Galeones de Manila, por Mariano López

En Acapulco, cada retorno era celebrado. Los galeones descargaban ideas, costumbres, comidas, gentes y vestidos.

Mariano López
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Foto: V. IGLESIAS

Se cumplen ahora 450 años de una de las más grandes aventuras que han conocido los siglos: el descubrimiento realizado por Andrés de Urdaneta de la llamada "ruta del tornaviaje", el camino marítimo más rápido y seguro para regresar desde Filipinas hasta la Nueva España, la mejor autopista del Pacífico. Su historia es apasionante. Andrés de Urdaneta y Cerain era ya un consumado piloto, cosmógrafo y capitán de barco cuando se embarcó en Cebú, por encargo del Rey, para conducir la nave capitana de la expedición de Legazpi, la nao San Pedro, de regreso a México. Tenía 57 años. A los 17 se había embarcado en la expedición de García de Loaísa y Elcano a las Molucas, una locura de periplo que duraría doce años. En aquel viaje, Urdaneta aprendió todas las claves de la navegación por los Mares del Sur. Es posible, también, que tuviera amoríos en las Molucas, aunque siempre fue un hombre circunspecto, serio y religioso. De joven, destacó en latín y filosofía; en México, en 1552, ingresó en la orden de los agustinos.

El tornaviaje se inició el viernes 1 de julio de 1565. Doscientas personas viajaban a bordo de la San Pedro, que aprovechó, primero, los últimos coletazos del monzón del suroeste para subir hasta la latitud de Japón; luego siguió la corriente marina del paralelo 42 hasta alcanzar otra corriente, la del Ártico, cuya existencia también era conocida por fray Andrés; así llegó hasta la costa de California, por la que descendió hasta entrar, finalmente, en el puerto de Acapulco tras haber recorrido 7.644 millas náuticas (14.157 kilómetros) en 130 días de navegación. Un récord de velocidad que se tardó más de cien años en superar. El resultado inmediato del tornaviaje, del que informó fray Andrés al Rey, fue el establecimiento de una línea de navegación estable entre Manila y el puerto de Acapulco. El primer barco comercial que surcó la ruta fue el San Jerónimo, en mayo de 1566. Su negocio fue tan lucrativo, que los comerciantes de Sevilla elevaron a Felipe II numerosas quejas y consiguieron limitar el número de barcos a las Filipinas. La respuesta, en la Nueva España, fue agrandar el tamaño de las embarcaciones. Los galeones llegaron a ser los mayores barcos de su época. Durante los 250 años que duró la navegación, se llegaron a construir 50: quince en los astilleros mexicanos, el resto en Filipinas. Las velas se fabricaban en Manila y las anclas, herrajes y clavos se fundían en India, Japón y China.

En Manila, el galeón atracaba con enormes cantidades de plata mexicana, que se pesaba para pagar el precio de las mercancías. Así nació la moneda mexicana, el peso. En Acapulco, cada retorno era una fiesta. Los galeones descargaban ánforas de Martabán, sedas de China, canela de Ceilán, clavo de las Molucas... También ideas, costumbres, comidas, gentes y vestidos. De Filipinas llegaron a México tradiciones ahora tan mexicanas como la guayabera, el cilantro, las palapas o la afición a las peleas de gallos. También el mantón de Manila, que se convirtió en una prenda típica del sur de España.

En total, 110 galeones cruzaron el Pacífico en los 250 años que duró la ruta. Fray Andrés apenas tuvo conocimiento de los dos primeros. Regresó a México en 1567 y falleció al año siguiente, en el convento de San Agustín de Acolman, donde surgiría, años después, la tradición de las piñatas. No me consta que su efeméride, el 450 aniversario de su increíble viaje, se haya celebrado como corresponde. Pero estarán conmigo en que hay motivos sobrados para el homenaje.

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