Graceland por Javier Reverte

Elvis fue un soplo de aire fresco: la música dejó de ser cosa de salones elegantes para convertirse en un grito instintivo.

Javier Reverte

Hace un par de meses, recorriendo en coche los estados del sur de EE UU me detuve a visitar Graceland, la casa-museo de uno de los iconos de mi generación, el rockero Elvis Presley, en las afueras de la ciudad de Memphis (Tennessee). Elvis no nació allí, pero compró ese lugar para instalarse y dar cobijo, junto a él, a sus padres, a sus hijos, a sus coches -¡ay, ese antiguo modelo de Cadillac de color rosa!-, a sus discos de oro, a sus trajes de lentejuelas doradas y a sus caballos. De tal modo que Graceland era ya un museo durante su vida. Ahora es eso y algo más, porque allí se encuentran su tumba, las de sus padres, la de uno de sus hijos y la de su abuela, que los sobrevivió a casi todos. Así que Graceland es hoy una especie de museo-catafalco.

No sé si queda por ahí suelto algún nieto de Elvis, pero tengo la impresión de que, con su hija, la especie murió. A estas alturas no me aclaro sobre si ello sucede porque Elvis era un tipo poco dado a crear descendencia o porque, cuando nace alguien genial, su sangre ya no da para más y el apellido se extingue, cosa que ha sucedido con frecuencia en la historia de esta extraña raza que llamamos humanidad. En Graceland están los coches y los discos de oro, los trajes y los muebles del músico. Pero todo cuanto tuvo vida, desde la suya y las de sus familiares hasta las de sus caballos, ya está muerto. ¡Qué poca cosa somos!, piensa uno en los dominios de Graceland. Algunos logran tanto poder como para poder comprar cuanto desean, pero ninguno de nosotros, por mucho dinero que atesore, alcanza a tener tanto como para lograr algo tan sencillo como es el existir cuanto se quiera. Ni siquiera la vida de una humilde mosca puede comprarse con todo el dinero de Elvis Presley.

Pero dejando aparte reflexiones de este corte, lo cierto es que, según dicen, Graceland es, en cierta forma, un pequeño espejo de América, de esos Estados Unidos desnudos de complejos, de esa forma de ser americana que exhibe tanto desparpajo como absoluta falta de pudor. Cada año, quienes visitan el lugar se admiran sin recato ante el Cadillac rosa, ante las vidrieras de colores chillones de las ventanas, ante la Jungle Room -una habitación con muebles de motivos africanos-, en la sala de billar, en el bar, en la sala de televisión -Elvis veía tres televisores a la vez, cada uno con un programa diferente- y en la de grabaciones. Creo que en toda mi vida no he visto un lugar que acumule tanto sabor kitsch como Graceland. Y si, como dice algún folleto turístico, allí se encuentra la esencia de América, por mi parte casi preferiría criarme en Monrovia que crecer en Graceland.

Pero eso no echa para atrás a los miles de visitantes que cada año se asoman a las que fueron posesiones del Rey del rock. A Elvis le pasa algo parecido a lo que le sucedía al Cid Campeador: si éste logró llegar a ganar batallas incluso después de muerto, Elvis no deja de producir dinero muchos años después de su fallecimiento. Antes lo producía con el vigor de su música y ahora lo genera con un mausoleo. ¡Raro mundo este de los hombres!

En todo caso, si bien no dejé flores en la tumba del jardín en donde reposan sus restos, sí que rendí un silencioso homenaje a Elvis. La gloria de América reside, en mi opinión, en que nos ayudó a todos a desnudarnos de convenciones y a echar por la borda de nuestras vidas todo tipo de encorsetamientos sociales. Y dentro de ese movimiento liberador que América trajo al mundo como un solplo de aire fresco, Elvis fue uno de los mejores heraldos: la música dejó de ser cosa de salones elegantes para convertirse en un grito instintivo, casi en un aullido selvático. Los jóvenes de aquellos días aprendimos a movernos con Elvis Presley, con su música nuestras piernas y cuerpos se menearon impulsados por la fuerza de nuestra sensualidad y no por los cánones clásicos de la danza.

De manera que, con todo lo kitsch que resulta Graceland, al visitante no le queda otro remedio que agradecer que viniese al mundo un tipo con tan mal gusto para la decoración y, al mismo tiempo, tan exagerado como para hacer posible eso que llaman rock and roll, un auténtico movimiento de liberación antes casi que una música.