Gioconda, por Javier Reverte

Es una vergüenza ver cómo una obra literaria atroz puede convertir un cuadro soberbio en un imán para la estulticia.

Javier Reverte

La última vez que visité el Louvre, en París, hace cosa de tres meses, la Gioconda tenía una cara de aburrimiento solemne, por no decir mortal. La chica está agobiada. Yo creo que, si pudiera moverse, bostezaría y se le caerían los párpados encima de las narices. ¡Pobrecilla!, no puede más. Su maléfica sonrisa se ha convertido en un rictus casi agónico. Si pudiera hablar -porque yo creo que, lo que es oír, seguro que oye- y le preguntásemos qué es lo que odia más que ninguna otra cosa en este mundo, diría sin dudarlo: "¡A Dan Brown y a su maldito Código!".

Rodeada de miríadas de turistas japoneses, norteamericanos, coreanos, rusos, españoles, chilenos, belgas, alemanes, chinos, ingleses, canadienses, australianos, indios, mexicanos, saudíes y surafricanos, ve pasar ante ella la vida como un atroz calvario. Si se lo hubieran dicho hace unos cuantos siglos, nunca hubiera aceptado posar para Leonardo da Vinci. Creo que la primera ocasión que fui a la capital francesa, allá por el año 1971, la Gioconda se encontraba en una sala o en una galería como un cuadro más del espléndido museo parisino, tan hermosa como humilde, tan discretamente provocadora como pueden serlo las mujeres que se saben hermosas hasta lo sublime, bellas hasta lo inimaginable. Te parabas ante ella y te parecía que te quedabas a solas en su compañía. El mundo se borraba a tu alrededor y tú coqueteabas con su sonrisa en una relación que el cuadro, de inmediato, convertía en personal.

Leonardo pudo pintarla para él mismo o para el mundo, pero tú tenías la impresión de que el retrato de esa mujer había nacido para que sólo lo contemplaras tú, en la intimidad de un fascinante museo por donde transitaban tantas gentes, en tanto que tú, al mismo tiempo, te sentías a solas con la beldad suprema. ¿Dónde reside el milagro del arte? Quizás en eso: en la comunicación que la obra establece contigo, una relación que es de tú a tú y que excluye lo masivo. Eso es, precisamente, lo que Dan Brown nos ha arrebatado de la Gioconda, al menos para unos cuantos años.

Desde que el pajolero "libro de m..." de Dan Brown salió a la venta, la Gioconda ocupa el centro de una sala y la han blindado con cristal de varias pulgadas de grosor, mientras que han marcado una ancha distancia de seguridad entre el cuadro y quienes van a contemplarlo. Hay que hacer cola para acercarse y, a toda hora, la rodean grupos de turistas llegados de los últimos rincones del mundo para ver qué demonios de código oculta su sonrisa. En la enorme sala en donde se encuentra la pintura aguardan turno las muchedumbres guiadas por un tipo o una tipa con sombrilla -el guía o la guía- que espera la ocasión para abalanzarse a las proximidades de la obra y explicar con celo y largamente quién era esa señora tan hermosa y cuáles son los misterios que encierra y las claves que hay que aplicarle para comprenderla. Cuando te acercas y arrimas la oreja, corres el riesgo de sufrir un soponcio, despavorido ante tanta chorrada. Si Leonardo levantara la cabeza, se acercase a su cuadro y oyera lo que dicen de él, sin lugar a dudas lo quemaría y pintaría otra Gioconda.

Es una vegüenza ver hasta qué punto el descerebramiento puede masificarse y una obra literaria atroz puede convertir un cuadro soberbio en un imán para la estulticia. No creo que vaya a asomarme por el Louvre en unos cuantos años, pero es seguro que, si lo hago, evitaré con sumo cuidado pasar a la sala en donde se expone uno de los cuadros más hermosos de la historia y sujeto hoy, desdichadamente, al imperio de la banalidad suprema. No es de extrañar que la atractiva sonrisa de la mujer tenga en estos días un rictus de amarga melancolía. ¡Lo que estará viendo desfilar ante ella y las cosas que tendrá que escuchar la pobre mía!