Galiano contra Armani, por Carlos Carnicero

Hace falta una enorme personalidad para poder sustraerse a la dictadura de la moda porque ahora la diferencia no se admite como signo de distinción sino de pobreza.

Carlos Carnicero

Estamos convocados indefectiblemente al barroco. Incluso cuando esta tendencia irreparable se intente camuflar, por razones conductuales, en una estética que no se quiera reconocer aunque se imponga: finalmente se disimula sin mucho empeño. Se ha terminado la época de la sencillez en las formas; las hornacinas, las lentejuelas, los adornos y los encajes amenazan la sobriedad de nuestra existencia, justo cuando pensábamos que por fin los pisos podrían estar vacíos. Otra vez los ornamentos se agolpan en espera de que nos deshagamos de ellos en la próxima mudanza. El destino de la humanidad es almacenar objetos prescindibles para generar un problema en la forma de deshacerse de ellos.

El minimalismo fue un espejismo transitorio: los mismos que exultaron su grandeza lo están sumergiendo en molduras, sombras y abalorios. Al final, cada uno como individuo no tiene personalidad suficiente para detener el tiovivo de las formas cuando la moda irrumpe para dar un giro. La economía mundial de la era globalizada está construida sobre el despilfarro: si no se consume lo que no se necesita, el sistema se para; la bicicleta, si se detiene, se viene al piso.

Y, ¿quién hace emerger cada nueva moda que encierra la anterior en un armario hasta que se complete el ciclo agotador de todas las presentaciones?
Las discusiones sobre estética son las más gratificantes porque nunca se someten a la necesidad de una conclusión y son, por ello, interminables. La subjetividad en la que se sumerge esta disciplina hace que se pueda sostener una tesis y la contraria, lo que es un soporte excepcional para los cínicos y los oportunistas. Sólo necesitan tiempo libre.

Ahora, en este universo construido a la medida de que John Galiano pueda sepultar a Giorgio Armani, los esperpentos están a punto de acabar con la síntesis en las formas, con la elegancia en las líneas rectas: el espacio tiene que ser ocupado de nuevo, porque si algo está vacío puede significar que no se dispone de dinero para rellenarlo. Y en esta época en la que los constructores, que son por naturaleza gentes ordinarias que han crecido entre el ladrillo y el cemento, irrumpen en las listas de los más ricos, ¿qué se puede esperar que hagan con sus inmensas fortunas que no sea comprar y comprar objetos horrorosos sólo para demostrar que no son tacaños?

Digo esto para simplificar esta comunicación en un universo de pensamientos elementales en el que se está constituyendo la modernidad.
Ocupa su espacio esta tendencia indefinible (la modernidad) en la falta de profundidad de todas las formas de comunicación, donde los sobreentendidos no se construyen sobre ideas compartidas sino, precisamente, sobre la ausencia de ideas.

El pensamiento vacuo, sin compromiso, es la esencia de la apariencia de triunfo. Y un vacío tan grande, al final, se tiene que rellenar de formas que ocupen volumen, que distraigan de la ausencia de pensamiento: nada mejor que el barroco para aparentar, para pretender, para apagar la ausencia...

Todo esto se me ocurrió intentando racionalizar la utilización de los espacios de una habitación de un hotel de la ciudad de Barcelona, en el que el diseño ha sustituido la habitabilidad. Todo está colocado justo para que parezca que tiene algún sentido con la sola condición de que no se pueda utilizar. Las duchas que invitarían a estar unas cuantas horas sumergido en una cortina de agua, porque prometen esa debilidad, apenas pueden estar abiertas unos minutos porque inundan el baño: los sumideros no se diseñan para expulsar el agua sino para simular una catarata...

En realidad, este tipo de "hoteles de diseño" son como los documentales del National Geographic: sólo se ve el Amazonas en todo su esplendor en un día de sol, sin intuir, siquiera, un triste mosquito, la humedad del 200 por ciento y la temperatura abrasadora. La realidad de Manaos, como la de los establecimientos llamados de diseño, resulta mucho más compleja porque los cocodrilos, sobre todo, muerden, y los enchufes para Internet siempre se encuentran en un sitio que jamás admitiría una computadora.

El reto de la arquitectura -y por extensión, el de la decoración como culminación de aquélla- es mixtificar la utilidad con las formas. Es un cóctel con medidas imprescindiblemente exactas. La sencillez elegante del minimalismo pretendía que lo imprescindible se integrara para pasar desapercibido. Ahora lo imprescindible desaparece entre formas que no tienen otra utilidad que disimular que las cosas no sirven para lo que debieran haber sido concebidas.

Cada día las modas van a ser más efímeras sólo porque la renovación de los stocks tiene unas rotaciones más frenéticas. ¿Cuánto tiempo tiene que ocurrir para que las botas que esconden las terminales de unos pantalones, que han uniformizado a las mujeres de todo el mundo durante tan sólo unos meses, vuelvan al fondo de un armario antes de que los inquilinos, al cambiar de casa, utilicen un contenedor de basuras para todos esos disparates?

Hace falta una enorme personalidad para sustraerse a la dictadura de la moda porque la diferencia no se admite como signo de distinción sino de pobreza. Ahora el que no lleva un montón de objetos inservibles con la marca exhibida de un fabricante fashion es un muerto de hambre. Como cada vez es más difícil distinguirse por la riqueza en este universo de constructores que apenas saben conducir y se compran el Mercedes más grande, la condena es someterse a la dictadura de Galiano. Urge una operación de rescate de Armani porque puede perecer sumergido en las formas que siempre quiso evitar: alarma, estamos amenazados por Versace.