Grandes Viajeros: Heródoto, el cronista de la Humanidad

El viajero jonio llegaba a un lugar con la mirada curiosa del geógrafo, el oído atento del historiador y las ideas desprejuiciadas del sabio. “Si a todos los hombres se les diera a elegir entre todas las costumbres, cada cual escogería para sí las suyas; tan sumamente convencido está cada uno de que las propias son las más perfectas.” Atraído por las más increíbles rarezas, llegó hasta los confines conocidos por los antiguos para recopilar una crónica de la Humanidad.

Meritxell-Anfitrite Álvarez Mongay
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“Como los confines de la Tierra rodean al resto del mundo, es probable que contengan las cosas más raras y hermosas”

Su objetivo: preservar la historia del mundo

Viajó más allá de las columnas de Hércules con el afán de preservar la Historia del mundo y que las gestas admirables no cayeran en el olvido. Pero poco contó Heródoto de su propia vida: se le supone nacido en algún momento del siglo V a. C. en Halicarnaso, de donde se exilió o fue desterrado por oponerse a un gobierno tirano. Desprovisto de patria, deambuló por toda Grecia y las islas del Egeo. Se da por seguro que estuvo en Egipto y que llegó hasta Tebas y Elefantina remontando el río. “Deseaba averiguar por qué el Nilo crece a comienzos del solsticio de verano y continúa creciendo durante cien días…”

D.R.

Lo que llama Etiopía debió de conocerlo más bien de oídas. “Allí se obtiene oro en abundancia, y los hombres son más altos, más apuestos y más longevos que en cualquier otro lugar.” Las costumbres babilonas le fascinan… sabía de los temibles escitas… “De todos los enemigos que capturan, inmolan a uno de cada cien.” Habla de hormigas gigantes en India, serpientes aladas, humanos con cabeza de perro y ojos en el pecho, gentes con pies de cabrito, caníbales y grifos… “Me veo en el deber de referir lo que se me cuenta, pero no de creérmelo todo a rajatabla.” Las maravillas que vio y escuchó las difundió a su regreso; son historias que perdurarán por los tiempos de los tiempos.

Atenas, la ciudad a la que narró sus vivencias

Dicen que cuando Heródoto recitó sus viajes en Atenas, recibió el aplauso de un público entusiasmado y el reconocimiento de los doctos. Otra versión propala, sin embargo, que el geógrafo se negó a leer sus relatos hasta que las nubes le dieran sombra en el escenario; pero la audiencia no esperó a que se tapara el sol, y ahí se quedaron solos Heródoto, su sombra… y sus descripciones de una ecúmene asombrosas. En Asia hay muchas ciudades realmente grandes, pero la más digna de mención, también la más poderosa, fue Babilonia”. Sobre esta población legendaria de Mesopotamia trata el texto a continuación, extraído del ‘Libro I’ de su Historia, en la edición de Gredos.

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“Todo cuanto he dicho hasta este punto es producto de mis observaciones, consideraciones y averiguaciones personales”

En esa región las hojas del trigo y de la cebada alcanzan fácilmente cuatro dedos de anchura. Y el tamaño del mijo y el sésamo alcanza, aproximadamente, la altura de un árbol, si bien no vaya especificar sus proporciones, pese a que las conozco perfectamente, pues estoy persuadido de que ya cuanto llevo dicho con respecto a los cereales habrá suscitado gran incredulidad entre aquellos que no han visitado Babilonia. Los babilonios, por cierto, no utilizan aceite de oliva, sino que hacen uno de sésamo. [...] Y entre ellos rigen las siguientes costumbres. La más acertada, a nuestro juicio (tengo entendido que también la observan los vénetos de Iliria), es esta.

D.R.

En cada aldea tenía lugar una vez al año la siguiente ceremonia: reunían a todas las doncellas que aquel año habían alcanzado la edad de casarse, las llevaban a todas juntas a un lugar determinado y a su alrededor se situaba un sinnúmero de hombres. Entonces, un pregonero las hacía levantarse una por una y las iba poniendo en venta; empezaba por la más agraciada de todas y, luego, una vez adjudicada esta a alto precio, subastaba a la que seguía a aquella en hermosura. Las ventas se realizaban con fines matrimoniales, así que todos los babilonios casaderos que eran ricos, pujando entre sí, se hacían con las más bonitas; en cambio, todos los plebeyos en edad casadera, que para nada necesitaban una hermosa figura, recibían por su parte a las doncellas más feas y ciertas sumas. En efecto, cuando el pregonero había terminado de subastar a las doncellas más agraciadas, hacía ponerse en pie a la más fea o, si la había, a alguna lisiada y en voz alta preguntaba quién quería casarse con ella percibiendo menos dinero, hasta que la adjudicaba a quien se avenía a la menor suma.

D.R.

Ese dinero, como es natural, provenía de la venta de las doncellas agraciadas y, así, las hermosas casaban a las feas y lisiadas. Por otra parte, a nadie le estaba permitido casar a su hija con quien quisiera y tampoco llevarse sin fiador a la doncella que comprara, sino que el comprador tenía que presentar fiadores de que, en realidad, iba a casarse con ella; solo entonces podía llevárselas. Y si los contrayentes no se avenían, la ley establecía la devolución del dinero. Igualmente, quien deseaba comprar una doncella podía hacerlo, aunque procediera de otra aldea. Esta era, pues, la acertadísima costumbre que tenían; no obstante, hoy en día ya no se halla en vigor, si bien recientemente han ideado otro procedimiento para que los extranjeros no agravien a sus doncellas ni se las lleven a otra ciudad, pues desde que la conquista los sumió en la ruina y la miseria, todo plebeyo falto de medios de vida prostituye a sus hijas.

D.R.

Después de esta, la costumbre más acertada que rige entre ellos es esta otra. Sacan a los enfermos a la plaza (pues resulta que no tienen médicos). Así, los transeúntes —si alguno de ellos ha sufrido en su persona un mal semejante al que padece el enfermo o si ha visto afectado de él a otra persona— se acercan al enfermo y le dan consejos sobre su enfermedad; se acercan a él y le aconsejan y recomiendan todo cuanto ellos, personalmente, hicieron para recuperarse de una enfermedad semejante o vieron hacer a otro para recuperarse. Y no les está permitido pasar junto a un enfermo en silencio sin preguntarle antes qué mal le aqueja. Entre ellos, los cadáveres se recubren de miel y sus cantos fúnebres son muy semejantes a los de Egipto. Siempre que un marido babilonio mantiene relaciones con su mujer, se sienta junto a los vapores de un incienso que se ofrece como purificación y, en otro lugar, la mujer hace lo mismo. Y, al amanecer, ambos se lavan, pues no pueden tocar recipiente alguno hasta haberse lavado. Esto mismo, por cierto, lo hacen también los árabes.