Gracias y desgracias de España, por Jesús Torbado

Jesús Torbado

Un par de años hace ya que murió, casi centenario, el escritor que en 1976 compuso un gran libro dedicado a Castilla la Vieja, del cual se ha sacado parcialmente el título de esta croniquilla. Desde luego, y como suele ser norma, no se le hizo mucho caso en vida al berciano Ramón Carnicer, novelista, filólogo, ajeno a los circuitos culturetas y uno de los mejores escritores viajeros del último medio siglo. Sus descubrimientos a pie de los pueblos de Castilla, "gracias y desgracias", de Nueva York, "nivel de vida, nivel de muerte", de la Cabrera mísera y de la Extremadura, "América peninsular", siguen figurando con puestos de honor en cualquier antología honesta (que también las hay deshonestas, claro).

Recorriendo los mágicos laberintos de lo que llamamos sencillamente Internet, la telaraña para todos los gustos y todas las necesidades, apareció en el arranque de las vacaciones veraniegas un elemento que cabría relacionar con la obra de Carnicer. En esta misma revista y hace apenas unos meses pudo el lector atento encontrar una selección de medio centenar largo de lugares españoles en los que le valía la pena detenerse al viajero ilustrado. La selección estaba hecha por un español, que no podía naturalmente desprenderse de sus gustos, de sus pasiones, de sus muchas andanzas y ni siquiera de sus caprichos. Tampoco de sus conocimientos.

En el caso citado, y escrito todo en torpe inglés, alguien desconocido quiso componer una especie de guía de lo que cualquier turista guiri que se precie debería conocer de España durante sus vacaciones. O quizás de aquello a lo que usualmente dedica su curiosidad. De las quince opciones elegidas, al menos la mitad causan, si no sorpresa, bastante estupor. En realidad, no tanto, porque conforman el cuadro que usualmente miran los extranjeros bajo el título España, lugar, por otra parte, que apenas existe ya, como sabe cualquier devoto de las llamadas autonomías. Cuadro, además, pintado concienzudamente durante decenios por los de aquí y por los de allá.

Lógico es que se eligiera el triángulo museístico de Madrid, de lo más valioso del mundo, e incluso la contemplación del Guernica, que estando dentro de él, se desgaja del mismo como asunto aparte por mera ignorancia. El tal cuadro, además, soberbio boceto publicitario, tiene principalmente el mérito de ser un topicazo artístico y político. El genio malagueño pintó cuadros mucho mejores, aunque pocos de ellos están en España.

Tampoco es ilógica la predilección por el Camino de Santiago, para colocarse en la estela trendy; por la ciudad de Barcelona y por la Costa Brava en sus totalidades; incluso que se elija a la modesta y un poco decrépita ciudad de Cádiz como necesidad de suprema admiración en un país que tantas otras urbes, grandes, medianas y pequeñas, llenas de gracia tiene. Y que se ensalce un paisaje de verdad bárbaro como el del Teide o que se invite a asistir a "los festivales" de Semana Santa, sin explicar mínimamente de qué va el asunto.

Pero donde el tópico más obeso asoma su barriga es en otras recomendaciones. Los espectáculos flamencos de Andalucía, por ejemplo, sin deslindar los escasos buenos conciertos en este género del brebaje de la comercialidad seudofolclórica y etílica. Y los encierros sanfermineros a continuación, claro, preludio sangriento de las celebradas torturas a los toros que el aventurero Hemingway convirtió en artículo de gloria.

Mas el enredo que predican aquellos seleccionadores, denso revuelto en el plato del día del turismo mundial, no acaba aquí. Se le añade el remate de las orgías ibicencas, las "tapas y el vino" en general y el repugnante baño en salsa de tomate que desde hace poco -aunque se considere fiesta tradicional desde 1957- se practica en el pueblo valenciano de Buñol. A tal grandiosa celebración, cuya intendencia corre a cargo del ayuntamiento, llaman "tomatina" y parece ser una de las cumbres culturales y estéticas de este país que parece nuestro. Así que esas son las gracias y desgracias de España según el gusto de nuestros simpáticos visitantes. O de los antólogos de la Red. Y quizás también nuestro.