Flora Tristán, viajera feminista y revolucionaria

Pionera feminista. Los viajes convirtieron a la escritora de origen franco-peruano en una persona de espíritu justiciero, cuyas ideas revolucionarias cruzaron fronteras de clase y género en la primera mitad del siglo XIX. Luchadora proletaria y feminista, abogó por el derecho de las mujeres a salir al extranjero y moverse entre ciudades y países libremente.

Meritxell-Anfitrite Álvarez Mongay
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Foto: D.R.

“Los ingleses beben, se entregan a todos los excesos, viajan y hacen a menudo las cosas más insólitas”

La abuela revolucionaria de Paul Gauguin

“Mi abuela era una mujer extraña”, escribió Paul Gauguin en sus memorias. “Se llamaba Flora Tristán…” Nunca llegó a conocerla... “Lo que sí puedo asegurar es que era una bellísima y noble dama… Sé también que dedicó toda su fortuna a la causa obrera, y que viajó constantemente.” Flora Celestina Teresa Enriqueta Tristán y Moscoso (1803-1844) era hija de una parisina burguesa y de un coronel peruano que al morir la dejó bastarda por un lapsus burocrático. Desheredada, tuvo que renunciar a aquella mansión de infancia que personajes como Bolívar y Bonpland frecuentaban para acostumbrarse a vivir en un tugurio de París. A lo que no se acostumbró fue a un esposo maltratador del que huyó; el loco casi la mata de un disparo en una ocasión, y le acusó de hacerse pasar por soltera cuando se embarcó sola hacia Sudamérica. Los viajes de la escritora fueron un acicate en su lucha por la emancipación femenina y contra la pena de muerte. Gritó “¡trabajadores del mundo, uníos!” antes que Marx y Engels. Su último periplo fue una gira por ciudades francesas para difundir la idea de una Unión Obrera. Esta aventura se quedó a medias cuando la muerte la sorprendió en Burdeos, cuatro años antes de que naciera su nieto.

Christ's Hospital visto desde Newgate Street, Londres. | Wellcome Library, London

Sus paseos por el Londres más marginal

Flora Tristán estuvo en Inglaterra cuatro veces; la primera de ellas, en 1826, trabajando como criada para una familia londinense. Regresó en los años 1831, en 1835 y en 1839. Cuando un año después publicó Paseos por Londres, ya había cogido manía a la que ella misma denominó como la “ciudad monstruo”. Para escribir el libro, visitó lugares marginales que nunca aparecen en las guías de viaje: fábricas, prostíbulos, asilos, tabernas, cárceles… Y como las mujeres tenían prohibido el paso en el parlamento británico, se disfrazó de turco para entrar y asistir al debate sobre el sufragio universal. El texto que reproducimos a continuación corresponde a un fragmento de este relato, accesible en cervantesvirtual.com.

Piccadilly desde Hyde Park (1810). | D.R.

“Nuestra patria debe ser el universo”

Qué inmensa ciudad es Londres! […] A primera vista, el extranjero queda admirado por el poder del hombre; más tarde queda como abrumado por el peso de esa grandeza y se siente humillado por su pequeñez. Aquellos innumerables barcos, navíos, edificios de toda inmensidad, de toda denominación que, a través de largas leguas, cubren la superficie del río al cual reducen al espacio estrecho de un canal; la grandiosidad de aquellos arcos, de aquellos puentes que se creería arrojados por gigantes para unir las dos riberas del mundo; los docks, inmensos depósitos o tiendas que ocupan 28 acres de terreno; aquellas cúpulas, aquellos campanarios, aquellos edificios a los cuales los vapores dan formas extrañas; aquellas chimeneas monumentales que lanzan al cielo su negro humo y anuncian la existencia de grandes fábricas. La aparición indecisa de objetos que os rodean; toda esta confusión de imágenes y de sensaciones turba el alma, estando esta como anonadada.

Mapa de Londres en 1860. | D.R.

¡Pero es sobre todo por la noche que hay que ver Londres! ¡Londres, con mágicas claridades de millones de lámparas que alimenta el gas, aparece resplandeciente! […] Mientras que, de día, la belleza de las veredas, el número y elegancia de los jardines, cuyas rejas de estilo severo parecen alejar del gentío el hogar doméstico, la extensión inmensa de los parques, las curvas gráciles que los delinean, la belleza de los árboles, la multitud de carruajes soberbios, tirados por magníficos caballos que recorren las rutas, todas aquellas realizaciones espléndidas tienen algo de magia que ofusca el juicio; además, no hay extranjero que no se sienta fascinado al entrar en la metrópoli británica. […]

Retrato de la viajera Flora Tristán | D.R.

Londres tiene tres sectores bastante diferentes: La cité, el west end y los faubourgs. La primera es la antigua ciudad, que, a pesar del incendio ocurrido bajo el reinado de Carlos II, ha conservado gran número de pequeñas callecitas estrechas, mal alineadas, mal construidas, y los bordes del Támesis obstruidos por casas bañadas en sus cimientos por las aguas del río. […] Los habitantes de esta división son considerados por aquellos del west end como los John Bull de pura sangre; son, en su mayor parte, excelentes mercaderes que se equivocan raramente acerca de sus intereses y a quienes nada afecta, salvo estos mismos intereses. Las tiendas, donde muchos de ellos han hecho grandes fortunas, son tan sombrías, tan frías y tan húmedas, que la aristocracia del west end desdeñaría semejantes locales para guardar sus caballos. Los hábitos, las costumbres y el lenguaje de la cité se hacen notar por sus formas, sus matices, sus usos, sus locuciones, que los elegantes del west end llaman vulgarity.

Escenas de vida londinense (1839). | D.R.

El west end está habitado por la corte, la alta aristocracia, el comercio elegante, los artistas, la nobleza provinciana y extranjeros de todos los países —esta parte de la ciudad es soberbia—; las casas están bien construidas, las calles bien alineadas, pero extremadamente monótonas. Allí se encuentran los brillantes coches, las damas magníficamente engalanadas, los dandys caracoleando sobre caballos magníficamente enjaezados, un mundo de criados cubiertos de ricas libreas y armados de largas varas con empuñadora de oro y de plata. Los faubourgs, arrabales a causa de los arrendamientos baratos, encierran a los obreros, las mujeres públicas y aquella turba de hombres sin destino que la falta de trabajo y los vicios de toda clase conducen al vagabundaje, o a quienes la miseria y el hambre fuerzan a convertirse en mendigos, en asaltantes, asesinos. El contraste que presentan los tres sectores de esta ciudad es aquel que la civilización ofrece en todas las grandes capitales; pero es más chocante en Londres que en ninguna otra parte.