Pêro Vaz de Caminha, el viajero que pasó a la historia por una carta

No llegó a la historia por actos heroicos sino por una carta, la primera que se enviaba desde los confines de un Brasil por descubrir. Si bien el remitente viajaba a la India en la segunda armada que los portugueses despachaban por el Cabo de Buena Esperanza, ruta estrenada poco antes por Vasco de Gama. Era la época dorada de la exploración oceánica, cuando cada travesía portaba el sello de la gran aventura.

Meritxell-Anfitrite Álvarez Mongay
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Foto: José Rosael-Hélio Nobre-Museu Paulista da USP

Una expedición para la historia

Aquella expedición fue el colmo de los infortunios. Valga como anticipo que trece navíos zarparon de Lisboa rumbo a la India y apenas la mitad llegó a su destino. Era la mayor flota que Portugal había organizado nunca: mil quinientos hombres de dotación, con Pêro Vaz de Caminha (1450-1500) a bordo. Ciudadano notable de Oporto, heredó de su padre honorables puestos burocráticos y contaba unos 50 años cuando embarcó bajo el cargo de escribano. 

D.R.

Salieron del Tajo en marzo, con los vientos propicios del Atlántico –en Cabo Verde perdieron ya un barco–. El hado les desvió tanto, que acabaron en el Nuevo Mundo. “Extendiendo los ojos no podíamos ver sino tierra y arboledas que nos parecían muy largas”. Trabaron contacto con los lugareños tupiniquim. “Me parecen gente de tal inocencia que, si los entendiésemos y ellos a nosotros, enseguida serían cristianos”. Bautizaron el hallazgo como Ilha de Vera Cruz, tomando para sí la actual costa brasileña. Pero la misión era el negocio de especias y enderezaron, diligentes, el rumbo hacia Oriente. Más naos se malograron en el derrotero hacia Calicut… No fueron bienhallados en la ciudad hindú: 54 portugueses murieron en un ataque a su feitoria; entre ellos, el notario Caminha, que ya no lo contaría.

D.R.

El certificado natal de brasil

Pêro Vaz de Caminha no regresó jamás a la Península Ibérica, pero sí llegó una carta suya dirigida a Su Majestad el rey Manuel I de Portugal. Preciado testimonio donde da cuenta del descubrimiento de una tierra nueva –sin saber que, meses antes, Yáñez Pinzón había fondeado no muy distante a esos mismos parajes–. Los diez días que el escribano pasó en Porto Seguro se conocen más al detalle que el resto de su más bien parca biografía. El texto a continuación corresponde a un fragmento de su minuciosa misiva, publicada en la editorial Acantilado y prologada por Isabel Soler. Con fecha a 1 de mayo de 1500, se considera a esta epístola el certificado natal de Brasil.

José Rosael-Hélio Nobre-Museu Paulista da USP

“Les mostraron una gallina y casi tenían miedo de ella”

Señor, por bien que el capitán mayor de esta vuestra flota y así los otros capitanes escriban a Vuestra Alteza la nueva del hallazgo de esta vuestra tierra nueva que ahora en esta navegación se ha hallado, no dejaré tampoco de dar cuenta de eso a Vuestra Alteza así como mejor pueda, aunque para bien contar y hablar lo sepa hacer peor que todos. 

[…] El miércoles por la mañana [22 de abril] encontramos aves a las que llaman fura-buchos, y en este día a hora de vísperas avistamos tierra primeramente de un gran monte muy alto y redondo y de otras sierras más bajas al sur y de tierra llana con grandes arboledas. A tal monte alto el capitán le puso el nombre de Monte Pascoal, y a la tierra, Terra da Vera Cruz.

[…] Lanzamos anclas frente a la boca de un río, y llegaríamos a este fondeo a las diez horas poco más o menos. Y allí avistamos hombres que andaban por la playa, obra de siete u ocho, según dijeron los navíos pequeños por haber llegado primero.

D.R.

Allí lanzamos lo bateles y esquifes, y el capitán mandó a tierra en el batel a Nicolau Coelho para ver aquel río. Y en cuanto comenzó a ir para allá, acudieron a la playa hombres, ahora dos, ahora tres, de manera que cuando el batel llegó a la boca del río había allí dieciocho o veinte hombres pardos, todos desnudos sin ninguna cosa que les cubriera sus vergüenzas. Llevaban arcos en las manos con sus flechas, venían todos directos hacia el batel y Nicolau Coelho les hizo señal de que depusieran los arcos y ellos los depusieron. Allí no pudo entre ellos haber habla ni entendimiento que aprovechase porque el mar quebraba en la costa; solamente les dio un birrete rojo y una caperuza de lino que llevaba en la cabeza y un sombrero negro. Y uno de ellos le dio un sombrero de largas plumas de ave con una copa pequeña de plumas rojas y pardas como de papagayo, y otro le dio un collar grande de menudas cuentas blancas que quieren parecer de adorno, piezas que creo que el capitán manda a Vuestra Alteza. […]

Son de facciones pardas, como rojizas, de buenos rostros y buenas narices bien hechas, andan desnudos sin ninguna cobertura ni estiman en nada cubrir ni mostrar sus vergüenzas, y tienen respecto a esto tanta inocencia como en mostrar el rostro. Llevaban los bezos de abajo agujereados y metidos ahí sendos huesos blancos de largura de un palmo y de grosura de un huso de algodón, agudo en la punta como un punzón. Los meten por la parte de dentro del bezo, y lo que queda entre el bezo y los dientes está hecho como las torres de ajedrez, y de tal manera lo llevan allí encajado que no les molesta ni les estorba ni al hablar ni al comer ni al beber. Sus cabellos son lisos, y van esquilados, de esquila alta, más que una peineta de buena medida, y rapados hasta por encima de las orejas. 

D.R.

[…] Les mostraron una gallina y casi tenían miedo de ella y no la querían tocar con la mano y después la cogieron como espantados. Les ofrecieron pan y pescado cocido, pasteles de almendras, miel e higos secos, y no quisieron comer de aquello casi nada, y si probaban alguna cosa, la escupían enseguida. […] Vio uno de ellos unas cuentas blancas de rosario, señaló para que se las diesen y le divirtieron mucho y se las puso en el cuello y después se las sacó y se las enrolló en el brazo. […] 

Y una de aquellas mozas estaba toda pintada de arriba abajo; y ciertamente estaba tan bien hecha y tan redonda, y su vergüenza, que ella no tenía, tan graciosa, que muchas mujeres de nuestra tierra, viéndole tales facciones, sentirían vergüenza de no tener la suya como la de ella. Ninguno de ellos estaba circuncidado, sino todos así, como nosotros. Y con esto nos volvimos, y ellos se fueron.