Vita Sackville-West: viajera y homosexual en un mundo masculino y heterosexual

 “Quiero estar donde ningún hombre blanco haya estado antes, lejos de cualquier lugar del que se haya oído hablar.” Desde los Dolomitas a las dunas persas, Indonesia, Arizona, Sudamérica… La escritora inglesa cultivó su faceta aventurera por el mundo entero, viajando con la misma devoción que plantaba flores en su jardín de Sissinghurst.

Meritxell-Anfitrite Álvarez Mongay
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Foto: D.R.

“Los únicos caminos de cabras que queremos explorar son los de la mente, los que remontan las pendientes”

La “esnob geográfica” que siempre regresaba a Kent

En su jardín crecían tigridias mexicanas, gerberas de Sudáfrica, rosas de Provenza, rosas de Damasco… y fritillarias de Irán, país que visitó en dos circunstancias, cargada de libros, una nevera, un gramófono... “He descubierto mi verdadera función en la vida: soy una esnob. Una esnob geográfica.”

Nació en una familia rebosante de aristocracia —“casi todos locos como unas cabras”—. La abuela era una bailaora malagueña, el padre le hablaba de Darwin y la madre se la llevaba de vacaciones con su amante a Francia, a Ucrania… “No tengo muchos más recuerdos de mi infancia…” Ella también viajó por Europa con sus amores; ocultaba su homosexualidad haciéndose pasar por hombre. Luego se casó con un diplomático y vivieron juntos en Constantinopla, aunque huía del matrimonio claustrofóbico. “Quiero nueve vidas al menos… y nueve planetas para explorarlos.” Cruceros por el Nilo y por Indonesia… Nueva Delhi, Agra, Persia… la Rusia soviética —“Al mirar el mapa de Asia, me invade una especie de sobrecogimiento”—, conferencias en España y Norteamérica… “Después de la complacencia suficiente, el deseo de escapar se reemplaza por el deseo de regresar.” Ella regresaba siempre a la raíz, a Kent, a su jardín.

Murallas de la fortaleza de Bakú, Azerbaiyán. | D.R.

Su fascinante recorrido por Persia en coche

“Partí una mañana de enero; tal vez no para emprender un viaje muy aventurero, pero sí un periplo que me llevaría a un país sin explotar.” Vita Sackville-West descubrió Persia en 1926, cuando su esposo estaba destinado allí. Recorrieron la región en un Ford destartalado… “sin preocuparnos de buscar comida ni, en según qué casos, alojamiento, [...] y qué grata era la sensación de libertad que nos invadía tras desprendernos de todo el complejo barullo de la vida cotidiana y las posesiones innecesarias”. Quedó fascinada por la vida nómada de los bajtiaríes, por los diamantes del Sah, por las alfombras y por Isfahán. El texto siguiente narra su escapada a esta ciudad, publicado en el libro Pasajera a Teherán (editorial Minúscula).

Dibujo de la Gran Mezquita de Isfahán. | D.R.

“Viajar es el placer más íntimo que existe”

Visitar Isfahán es muy imprudente. Es más inteligente reservar las ciudades de nombre hermoso exclusivamente para peregrinaciones mentales; “ni en Bujará, ni en Samarcanda, ni en Balj”, señala el poeta persa, quien, como Milton, Marlowe y no pocos rapsodas más, sentía una debilidad evidente por los nombres románticos. En realidad, ir a Isfahán no es nada arriesgado, pues se halla al pie de sus montañas en el centro de Persia, tan fiel a su nombre como en tiempos de Hayi Babá, cuyas aventuras deberían llevarse en el bolsillo. Todos los protagonistas de las historias de Morier se abrían paso a empujones por las calles: el amanuense, el mendigo, el aguador, la mujer del velo blanco y el mercader a caballo con su aprendiz a la grupa.

Jardines de Sissinghurst, en Kent. | Richard Enfield

En la Meidan había un derviche sentado en el suelo que contaba una historia a los allí reunidos, acomodados a su alrededor en un círculo, con los labios separados y los ojos casi fuera de las órbitas mientras el santón iba exaltándose hasta el delirio al narrar las hazañas de su héroe (ya que las historias de los persas suelen ser heroicas, y la epopeya de Firdusi sobre los reyes, su recital preferido). Con su larga barba, su gorro alto, sus uñas anaranjadas y sus ojillos feroces, que brillaban en mitad del rostro peludo, parecía desde luego bravo e inspirado, como si llevara quinientos años desgranando su relato y apenas estuviera acercándose al momento culminante. […] En un extremo de la vasta Meidan se alzaban la puerta azul y la cúpula turquesa de la mezquita, y en el otro se abría la entrada a los oscuros bazares. Religión y codicia frente a frente. El fanatismo, el trueque, el anochecer y el narrador, todos reunidos en aquella ciudad oriental. En medio, el elegante y pequeño Ali Qapu era como una flor en el crepúsculo. Me parecía increíble estar en Isfahán, demasiado improbable para ser cierto. […]

Vendedor de alfombras. | D.R.

Al día siguiente subí hasta la azotea del Ali Qapu y contemplé con envidia los tejados de la ciudad en dirección al sur, donde la carretera ascendía por la ladera hacia Shiraz y Persépolis. No tuve tiempo de visitar ninguna de las dos ciudades durante aquel mes de abril, pero lo consideré un placer aplazado, no desestimado, sencillamente algo que había que posponer hasta el año siguiente, de modo que me regalé la vista con envidia, pero sin amargura, y después me volví para admirar la recortada cordillera Bajtiari, que también debía cruzar al año siguiente, a pie con una pequeña caravana de mulas para transportar la tienda y el equipaje.

Grandes viajeras: Vita Sackville-West | D.R.

Todo eso me proporcionó una agradable sensación de expectación; me gustaba pensar asimismo que iba a volver a Isfahán, pues resulta muy doloroso decirse: “Jamás volveré a ver este lugar”. Me pareció, sin embargo, que algo raro debía de pasarle a quien de forma instintiva confería tanta importancia a un lugar; delataba una superficialidad espiritual, una actitud demasiado materialista. Había emprendido el viaje con la idea de emanciparme de mis raíces y ya estaba atrapada en la red del amor a Persia. […] Un carácter así podía dar lugar a un buen viajero, pero sin duda también a un mal amigo, a un amigo descuidado, ¿verdad? Confería demasiada importancia al mundo exterior, lo apreciaba de una forma excesivamente intensa y por ello dolorosa, desde luego, pero mientras meditaba, contemplando los tejados de Isfahán, me di cuenta de que no tenía remedio: aquella montaña y aquella carretera de Shiraz me oprimían el corazón como si de una mano musculosa se tratara. Era una víctima, incapaz de huir de mí misma como cualquier esclavo del temperamento, mas era un tipo de temperamento por el que podía esperar escasa simpatía o comprensión; un disparate, una exageración. Era mejor mantenerlo en secreto, claro que, en un libro consagrado a mi debilidad, esa ocultación iba a resultar más bien difícil.