Grandes viajeros: Miguel de Unamuno

“No ha sido en libros, no ha sido en literatos donde he aprendido a querer a mi patria: ha sido recorriéndola”. Montaraz intelectual, el escritor bilbaíno gastaba zapatos anchos y cómodos, de caminar, y unos cuadernos de hule negro donde anotaba sus andanzas metafísicas por la intrahistoria de Castilla, Extremadura, La Mancha, Aragón, Mallorca, Galicia, Cantabria, el País Vasco, Portugal, Canarias...

Meritxell-Anfitrite Álvarez Mongay
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Foto: D.R.

Yo no sé si será que en mí, como en casi todos los hombres, duerme el nómada, el peregrino andariego y errante

ENAMORADO DE ESPAÑA Y PORTUGAL

“Aunque no me acuerdo de haber nacido, sé, sin embargo, por tradición y documentos fehacientes, que nací en Bilbao, el 29 de septiembre de 1864”. Siendo un mochuelo, Miguel de Unamuno se divertía saliendo al campo de paseo, hacía papirolas, coleccionaba insectos, participaba en concursos de pedos y jugaba a contar las bombas carlistas que caían sobre la villa. Se marchó a Madrid –con lágrimas en los ojos– para cursar Filosofía y Letras. “Mi madre y mi novia me alentaron desde lejos, desde Vizcaya, en mi carrera”. Aprobó con sobresalientes y sacó unas oposiciones –a la quinta– para una cátedra de Griego en la universidad salmantina.

Puente Don Luis I de Oporto en su fase de construcción. | D.R.

Rector puesto y depuesto, aprovechaba las vacaciones para viajar. Italia y Francia las conoció en su mocedad, por lo menos una vez al año visitaba Portugal, y así que podía se enriscaba por las trochas de Gredos. “Estas excursiones no son solo un consuelo, un descanso y una enseñanza; son además, y acaso sobre todo, uno de los mejores medios de cobrar amor y apego a la patria”. Le defraudó la República, y aún más la dictadura franquista, que le arrebató su última bocanada de aire libre. “Con razón, sin razón o contra ella, no me da la gana de morirme”. Fallecerá estando bajo arresto domiciliario, el 31 de diciembre de 1936. “Yo no dimito de la vida; se me destituirá de ella”

EXILIO EN FUERTEVENTURA, “LA ISLA ACAMELLADA”

En 1924, Miguel de Unamuno Unamuno fue deportado a Fuerteventura por sus desavenencias con Primo de Rivera –ese “botarate sin más seso que un grillo”–. Con todo, “la isla acamellada” le ofreció un exilio bienmesabe al pensador. “¡Este clima! ¡Y cómo se duerme! ¡Es una bendición, una verdadera bendición! En mi vida he dormido mejor. ¡En mi vida he digerido mejor mis íntimas inquietudes! Estoy digiriendo el gofio de nuestra historia”. El texto a continuación –recopilado por La Línea del Horizonte en Viajes y paisajes– lo escribió desde Puerto de Cabras, donde pasó cuatro meses confinado. Rechazó una amnistía porque le dolía España, y prosiguió su destierro en París y en Hendaya. Cuando el régimen cayó, regresó a Salamanca.

Monumento a Miguel de Unamuno en Montaña Quemada, Fuerteventura | COPYRIGHT, 2006

Desierto es esta solemne y querida Fuerteventura, tierra desnuda, esquelética, que retempla el ánimo.

No me traje conmigo a este confinamiento de Fuerteventura más que tres libros que caben en un mediano bolsillo: un ejemplar del Nuevo Testamento en su original griego, edición Nestle, de Stuttgart, en papel como tela de cebolla, y dos ediciones microscópicas, vademécum, de La Divina Comedia y de las Poesías, de Leopardi, hechas por Barbera, en Florencia. Y en esta edición de los trágicos poemas leopardianos he vuelto a leer aquel estupendo a la retama, la flor del desierto –La ginestra o ilfiore del deserto–, que hace años traduje en verso, y figura esta traducción en mi libro de Poesías. Y nunca hubiera creído que esta flor del desierto me habría de acompañar y animar en la más fuerte de mis aventuras quijotescas. 

Desierto es esta solemne y querida tierra aislada de Fuerteventura, una de las islas llamadas antaño Afortunadas y que tiene la fortuna y la hermosura en su noble y robusta pobreza. Tierra desnuda, esquelética, enjuta, toda ella huesos, tierra que retempla el ánimo. ¡Cuán otra cosa que esos jardines ceñidos de mar donde el hombre se olvida de la tierra y del cielo! No, aquí tierra y cielo se funden en uno bajo el abrazo del mar. El mar los apuña juntos. 

Florencia en tiempos de Unamuno. | Library of Congress

Y en este solemne desierto, en esta noble soledad sahárica, he encontrado a la retama leopardiana contenta dei deserti. La de Leopardi erguía sus enjutos tallos en la árida espalda del formidable monte exterminador Vesubio; esta retuerce sus óseos nervios al pie de las ruinas de volcanes, en mayor desierto que el que se extendió sobre los cadáveres de Pompeya y Herculano. 

Esta retama de Fuerteventura, cuya clasificación y denominación botánica ignoro, es llamada aquí aulaga, aliaga, árgoma y tojo, que no es ni la retama ni la escoba. Pero dejemos esto. 

D.R.

La aulaga majorera, de Fuerteventura –se llama majoreros a los de Fuerteventura–, tiende su triste verdor pardo, su verdura gris, por entre pedregales sedientos, y al pie, a las veces, de estos tristes tarajales, especie de tamarindos, que ofrecen al sol y al aire su mezquino y lacio follaje. La aulaga no tiene hojas; la aulaga desdeña la hojarasca, no es más que un esqueleto de planta espinosa. Sus desnudos y delgados tallos, armados de espinas, no se adornan más que con unas florecitas amarillas. Y todo ello se lo come el camello, el compañero del hombre en esta isla. La aulaga da flores para el camello. Para que el camello se las coma, por supuesto. Y así este sobrio animal se alimenta de flores. Puede decirse que la aulaga no es más que espinas y flores. 

Retrato conservado en su Casa Museo de Salamanca | Casa Museo Unamuno/Universidad de Salamanca

¡Qué lección de estilo, y de lo más íntimo del estilo, esta aulaga de Fuerteventura! Es la expresión más perfecta de la isla misma; es la isla expresándose, diciéndose; es la palabra suprema de la isla. En la aulaga ha expresado sus entrañas volcánicas, el poso de su corazón de fuego, esta isla entrañable. 

Cuando Don Quijote vino a esta isla de Fuerteventura –y he de contar esta su aventura fuerteventurosa– se consolaba en sus inevitables decaimientos de ánimo, cuando le acometía la tentación monástica, contemplando las matas de aulaga. Con esta contemplación se limpiaba la hojarasca del alma. Porque también el cartujo tiene su jardincillo y en él sus rosas, rosas artificiales, rosas de cultivo que ocultan las espinas entre las hojas. La aulaga puede, a lo sumo, servirle al cartujo de cilicio. 

D.R.

Porque es un cilicio la aulaga. Y puede ser un arma también. La aulaga puede servir como la escoba, para barrer. Aquí sirve para que con ella, flor de fuego entrañado, se calienten, quemándola, los majoreros. ¡Dios te siga bendiciendo, aulaga majorera!

*Texto extraído de Viajes y Paisajes. Miguel de Unamuno. La línea del Horizonte, 2014.