Fútbol: tranquilos, son solo pasiones, por Carlos Carnicero

Para muchos hombres, el vínculo de pertenencia a un equipo de fútbol da sentido a su vida.

Carlos Carnicero
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Foto: Ximena Maier

Observo a los fanáticos de cada selección en el entusiasmo que derrochan en el calor de Maracaná y de los otros estadios brasileños, y medito sobre las motivaciones que empujan esos costosos y lejanos desplazamientos para ver partidos que se retransmiten con todos los adelantos técnicos. Las pocas veces que he ido a un campo de fútbol no distingo las jugadas y añoro las repeticiones para averiguar con qué pierna metieron los goles. No puedo entender transportarse a Manaos, en la amazonía, para disfrutar del calor achicharrante de un partido, en una ciudad relativamente pequeña, saturada de fanáticos. Sin duda Manaos merita un viaje, pero no especialmente para ver un partido. Sin embargo, la explicación de estos viajes para asistir a un Mundial de Fútbol es sencilla: el fútbol es una religión con tantas sectas como equipos. Los seguidores de cada selección o club son feligreses de una iglesia universal que gobierna el dinero. Veintidós deportistas hipermillonarios se disputan un balón para meterlo entre tres palos. Y millones de niños convencen a sus padres para conseguir, en cada temporada, la camiseta de sus ídolos a un precio desorbitado. Hay hombres que regresan después de una derrota de su equipo destruidos a sus casas y que son felices en la victoria. Y para ellos, el vínculo de pertenencia a un equipo de fútbol, en muchos casos, da sentido a su vida.

Nada que objetar al respecto porque los seguidores de todas las religiones tienen su dosis de fanatismo, envueltos en una promesa mucho más importante: la salvación eterna. Los parroquianos del fútbol se conforman con ganar un campeonato. En la excelente película A Bronx Tale, o en español, Una historia del Bronx, Calogero, el hijo de Robert de Niro, honrado conductor de autobuses, establece una entrañable relación con el jefe de la mafia local, encarnado por el actor Chazz Palminteri. Al comprobar el mafioso una profunda tristeza del niño, le inquiere sobre las causas. El jugador estrella de su equipo de béisbol está lesionado, y eso le tiene acongojado. El gangster le dice al niño: "¿La semana pasada, cuando estuviste enfermo, este jugador te llamó para interesarse por ti? Pues entonces tampoco tú debieras estar preocupado por su lesión".

Me he acordado muchas veces de esta escena cuando una derrota en el fútbol motiva la desesperación de algunas personas que conozco y plagio la cita de Palminteri. Son solo problemas ajenos de millonarios del balón que jamás se preocuparán por nosotros. Hace muchos años acudí varias veces al viejo estadio de Anoeta, en San Sebastián, mientras preparaba un reportaje sobre La cantera vasca de la furia; el entramado de organizaciones que siempre han estructurado la sociedad vasca alrededor del deporte. La Real Sociedad de Arconada, Satrústegui y López Ufarte acababa de ganar el campeonato de Liga y la ciudad había despertado las pasiones que solo motivan un logro imposible.

Iba a un sector de Anoeta que llamaban La jaula; en un extremo del campo, en un ángulo imposible en donde, además, un bosque de columnas que soportaban la vieja estructura del estadio hacía casi imposible seguir el juego. Incluso me desplacé a Bilbao para ver al equipo donostiarra en su rivalidad con el Athletic. Y viví de cerca la tragedia que para muchos significaba la derrota y la euforia que desataba la victoria.

Hace tiempo que no me permito dar consejos porque sé que en la mayoría de los casos son inútiles. La vida es una sucesión de vivencias personales e intransferibles y los errores enseñan mucho más que los aciertos. Sin embargo, para los que gastan su dinero en seguir a sus equipos, les sugeriría que disfruten cada destino por sí mismo, y que el fútbol lo desahoguen a través de la televisión. Ahora que El Vaticano permite cumplir el compromiso dominical de la misa por televisión, tal vez sea adecuado hacerse con muchas pulgadas de plasma para volverse loco con el fútbol y dedicarse a la religión que también son los viajes para disfrutar de las gentes, los paisajes y las culturas ajenas en la tranquilidad que dan los lugares cuando más auténticos son. Cuando los estadios, las iglesias del fútbol, están cerrados.