Góndola, por Javier Reverte

Es difícil imaginarse los canales de Venecia sin el perfil de una o varias góndolas recortándose sobre las aguas.

Javier Reverte
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Foto: Raquel Aparicio

Regreso de pasar unos días en Venecia y, como me ha sucedido siempre cada una de las cinco o seis veces que he visitado la ciudad, no he logrado navegar en góndola. Y no lo he hecho como muestra de rechazo al turismo de la banalidad o del tópico sino porque siempre lo he ido dejando para el último día y, a la postre, o bien el tiempo corre muy deprisa en Venecia o bien en el momento elegido se desataba una lluvia de mil demonios. Así que la góndola será una buena razón para regresar a esa urbe tan diferente a todas, tan atractiva casi siempre y, en ocasiones, un punto abrumadora de mero empalagosa. Por cierto, que no se preocupe el amigo lector: no voy tener la osadía de escribir sobre Venecia sino que seguiré el sabio consejo del escritor herzegovino Pedrag Matvejevic: "No describas lugares por los que ha pasado mucha gente; ya lo ha hecho alguien antes que tú y, quizás, mejor".

Pero hay una cosa en la que estamos todos de acuerdo: que es difícil imaginarse los canales de esta ciudad sin el perfil de una o varias góndolas recortándose sobre las aguas. Contra lo que pueda pensarse, no es una barca para turistas sino que nació cientos de años atrás y fue perfeccionándose con lentitud hasta convertirse en la embarcación más adecuada para recorrer los estrechos canales venecianos. Los gondoleros se ufanan afirmando que tan solo hay dos lugares en la ciudad por donde las góndolas no pueden pasar: dos estrechos canales próximos a la Fenice y San Stae.

Ha sido utilizada para transportar grandes duques, Papas, generales, embajadores y condenados a muerte; y, ya en estos dos últimos siglos, a los turistas. Ahora, en su mayoría les gusta usarlas a japoneses, coreanos y, más recientemente, a chinos; y todos pagan precios desorbitados por un paseo en góndola. Pero también se emplean como desplazamiento de mercancías y para llevar los féretros de los muertos a la cercana isla de San Michel, que es toda ella un cementerio. Se dice que el veneciano Giacomo Casanova practicaba de cuando en cuando el sexo en góndola, tarea que, observando bien una de estas barcas, se nos antoja harto difícil. Manejarlas requiere mucha pericia y experiencia, el de gondolero no es oficio sencillo, y están fabricadas en un estricto proceso artesanal, por lo general con madera de roble o de nogal. Su diseño es siempre el mismo y miden casi siempre unos once metros de eslora. Pese a su aparente fragilidad, es una nave muy segura y resistente, casi imposible de volcar. Es veloz, siempre se cubre con una capa brillante de barniz negro, sus asientos se tapizan de terciopelo rojo fuego y los adornos de sus bordas -caballitos de mar, leoncitos, peces- son de bronce recubierto con pintura dorada.

Ahora ya tienen competencia con otras embarcaciones, como los vaporettos del transporte público, las pesadas gabarras de carga, las lanchas privadas a motor, las motoras de la Policía y los veloces taxis acuáticos. Pero hasta hace poco más de un siglo la góndola fue el más genuino emblema de la ciudad, junto con el león alado de San Marcos. En el siglo XVI llegó a haber diez mil de ellas en los canales; hoy quedan cuatrocientas.

Contemplar la pericia de los remeros en los muelles cercanos al Palacio Ducal, durante un atardecer de otoño, es como disfrutar de una pintura viva del Renacimiento o el Barroco. Por esos canales no han pasado los siglos.

Me he prometido que, la próxima vez que visite Venecia, navegaré en góndola. Con mi chica o sin ella.