Ganvié, una Venecia africana, por Luis Pancorbo

La palafítica Ganvié recuerda a la ciudad de los Dux, con calles que son canales y gentes que se mueven en piragua.

Luis Pancorbo
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Foto: Ximena Maier

Desde luego, no es como para coger una góndola, como se hace en el Gritti, y decirle al gondolero: "Lléveme al Lido, o a Can Vendramin". Pero en el hotel Du Lac, de Cotonou, regido por un libanés chiíta como Raif, que se maneja bien entre mundos, y entre el lago y el mar, hay un embarcadero a corta distancia de la piscina. Ahí tienen una motora que en tres cuartos de hora lleva, por el lago Nokoué, hasta un lugar que cierta imaginación -escasa- ha dado en llamar la Venecia africana.

Ganvié está demasiado cerca de Cotonou, una ciudad electrizante pese a su calor húmedo, como para que eso no le afecte. Ganvié paga el pato de la modernidad, contaminación y demás especies que se pegan como los mejillones a las rocas. Al margen de esa desdicha de nuestro tiempo, la palafítica Ganvié recuerda a la fuerza a la ciudad de los Dux estando empantanada en una laguna, con calles que son canales y gentes que no se mueven en coche sino en piragua. Los palafitos de Ganvié hunden sus pilotes en aguas de poca calidad, aunque abundan en pesca. En las afueras, no pocos hombres lanzan sus atarrayas a la caza de percas, más raramente de un dorado que dribla entre aguas dulces y saladas. En la dilatada albufera se diseminan las acadja, unos túneles de cañas y mallas donde los peces nidifican, engordan a base de algas y esperan que un día los cosechen como si fuesen pavos con escamas. Además, usan trampas de cañas, cañas de pescar y arpones.

"Aquí pescamos trescientos sesenta y cinco días al año", me dijo muy solemne Desiré, jefe de un distrito de Ganvié, la cada vez más populosa villa lacustre de Benín. Un censo habla de 30.000 habitantes, y son muchos incluso para la tierra firme. Además, como viven hacinados en palafitos y con todos los desagües dando al mismo lado. El agua potable se la traen a diario en grandes bidones y las mujeres se encargan de llevar su ración en sus piraguas. Al alba se arma el mercado flotante en el centro de Ganvié. De barca a barca venden y compran verduras, frutas, huevos y champú, escenas que parecen trasplantadas de Tailandia y otros lugares del Sureste asiático. Veo incluso en Ganvié a un tipo que rema con el pie como hacen los paisanos en el lago Inle de Birmania. También hay quien lleva a Ganvié tierra cultivable en barcazas, y con ella amasan parcelas artificiales ganando espacio a la laguna. Serán pequeños pólderes comparados con los holandeses, pero no se pueden sino admirar.

Lo demás es lo de siempre. Una lucha sin cuartel por la vida, esperando cada día el bidón de agua potable en medio de un agua estancada donde se ceban bichos mil. El paludismo es crónico y no es el único mal que no alivian los espíritus del vodun. Ni los de otras confesiones. Ganvié no se priva de una gran mezquita y de un templo del Cristianismo Celeste, una de las denominaciones en alza de Benín. Las cristianas celestes, vestidas de un blanco riguroso, parecen vousinsi, sacerdotisas del vudú, en vez de lo contrario, luchadoras contra el viejo paganismo.

En Ganvié es posible pernoctar en un par de hoteles voluntariosos. El Germain flota sobre planchas de madera en la última cenefa de tierra firme antes del gran canal. Ahí dejan sueltos a gallos y gallinas que por fin tienen algo verde que pisar. El bochorno recuece los pilotes y es como si implorase a los mosquitos que se duerman y no piquen. Después de todo, es el lugar que los antiguos habitantes lacustres, los toffinu, escogieron, si no como paraíso, como escondite para escapar de sus perseguidores de Dahomé. ¿Quién iba a querer cazarles en un sitio como Ganvié, con sus 218 kilómetros cuadrados de laguna y canales, allá donde la vida se daba como añadidura, acaso como error? Hoy la mayoría de los peces son repoblados, como las tilapias (carpas del Nilo) que engordan bajo los jacintos de agua. Ésas son sus praderas, y los remos los únicos árboles en muchas leguas a la redonda.