Goma, por Luis Pancorbo

Luis Pancorbo

La villa de Goma, recostada en el lago Kivu, me pareció un alivio cuando la visité en enero de 1985 tras los afanes y calores que había pasado en Kinshasa, la capital de Zaire. El Hotel Masques de Goma, lleno de tallas y camareros agradables, era un buen prólogo para ir luego de safari, aunque en aquella ocasión mi meta no era ver los gorilas de los volcanes Virunga sino los pigmeos bambuti de la selva del Ituri. Para llegar allí tenía al menos una semana de viaje -y por qué pistas tras las lluvias-, así que aproveché cuanto pude la relativa frescura de Goma, que hubiese medicinas en las farmacias y volúmenes sin polilla en la Librairie Les Volcans. Ante la puerta del hotel se apostaban tipos con pieles mal curtidas al hombro, de leopardo, de guepardo, y las vendían por pocos zaires. Todo era posible y casi feliz.
Pues bien, hace poco he cruzado en Gysenyi (Ruanda) la frontera con el Congo y al llegar en pocos minutos a Goma he visto que la antaño apacible ciudad se ha convertido en una estampa del horror, si apocalíptico o conradiano eso ya va en gustos. En 2002 el Nyaragongo, volcán activo que preside la zona con sus 3.470 metros de altitud, derramó una gran colada roja y negra sobre casas, tiendas y ofi cinas de Goma. Cinco años después los edifi cios son como fantasmas devorados por las escorias. Nadie se ha molestado en quitar un trozo de lava o de barrer la ceniza. Para eso está el viento y para llevarse el olor de la basura que no se recoge, aunque se quema de vez en cuando. Al mismo tiempo Goma crece en extensión y fl orecen los negocios, entre ellos Bravo Air, una aerolínea española- congoleña que ha encontrado un segmento en medio del desastre.
Desde Goma no se puede ir por tierra más que a la selva. Tampoco hay barcos o trenes que conecten Goma con Kinshasa, la capital de un país como la República Democrática del Congo que es seis veces la superfi cie de España y que nadie domina todavía en su integridad. Por lo demás, en Goma pasa de todo y lo contrario. Militares de las Naciones Unidas (MONUC), acampados por miles en la ciudad, están siendo investigados por abusos sexuales y por hacer contrabando de armas y alimentos a favor de los rebeldes hutus. Todo lo cual a cambio de oro, como en las peores películas. Las constantes patrullas de cascos azules se cruzan con los blindados del ejército congoleño llenos de soldados con ristras de balas cruzadas en el pecho y cascos con redes verdes que parecen macetas de selva sobre su cabeza. Por su lado, los militares rebeldes de Nkundi, un general congoleño que es tutsi, siempre andan amenazando con una secesión. Mientras, los interahamwe, es decir milicianos del genocidio de Ruanda, conservan sus efectivos cerca de Goma, villa de todas las bandadas de la muerte.
Y, sin embargo, en Goma hay muchos Mercedes que arrostran las calles llenas de pedruscos y no faltan las mansiones junto al lago, o en el Quartier des Volcans, de gentes ricas bien atrincheradas tras sus vallas de alambre de espino. El coltán, un mineral pesado como el plomo usado en telefonía móvil, mueve montañas de dinero. Visto de cerca parece un polvillo gris. Son las apariencias de Goma. El antiguo palacio del presidente Mobutu es ahora sede del gobernador del Alto Kivu y sigue teniendo buena vista, aunque las aguas del lago estén envenenadas de cólera en la parte congoleña. Siendo esto así, si uno quiere ver a los gorilas de la niebla, es mejor tomar el camino de Uganda o incluso el de Ruanda, pese a haber sido este país el teatro del mayor genocidio de los últimos tiempos.
Decía Lévi-Strauss que "la Historia no sirve para comprender al hombre". Uno está bastante de acuerdo con eso. Guerras y exilios, infecciones, sequías y hambrunas, se van solapando y la angustia presente se disuelve en la próxima. No hay conciencia, ni escarmiento, ni casi recuerdo de que mañana será igual de peor que ayer. Goma es un espejo del África no turística y sin embargo un día lo fue, y mucho. Yo conocí Goma cuando era el centro de esta región del Alto Kivu conocida como "la Suiza de África". Otras veces le decían "la perla de África" y, echándole imaginación, queso y chocolate, el viajero occidental se creía en la propia orilla del lago Lugano.