Frans Hals sigue en en el asilo de Haarlem, por Carlos Carnicero

CARLOS CARNICERO

Aterricé en Haarlem siguiendo las huellas de Frans Hals. El primer encuentro con el pintor fue en la National Gallery de Londres, visitando la muestra que se celebró el verano pasado bajo el título de Dutch Portraits: The Age of Rembrandt and Frans Hals. Esa exposición aún puede visitarse hasta el 13 de enero en el museo Mauritshuis de La Haya. Pero más allá de la genialidad de Rembrandt, mi atención se ciñó en dos de los espléndidos cuadros de Fran Hals que allí estaban expuestos: Retrato de Willem van Heythuysen y Retrato de Pieter van den Broecke. Me impactó tanto la expresividad de las figuras, la terminación casi impresionista de sus gestos aventados con pinceladas aparentemente imprecisas, que decidí que la contemplación de la obra de Hals merecía toda una expedición. El itinerario no era tan complicado: Amsterdam y Haarlem. De repente, la observación detallada de cada cuadro se reveló como una radiografía fehaciente de la época en la que lo que hoy es Holanda se constituía en epicentro del comercio mundial, escuela de tolerancia religiosa y avanzadilla de modernidad en un mundo cambiante. Y en los retratos de Frans Hals es donde se percibe, a través de la expresión de sus protagonistas, los retazos profundos de almas que no se encontraban todavía a gusto en unos tiempos que no terminaban de llegar. Hals lo percibió y lo dejó señalado para que lo descubrieran los elegidos. El tránsito inmediato a Amsterdam permitió incentivar la curiosidad en las obras expuestas en el Rijksmuseum, que se exhiben de una forma inteligente en lo que se han bautizado como "masterpieces". Sólo un apeadero obligado hasta el destino final en el museo Frans Hals de Haarlem.
No se perciben facturas pendientes al llegar a Haarlem. Hace ya demasiado tiempo de la Guerra de los Ochenta Años y de que don Fadrique, hijo del Duque de Alba, terminara por tomar la ciudad, rendida por el hambre después de un cruel asedio en que tanto los atacantes como los sitiados hicieron gala de una extraordinaria brutalidad.
Ahora Haarlem, una ciudad de poco más de ciento cincuenta mil habitantes, es un universo de quietud con la paz condensada en el jardín interior del Museo Frans Hals. Se diría que el pintor determinó que no se le molestara y estableció el almacén de su obra en el edificio del viejo asilo de ancianos, inaugurado precisamente en la época dorada de la pintura de Hals, que dejó retratados para la inmortalidad, en sendos cuadros complementarios, a los regentes y a las regentas de la institución de caridad. Estos óleos tardíos, casi póstumos, revelan tanto del alma del lugar en donde se exhiben, que es difícil determinar donde terminan los lienzos y donde comienza el edificio que los contiene. Además de los dos grandes óleos con los hombres y las mujeres que dirigieron el asilo, los retratos colectivos más espectaculares son los de las milicias que aseguraban Haarlem cuando ya los españoles se habían retirado de Holanda. Hals describe toda una forma de vida en los banquetes y reuniones de las milicias de San Jorge y de San Adrián, en cuya expresión de sus protagonistas se reúnen las técnicas primigenias con las que después se reencontrarían los impresionistas franceses.
El resto de la ciudad de Haarlem es una prolongación de la quietud del museo. Lo único que no se entiende bien en esta búsqueda de una explicación razonable de este milagro de la técnica, del color, de la luz y la expresión que se contiene en la pintura de Hals son las incógnitas sobre su vida. A pesar de ser pintor de éxito, terminó por ser desahuciado de sus más miserables pertenencias. Vivió muchos años, pero jamás se ha podido precisar su fecha de nacimiento. Tuvo muchos hijos de dos mujeres que pugnan por ser la causa de su ruina económica, y una fama de libertino que se contradice con su pertenencia a las sociedades calvinistas de las que nunca pudiera haber sido miembro si los vicios hubieran sido conocidos. Frans Hals forma parte de la nómina de genios universales que vivieron en la penuria hasta que la muerte los reencontró con la gloria. Hals ha tenido una suerte extraordinaria; sin duda, sus últimos clientes, que posaron en sus retratos más bellos, quienes administraban el asilo de ancianos de Haarlem, quedaron tan satisfechos que le dejaron ocupar este edificio memorable para el resto de sus días, que son la eternidad que tiene ganada con su obra.