Geografía desnuda por Jesús Torbado

A casi nadie le importaba saber si Haití era una isla. La desnudez geográfica es ya el vestido común que va marcando tendencia.

Jesús Torbado

Los que estudiamos bajo los vetustos planes docentes del franquismo -pero impregnados de teorías republicanas y aun monárquicas- aprendimos cosas muy extrañas, desde luego. Desdeñábamos asignaturas tontas como la de Formación del Espíritu Nacional, aunque los progres de hoy no lo reconozcan (el desdén, digo), y a la mayoría nos entusiasmaban la Historia Sagrada, la Historia a secas y la Geografía. Es decir, sabíamos al dedillo lo de Daniel y la cueva de los leones, las listas de los reyes godos y los ríos y los lagos de Europa (la roja Rusia incluida).

Preguntaron el otro día al aspirante socialista a gobernar la Comunidad de Madrid, un antiguo alcalde votadísimo, por la capital de Bulgaria, y respondió: "Budapest; ah, no, Bucarest". En aquellos tiempos, creo que ningún cofrade con los 12 años cumplidos de la escuela de mi remoto pueblo dudaba de que esa ciudad se llamara Sofía. Quizás entre los fans del prócer presidenciable nadie se escandalizó y muy pocos reconocieron el dislate.

Pues de dislates geográficos están llenos los cerebros de las nuevas generaciones de ciudadanos que se formaron, tal como suena, con los nuevos y avanzados planes de estudios de la pimpante democracia. Durante los días aciagos del terremoto de Haití, en todo tipo de medios informativos leímos y oímos citar a la isla de Haití, cuando este desdichado país ocupa la mitad occidental de la isla llamada La Española, que precisamente para los españoles debería tener un perfume histórico muy particular (allí fue donde desembarcó Cristóbal Colón en su primer viaje).

Como aquella Tierra Montañosa -que es lo que significa su nombre- se cedió a Francia en 1697, botín de guerra al fin y al cabo, el país tuvo nula relación con nosotros, aunque hoy la vicepresidente doña Teresa se haya mostrado extremadamente generosa en sus dádivas, superiores a las de toda Europa, incluso a las de la rica madrastra Francia, aunque con el dinero no ideológico de todos nosotros, claro, no con el suyo. Tal vez por esa misma modestia de relaciones, un ilustre comunicador no se cansó en aquellos días luctuosos de hablar en la televisión de Jaití, quizás para pavonearse de a saber qué altísima cultura.

Mas lo cierto es que a casi nadie le importaba un rábano saber si el infeliz Haití era una isla o un trozo de isla o una casi-isla (como ya escribe alguno, en brillante galicismo, para designar a las penínsulas). La desnudez geográfica es ya el vestido común que va marcando tendencia. Última moda en las cuatro estaciones. Incluso timbre de gloria de cierta gente empingorotada.

Hablando del ilustre río Ebro, un texto docente de la Generalidad de Cataluña lo insulta definiéndolo como "río catalán nacido en tierras extrañas". Valdrá, hoy o en su día, lo de tierras extrañas, es decir, nacido en el extranjero, mas acaso los cantábricos, los castellanos, los riojanos y los aragoneses, ¿no tendrán el derecho y el gusto de considerarlo también como río de ellos? Puede que no, ya que esos adoctrinados escolares tal vez jamás hayan sabido nada de Aragón, Castilla, La Rioja y Cantabria. Se trata de un lavado de cerebro perfecto, como se practicaba en la antigua Unión Soviética y como se practica hoy en Cuba. Si a usted, desde infante, no le mencionan nunca la palabra París, si no ve sus imágenes excelsas, ni una postalita, si no viaja ni siente ganas de hacerlo, llegará felizmente a viejo creyendo que la capital francesa no existe.

De eso se trata ahora, de saber lo menos posible. Por supuesto que nadie será más rico ni más famoso conociendo por qué a Daniel lo echaron a la cueva leonina, que Bucarest es la capital de Rumanía y que el río Ebro nace en Fontibre. La abrumadora televisión da fe de ello. Mas aquellos parroquianos de las pobres escuelas rurales, pizarra bajo el brazo, libro de texto heredado, los discípulos de viejos planes de estudio que se esforzaban en enseñar el nombre de los reyes godos y de los ríos de Europa, tal vez se sienten hoy muy felices de saber todo lo que saben, aunque tal asunto sólo les sirva para eso. Y para sonreír cuando navegan hoy por el Ladoga: "Este sitio me lo aprendí yo de pequeño en la Enciclopedia -dirán-. Existe y es el lago más grande de Europa".