Fuera de carta por Jesús Torbado

Llegada la cuenta, el comensal descubrirá que a aquella oferta que no estaba en la carta le han endosado precio de caviar beluga. Y así va transcurriendo la edad de oro del turismo español, en la que se daba bien de comer, y abundante.

Jesús Torbado

Como adición y complemento a las ruidosas penurias hoteleras contra las que se predicó el mes pasado en esta misma página tribunicia, el vacacionista o viajero de media distancia habrá sufrido también en este verano que se agota los virus de una invención que está infectando a España toda, particularmente por las playas del sur y las de levante. (Aunque escribir hoy levante sea ya políticamente incorrecto después de que los valencianos nos hayan recriminado con tanto furor localista y con el peso de mil autoridades para que dejemos de utilizar esa referencia geográfica, ellos deben de saber por qué les molesta tanto).

En fin: las playas del levante u oriente de la Península Ibérica, por más detalles, de Creus a Gata. En realidad, la invención no es tal, pero su práctica crece con tanta desmesura que puede describirse como otro feo tumor en el cuerpo doliente del turismo español. Tumor que, según se va diciendo por ahí, contribuirá también a que nuestros antiguos huéspedes deserten hacia Turquía, Croacia, Marruecos, Cabo Verde o el Quinto Pino.

Incluso a que nosotros los imitemos. El hambriento comensal, en fin, estudia despacio la carta del restaurante, chiringuito o sombrajo (si éstos la tienen, cosa infrecuente), empieza a escandalizarse otra vez más por los precios gloriosos que el euro malvado y la codicia creciente de los empresarios de hostelería nos imponen y cuando ya ha decidido qué comer o está a punto, un camarero que puede ser profesional, búlgaro, soñoliento, argentino o zarrapastroso explica: "Fuera de carta, señor (o tío), tenemos esto y lo otro: muslo de conejo al azafrán boliviano, gambas de pesca nocturna, chorizo de jilguero japonés, sardinas ensardinadas...". ¿Cómo resistir tantas tentaciones sobre un panorama gastronómico escrito más bien rutinario y tristísimo: pollo asado en polígono industrial, paella de convoy, filete con patatas embalsamadas, salsas de barril, rosada en adobo...? "Bueno, vale, pues tráigame de eso y de lo otro".

Nadie cometerá el feo movimiento de preguntar por el precio de esos hallazgos, nadie querrá que el camarero o los acompañantes lo tomen por rácano, por avaro, por maleducado, por mal turista. Tampoco querrá saber la fortuna que cuesta la botella de vino que tontamente estaba ya en la mesa, al alcance de nuestra mano.

Algunos errores se pagan en la vida y éstos, que casi todos hemos repetido una y otra vez, se pagan con dinero cash -ya tan exótico- o con tarjeta, cualquiera de los miles de tarjetas que ya te obliga a adquirir hasta el repartidor de la leche. Llegada, pues, la cuenta -"la dolorosa", que decían nuestros antepasados-, el comensal, el gastrónomo, el que no ha tenido más remedio que alimentarse porque anda fuera de casa, descubrirá que a aquella oferta que no estaba en la carta le han endosado precio de caviar beluga. ¿No figuraba impresa para enmascarar su coste o porque el cocinero encontró el producto en el último minuto del mercado? ¿Cómo las sardinas ensardinadas llegaron al wok de improviso y a causa de viaje tan súbito no costaban ya cuatro euros sino cuarenta? Pone el turista cara de facocero herido, se le torna negra la color, tal vez desgrane algunas blasfemias carodianas o zerolistas, mas, ¿cómo, a santo de qué, con qué argumento protestar?

Pidió lo que engulló, fuera bueno o malo, descontó la vieja estrategia de maitres que ensalzan un material revenido y caducado -ponerlo en plato antes que echarlo a la basura-, dio su crédito al consejero y ahora lo fríen como a un pardillo.

Su opción es irse a otro sitio, mas con dos problemas: a) va de paso y jamás tornará a aquel lugar, que tiene por su lado muchos anzuelos para engañar al siguiente, y b) se quedará unos pocos días más para que en otros comedores ("similares", engañosa, mendaz palabreja que cada vez usan más los negociantes del turismo) venga otro camarero con la misma canción del verano: "Fuera de carta tenemos...".

Y así va transcurriendo aquella edad de oro del turismo español en la que se daba muy bien de comer, y abundante; en la que los hoteles te trataban como a una persona, no como a un ejemplar de ganadería... Naturalmente, en cuanto asoma su hocico la vaca flaca, empresarios y sindicatos adjuntos exigirán apoyos, subvenciones, dineros públicos para "solventar la crisis del sector", enderezar las torceduras de esta gran industria nacional (o federal, dentro de nada).

En más de un lugar empieza ya a escucharse una respuesta vengativa: se lo tienen bien ganado. Porque ese plato, esa negra posibilidad de ruina, sí que estaba anunciada en la carta del día.