Geografía incierta

La Tierra es un planeta en permanente mudanza, sobre todo desde la perspectiva de los milenios y de las eras pretéritas.

Javier Reverte
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Foto: Raquel Aparicio

Puede que la geografía no sea mentirosa, pero sin duda nos desconcierta muy a menudo. La Tierra es un planeta en permanente mudanza, sobre todo si contemplamos su biografía desde la perspectiva de los milenios y de las eras pretéritas. Sabemos mucho sobre su pasado, pero muy poco sobre el aspecto real que poseyeron. En todo caso, al mundo que una vez existió hay que imaginarlo, por mucho que nos cueste hacerlo. ¿Quién puede creer que, en donde hoy hay desiertos, hubo un día océanos? Y sin embargo nadie lo pone en duda. El esqueleto fósil de una sardina en mitad del Sahara nos certifica que, con frecuencia, la imaginación corre mucho más deprisa que la verdad. Y si ahora hay tierras baldías en donde antaño batieron procelosos mares, ¿por qué no dibujar montañas en donde se extienden las llanuras?, ¿por qué no pensar bosques en donde se tienden los páramos?, ¿por qué no creer en islas que flotaron en donde en nuestro tiempo se hace casi infinito el mar desnudo? No tenemos pintores ni fotógrafos que nos traigan certificados notariales de lo que antes fue y ya no es ahora. Pero la ciencia nos abre muchas nuevas vías de intentar trazar la pintura y la fotografía de lo que fueron los paisajes del mundo miles o millones de años atrás. ¡Qué apasionante y divertido resulta el mundo contemplado desde la perspectiva de lo que pudo ser! Y más todavía si nos ponemos a pensar en lo que no llegó a ser.

Hace poco ha caído en mis manos un libro llamado Islas desconocidas, firmado por un tal Malachy Tallack. Es un catálogo insular de territorios oceánicos que nadie sabe si existieron, pero que fueron tenidos alguna vez por ciertos y que, cuanto menos, poblaron leyendas, mitos y las más disparatadas cartas marinas. El escritor recoge 21 de estos lugares que puede que nunca asomaran en los piélagos del mundo tal y como fueron descritos en su tiempo y sobre los que se construyeron historias fantásticas y aventuras sin cuento. Aún seguimos intrigados con Tule, por ejemplo. Su primera mención aparece en el libro Sobre el océano, del viajero griego Pitias, más o menos en el 330 antes de Cristo. Al parecer, según el navegante heleno, la isla se encontraba seis días al norte de la actual Inglaterra y era un extraño territorio en donde la noche lo oscurecía todo durante seis meses y lo iluminaba durante otros seis.

Viajeros posteriores –e incluso los geógrafos hasta hoy mismo– han venido especulando sobre cuál es el lugar exacto de Tule, concluyendo que pudo ser Islandia, o el archipiélago de las Feroe, o el de las Shetland. Pero no todos los datos que conservamos de Pitias (su libro no ha llegado entero a nuestros días) apuntan a un lugar preciso, sino que más bien levantan muchas contradicciones. No obstante, el mito sigue despertando en nosotros –casi 2.400 años después de la navegación del griego– la ansiedad de lo desconocido, de esa tierra brumosa más al norte, un sitio, como dijo Pitias, “por el que no se puede caminar ni navegar”. ¿Las banquisas frágiles de hielo, los icebergs...? Y así tenemos un océano repleto de fantasmas. Si es cierto que en ocasiones, por causa de la actividad volcánica de la Tierra, aparecen o desaparecen pequeños territorios surgiendo de los mares o hundiéndose, ¿por qué algunos no pudieron esfumarse siglos atrás mientras nuestras leyendas mantienen su recuerdo? San Brandán, Kibu, Frislandia, Javasu, Lemuria... ¡cuán bonitos nombres! ¿Y si un día nuestra añorada Atlántida asoma de pronto sus perfiles en la bonita bahía de Cádiz y tenemos que reescribir una parte de nuestra Historia?