y la ciencia. No obstante, para compensarlo, Moret nos pasea siguiendo las huellas del gran Lord Byron, que peleó por la independencia de Grecia hasta perder la vida, y con un salto a la vivienda escondida del gran poeta Yannis Ritsos, en Monemvasía, en el hondo sur del Peloponeso. Y nos recuerda un hermoso verso que el vate dedicaba a la región y que, en buena medida, valdría para toda Grecia: "Aquí, el paisaje es tan agreste como el silencio". Menos para Atenas, claro está, la ciudad de los ruidos.

En suma, Moret me ha despertado las ganas de volver a la Hélade y, sobre todo, a las recoletas calas de Ítaca, la patria de todo viajero que se precie. A lo mejor lo hago uno de estos meses.