Grandes viajeros: Michel de Montaigne

“Paréceme el viajar actividad provechosa. Se ejercita el alma continuamente observando las cosas desconocidas y nuevas”

Meritxell-Anfitrite Álvarez Mongay
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Foto: D.R.

“Qué se yo” era el postulado de este filósofo al trote que vivió en una Francia enturbiada por las guerras de religión. “A quienes me piden cuenta de mis viajes suelo responderles que sé muy bien de qué huyo, pero no qué busco.” Siempre ávido de cosas nuevas, el erudito escrutaba lo desconocido en los libros y cabalgando por la Europa del Renacimiento a placer. “Cualquier cielo me va bien.”

Destinos termales para mejorar su salud

Cuando le preguntaban de dónde era, contestaba que “del mundo”, como Sócrates; pero nació en Dordoña, en un castillo del que Michel de Montaigne (1533-1592) tomó el nombre. De familia distinguida, dio sus primeros pasos en casa de unos leñadores, gente sencilla, si bien fue educado con fervor humanista. “Era una regla inviolable que ni mi padre ni mi madre ni el criado emplearan en mi presencia otra cosa que palabras en latín.” Enseguida, el magistrado se apartó de los asuntos públicos y se encerró en su torreón in doctarum virginum sinus. “Paso en mi biblioteca la mayor parte de los días de mi vida.”

Procesión en Plaza de San Marcos, cuadro de Gentile Bellini | Didier Descouens

Se marchó de viaje para cambiar de aires, liberarse de preocupaciones y cálculos renales en destinos termales: Alemania, Austria, los Alpes, Italia… “Solo me satisface la variedad y la posesión de la diversidad.” Si por él fuera, se hubiera desviado a Cracovia, a Grecia… Le atraía todo lo procedente de América. “Sí, lo confieso, no veo nada, ni siquiera en sueños, donde pueda detenerme.” Le frenó su obligación como regidor de Burdeos y una salud agravada. “Siento que la muerte me punza continuamente la garganta, o los riñones. Pero me da igual encontrarla en un sitio o en otro. Si, pese a todo, tuviera que elegir, la elegiría, creo, antes a caballo que en un lecho: fuera de mi casa y lejos de los míos.”

17 meses y ocho días recorriendo Europa

Sieur Montaigne acababa de publicar sus Ensayos cuando partió de viaje con su hermano, el cuñado, unos amigos, los criados, un equipaje abultado, burros y caballos. “No lo emprendo ni para regresar ni para completarlo. Lo emprendo tan  solo para moverme mientras el movimiento me complazca.” Plombières, Baden, Augsburgo, Múnich, Innsbruck, Trento, Verona, Venecia, Roma, Florencia, Pisa, Milán… Pasó 17 meses y ocho días recorriendo Europa y tomando notas en un cuaderno que no se descubrió, en su château, hasta pasados dos siglos del periplo. El texto a continuación pertenece a un fragmento de estos escritos, publicados por la editorial Acantilado bajo el título Diario
del viaje a Italia por Suiza y Alemania (1580-1581).

Paisaje con viajeros, cuadro de Jan Brueghel el Viejo. | D.R.

La diversidad de formas entre una nación y otra solo me afecta por el placer de la variedad”

Después de comer llegué a Florencia. El viernes presencié las procesiones públicas y vi al Gran Duque en un carruaje. Entre otras pompas podía verse un carro en forma de teatro, dorado por arriba, en el que iban cuatro muchachitos y un fraile con su hábito representando a San Francisco, de pie, y con las manos tal y como se ven en las pinturas, con una aureola sobre la capucha. Era un fraile o un hombre disfrazado de fraile que llevaba una barba postiza. Algunos niños de la ciudad iban armados, uno de ellos como si fuera San Jorge.

Castillo de Montaigne, en Dordoña, Francia. | D.R.

En la plaza le salió al encuentro un gran dragón que arrojaba fuego por la boca con gran estruendo. Lo sostenían y movían unos hombres de manera muy desmañada. El niño le daba lanzadas y espadazos, y lo degollaba. […] Dado que aquel día era la vigilia de San Juan, pusieron unos pequeños fuegos en lo más alto de la catedral, en círculo, sobre dos o tres escalones. Desde allí se lanzaban cohetes al aire. Se dice que en Italia no es costumbre, como en Francia, hacer hogueras de San Juan.

El sábado, día de San Juan, es la fiesta mayor de Florencia y la más celebrada. Hasta las muchachas solteras aparecen en público, pero apenas vi ninguna que destacara por su belleza. Por la mañana, en la plaza del palacio, el Gran Duque, que compareció en un palco —bajo un baldaquino— junto a los muros del palacio ornados con riquísimos tapices, con el nuncio del papa a su lado, a su izquierda, y mucho más lejos el embajador de Ferrara. A medida que los llamaba un heraldo, desfilaban ante él todas sus ciudades y poblaciones amuralladas. Así, por Siena se presentó un joven vestido de terciopelo blanco y negro, que llevaba en la mano un gran vaso de plata y la figura de la loba sienesa. […]

Vista de la ciudad de Arco en Tirol del Sur, pintura de Durero | D.R.

El calor no me parecía más intenso que en Francia. Sin embargo, para evitarlo en las estancias de la hostería, me vi forzado a dormir por las noches sobre la mesa de la sala, poniendo colchones y sábanas. No había encontrado ningún alojamiento cómodo para alquilar, porque esta ciudad no es buena para forasteros. Además, de este modo evitaba las chinches, que infestan las camas. […] Todo el día tenía la boca árida y reseca, y una alteración no por la sed, sino por un calor interno como el que he sentido otras veces en nuestros días más cálidos. No comía más que frutas y ensaladas con azúcar. En resumen, no estaba bien. […]

El domingo vi el palacio de Pitti, y entre otras cosas, una mula de mármol que representa a otra mula, aún viva, por sus prolongados servicios transportando materiales para esta construcción. Esto es lo que dicen los versos latinos. En el palacio vimos aquella quimera que tiene una cabeza que brota —con los cuernos y las orejas— entre las espaldas, y el cuerpo en forma de pequeño león. [...]

D.R.

Aquí, es costumbre poner hielo en los vasos de vino. Yo ponía poco, pues no me encontraba muy bien. Tenía a menudo dolor en los costados, y expulsaba incesantemente una enorme cantidad de arena. Además, no podía recobrarme de la cabeza y devolverla a su primer estado. Me sentía aturdido, y notaba una suerte de pesadez en los ojos, la frente, las mejillas, los dientes, la nariz y toda la parte frontal. Se me ocurrió pensar que la causa podían ser los vinos blancos dulces y humosos, porque la primera vez que me volvió aquella migraña había bebido una gran cantidad de trebbiano, acalorado por el viaje y por la estación, porque su dulzura no apagaba la sed. Finalmente, reconocí que a Florencia la llaman “la bella” con razón.