Fuera de Sevilla, por Jesús Torbado

Extramuros de Sevilla, poblaciones como Osuna, Carmona o Écija darán mucho contento y enseñanza al paseante.

Jesús Torbado

Una muy antigua y viciosa costumbre del viajero, que ciertamente enseguida se contagió al turista, es la de dirigir el paso a las grandes aglomeraciones humanas: ciudades, mercados ocasionales o regulares, exposiciones de cualquier género, espectáculos, festejos varios... Las muchedumbres, trabadas o nómadas, son una tentación, desde luego. Como las grandes ciudades, tan atractivas siempre.

Pongamos Sevilla: más o menos todo el mundo sabe, desde la ensimismada Barcelona a la volátil Cochinchina, que Sevilla es una de las más hermosas, divertidas y polifacéticas ciudades de Europa. Mera tautología sería ensalzar aquí sus muchos y bien conocidos méritos, los que hoy se ven incluso mejor con los nuevos tranvías que han eliminado automóviles, aunque se pregunten allí cómo diablos van a peregrinar entre tanto cable los tronos o pasos de la Semana Santa. En fin, cualquier viajero va a Sevilla sin que nadie lo empuje.

Mas ocurre, tanto con Sevilla como con docenas de otras espléndidas ciudades llamémoslas provinciales, capitales de provincia o incluso capitales autonómicas, que en su alfoz o cinturón provincial existen riquísimos encantos mal o nada conocidos. El turista de paso rápido, el dominguero curioso, el enhebrador de puentes más o menos legítimos, por lo general reduce su curiosidad a esos centros administrativos, que por haberlo sido durante siglos lograron acaparar mucha población y unos fascinantes tesoros artísticos. Y desdeña u olvida los que podría hallar, y muy cómodamente, apenas a unos kilómetros de esos centros de postín.

Sírvame hoy la provincia de Sevilla como ejemplo evidente, pues allí se está esforzando mucho la Diputación con iniciativas varias, incluida la edición de hermosos libros y folletos, en empujar a los visitantes fuera del abrazo imprescindible de la capital. Empujarlo a una provincia, como tantas, escasamente conocida. Porque es injusto comportamiento desconocer Carmona, sede de cuatro culturas de las que guarda valiosos vestigios, no sólo en su museo. Desconocer Écija y su nutrida colección de torres "hermosas, sólidas y bien dibujadas", en piropo de Cela. Desconocer Osuna y su prodigioso callejero de enrejados miradores; o Lebrija, la que fundó el mismísimo Baco, según enseñan las monedas acuñadas allí. O la "Itálica famosa", claro.

Fuera, extramuros de Sevilla, éstas y otras poblaciones darán mucho contento y provechosa enseñanza al paseante. Algunas incluso, como la citada Carmona, tabernaria y "lucero de Europa", han organizado ya una industria turística de mucho renombre (magníficos hoteles, por ejemplo). Quedan arrumbados los tiempos de escaseces, malos recibimientos y hospedajes insanos. Tanto en esta rica provincia como en muchas otras, periféricas o interiores.

Sevilla añade además una gracia que en estos momentos está asentándose con firmeza. Se trata de los paseos fluviales por ese Guadalquivir grande y viejo. No aquí río cantarín, claro y risueño, sino vía de comunicación en la que veinte y más siglos de historia han dejado memoria. Los grandes barcos que hacen cola ante la esclusa remueven con sus hélices y sus quillas los lodos, el agua se ha tornado funcional y práctica, y por eso mismo florece en las orillas una riqueza insólita e impensable. Muchos de los pueblos (Gelves, Coria del Río) crecieron e incluso nacieron precisamente por los muchos recursos que generaba el agua. No sólo los campos de arroz, que son hoy un imperio de alcance mundial, sino el ejemplo anecdótico de aquellas latas de caviar que Ybarra despachaba incluso con caracteres cirílicos. El pobre y feo sollo, como allí llamaban al esturión cuyas hembras ahítas de huevos arrastraban río arriba sus sesenta kilos de peso, desapareció a causa de la contaminación, el tránsito y la pesca excesiva y brutal. Menos de cuarenta años, desde 1931, estuvo abierta Villa Pepita, la única fábrica de caviar del occidente europeo. Hoy es un restaurante excelente, lujoso mirador, junto a muchos otros, sobre ese río que se muestra tan repleto de glorias. Al que por fin la propia ciudad de Sevilla ha vuelto a hacer caso.