Genio del lugar por Luis Pancorbo

Picasso se hizo cubista por los cuatro costados en el bonito pueblo catalán de Horta, donde el genial pintor residió en 1898 y donde dijo y su célebre frase: "Todo lo que sé lo he aprendido en Horta del Ebro".

Luis Pancorbo

Vista desde el llano, si es que puede haber eso en la bella Terra Alta de Tarragona, Horta de Sant Joan (o del Ebro) parece flotar como una alcazaba en el aire cristalino. Picasso, enamorado de ese pueblo en el que se curó de la escarlatina en 1898, ya en su segunda estancia de 1909 lo vio como es en verdad, como una sucesión de cubos que nacen con la misma inquietud de las múrgulas locales, unas colmenillas (Morchella conica) que encarnan la suculencia de la geometría.

Es cierto que debe de haber un genius loci. Uno ha podido sentir al menos espíritus del lugar en muchos enclaves del mundo. Un rincón de Cataluña, tan bello como Els Ports, y dentro de eso, sus montes cubistas, picassianos de por sí, alumbra un pueblo como Horta que no deja indiferente al viajero. Si encima un residente del lugar se llamaba Picasso, hay una conjunción fulminante o genial. Como la que existe yendo desde el Maestrazgo a ese confín de tierras altas y bravías, el triángulo fantástico de Castellón, Teruel y Tarragona. Morella, la Matarraña, Horta... nombres que multiplican un espejo de piedra gris, montes como conos, cubos calcáreos, esquinas de caras. Cuando Picasso residió en Horta, en casa de su amigo Manuel Pallarés, era 1898, el año del desastre colonial, pero resonaba menos en un lugar donde el aceite, la avellana y el vino tienen una verdad interior fuera del tiempo. Un Picasso de 17 años, y ya genio, o fuerza de la naturaleza, no se quedó indiferente ante la belleza del pueblo, con su monte de Santa Bárbara donde se incrusta el convento de San Salvador. Un santo milagrero y buen gastrónomo, aunque con truc los ángeles le ayudaban a poner la mesa. A Picasso le gustó tanto Horta, que volvió en mayo de 1909 con su amiga Fernande Olivier. Se alojó en el Hostal del Trompet, y era tan millonario que dicen que regalaba billetes de mil pesetas a los niños pa ra que se comprasen caramelos. Lo cierto es que allí se hizo un cubista por los cuatro costados. Ya había visto en la capital francesa los ángulos de una máscara fang de Guinea y cómo se puede proyectar eso a un rostro humano y sacarlo de su ciego y habitual contexto. Uno lo entiende. Una máscara de los pende del Congo tiene toda la cara torcida a un lado. Las caretas de madera de los nuu-cha-nulth de Nutka (isla de Vancuver) tienen tal violencia en su talla, que disparan ojos y pómulos en unas posiciones absolutamente imposibles. El propio Picasso dijo sobre tantas muestras de arte indígena que "...no sólo eran obras plásticas, eran... objetos mágicos, los intercesores de espíritus desconocidos y amenazadores". Pero él fue el buen espíritu del lugar en Horta. Hasta el punto de que allí dijo su famosa frase en catalán: "Tot el que sé ho he après a Horta d''Ebre" ("Todo lo que sé lo he aprendido en Horta del Ebro"). Se ve en sus cuadros, reproducciones, del museo local. Cubos gloriosos. Incluso cómo dar la vuelta a una sencilla y emotiva ampolla de anís del Mono. Por eso también Joan Perucho ratificó que en los paisajes mágicos de Horta deambula la Serena, un animal inexistente aunque descrito en los bestiarios medievales catalanes. El hombre en realidad es poco inventivo, cosa que ya acreditaron difusionistas alemanes y antropólogos ingleses hace más de un siglo. Pocas veces sale alguien tan genial como Picasso para romper, con Braque, la pintura plana y elevarla al cubo entre 1908 y 1914. Picasso, en concreto, no tenía que ir muy lejos de Horta para ser el genio del lugar: la montaña es prismática y absorbe los muchos colores del día. Mientras, a 600 metros del pueblo, Lo Parot, El Padrastro, un olivo bimilenario, uno de los árboles más viejos de la Península, saca nobles aristas en sus ocho metros de altura y nueve de diámetro. El resto es, como diría Josep Pla, lo que hemos comido. Y en Horta, por ejemplo, en el Miralles, se da buena cuenta de la perdiz con las hierbas salvajes del lugar. Lugar de habas y de casquetes de cabello de ángel; de jabalí y de crestó, castrón, un cabrito de dos a tres años de edad, otro heraldo del contradictorio genius loci.