Frank Gehry, arquitecto ganador del Pritzker y creador del Guggenheim: “Bilbao prueba que un edificio puede convertirse en una razón para viajar”
El canadiense-estadounidense Frank Gehry, Premio Pritzker de Arquitectura en 1989 y autor del Museo Guggenheim Bilbao, fallecido el 5 de diciembre de 2025 a los 96 años, situó a la ciudad vasca junto al Partenón y la Ópera de Sídney como destino que la gente visita por la sola fuerza de su arquitectura. Una distinción que Bilbao ha sabido ganarse mucho más allá de un único edificio.

Un museo que ha cambiado la forma de vida y el skyline de una de las ciudades más bonitas del norte de España. / Istock
Hay ciudades que cambian de piel. Bilbao lo hizo de manera radical y visible: en la segunda mitad de los años noventa, una metrópoli de raíces industriales y perfil obrero comenzó a reinventarse como capital cultural y arquitectónica de rango mundial. El detonante fue la apertura, el 18 de octubre de 1997, del Museo Guggenheim Bilbao, inaugurado por el rey Juan Carlos I ante la mirada atónita de críticos, arquitectos y viajeros de todo el planeta. El edificio, diseñado por el arquitecto canadiense-estadounidense Frank Gehry, fue construido a orillas del río Nervión, en lo que había sido el área portuaria en declive de la ciudad. Al abrirse al público, fue inmediatamente aclamado como uno de los edificios más espectaculares del mundo. No era solo un museo: era una declaración de intenciones sobre lo que la arquitectura podía hacerle a una ciudad.

Detalle del Museo Guggenheim de Bilbao. / Istock
Detrás de esa transformación había una figura de trayectoria singular. Frank Owen Gehry fue un arquitecto canadiense asentado en Estados Unidos, reconocido por las innovadoras y peculiares formas de los edificios que diseñó. En 1989 le fue concedido el Premio Pritzker —considerado el Nobel de la arquitectura—, y a lo largo de su carrera fue galardonado con la Medalla de Oro del AIA, la Medalla Nacional de las Artes y el Premio Príncipe de Asturias de las Artes en 2014. Su muerte, en diciembre de 2025, cerró una de las trayectorias más influyentes de la arquitectura contemporánea, pero dejó intacta la vigencia de una obra que transformó ciudades y maneras de viajar.

Adriana Fernández
Cuando el Guggenheim abrió sus puertas en Bilbao, Gehry ya era un maestro reconocido, pero fue este proyecto el que lo catapultó a la categoría de los grandes mitos de la arquitectura contemporánea. El propio Gehry contó en numerosas ocasiones que el edificio fue terminado en plazo y dentro del presupuesto —aproximadamente 89 millones de dólares—, gracias al uso pionero de un software de modelado procedente de la industria aeroespacial francesa llamado CATIA.
“Algo les lleva hasta allí”
Gehry fue directo al preguntársele por qué la gente seguía haciendo viajes costosos para ver arquitectura: “Creo que a la gente le importa. Si no, ¿por qué gastan tanto dinero en vacaciones para ver arquitectura? Van al Partenón, a Chartres, a la Ópera de Sídney. Van a Bilbao. Hay algo que les compele. La gente busca algo que no tiene en su vida. Hay una necesidad insatisfecha”. La frase, pronunciada en una entrevista con la revista Playboy en 2011, condensaba la filosofía de un arquitecto que nunca vio su trabajo como mera construcción, sino como una respuesta a un deseo humano profundo e irreductible.

Vista del Museo Guggenheim de Bilbao. / Istock
Gehry fue también el primero en aclarar que el fenómeno que los medios bautizaron como el “efecto Bilbao” no era nuevo. “El efecto Bilbao es el efecto Partenón. El efecto de la Catedral de Chartres. El efecto Notre Dame. La prensa le puso esa etiqueta, no yo. No es nada nuevo que la arquitectura pueda afectar profundamente a un lugar, a veces transformarlo. Es como la arquitectura y cualquier arte puede transformar a una persona, incluso salvarla”. Y sobre su propia relación con la ciudad, Gehry fue sorprendentemente humilde: “La gente siempre me dice cómo cambié la ciudad. Yo no pretendía cambiar la ciudad; solo pretendía ser parte de ella”.
Una ciudad de arquitectos consagrados
Bilbao tuvo la inteligencia de no apostar todo a una sola carta. Al mismo tiempo que se erigía el Guggenheim, la ciudad impulsó un ambicioso plan de regeneración urbana que atrajo a algunos de los nombres más grandes de la arquitectura internacional. El resultado fue un conjunto de obras que, juntas, convirtieron la capital vizcaína en una especie de museo a cielo abierto de la mejor arquitectura de finales del siglo XX y principios del XXI.

Puppy, el gigante perro floral a las puertas del Guggenheim. / Istock / Luis A. Ripoll
Uno de los hitos más queridos por los propios bilbaínos es el Metro, diseñado por el británico Norman Foster —también Premio Pritzker, en 1999—. El Metro Bilbao obtuvo en 1998 el Premio Brunel de Arquitectura ferroviaria en su globalidad y a la estación de Sarriko en particular. Sus emblemáticas bocas de acceso acristaladas, apodadas popularmente “fosteritos”, se han convertido en un símbolo de la ciudad tanto como el propio Guggenheim. La crítica Mary Mistry, en The Architectural Review, describió las entradas como “nuestro equivalente fin-de-siècle de las famosas entradas al Métro de París diseñadas por Guimard hace un siglo; como aquellas, las de Bilbao usan la tecnología de vidrio más avanzada disponible para ofrecer una sensación urbana de bienvenida y llegada. Son elementos memorables del paisaje urbano por derecho propio”. El propio Foster declaró al recoger el Premio BIA otorgado por los arquitectos vizcaínos: “La regeneración de la ciudad es la expresión más tangible del optimismo de la gente de Bilbao. El inspirado enfoque de apostar por el futuro de la ciudad permitió mi implicación en el proyecto, que ha constituido todo un privilegio”.

Museo Guggenheim y la Torre Iberdrola, Bilbao / Istock / Alberto Pomares
A pocos metros del Guggenheim se alza el Puente Zubizuri, obra del valenciano Santiago Calatrava. Inaugurado el 30 de mayo de 1997, apenas unos meses antes que el Museo Guggenheim, el Zubizuri fue concebido como parte integral del ambicioso plan de revitalización urbana que transformó Bilbao de una ciudad industrial en declive en un destino turístico y cultural de primer orden mundial. Su arco blanco sobre el Nervión es ya una imagen icónica del nuevo Bilbao. También merece mención el Palacio Euskalduna, sede de la ópera y los congresos de la ciudad. Inaugurado en 1999, ocupa el lugar del antiguo astillero Euskalduna. Su fachada en acero oxidado recuerda a un barco varado y conecta con la memoria industrial de la ciudad. En 2003 fue galardonado por la Asociación de Palacios de Congresos como el mejor ejemplo de este tipo de centros del mundo. Y en el ámbito de la cultura contemporánea, la Azkuna Zentroa —antiguo almacén de vinos reconvertido por Philippe Starck— completa un paisaje urbano que convierte cada paseo por la ría en un recorrido por décadas de arquitectura de vanguardia.

Edificio del Museo Guggenheim en Bilbao / Istock
Toda esta constelación de edificios excepcionales confirma lo que Gehry intuyó desde el principio: que Bilbao no necesitaba solo un icono, sino una actitud. Su muerte en 2025 añadió una dimensión elegíaca a esa lectura: el Guggenheim Bilbao quedó no solo como la obra que transformó una ciudad, sino como uno de los grandes legados de un arquitecto que entendió que un edificio podía cambiar la manera en que el mundo mira un lugar. La misma actitud llevó al arquitecto Philip Johnson, padrino de la arquitectura moderna americana, a romper a llorar al entrar por primera vez en el Guggenheim. Johnson declaró: “Ese es el edificio más importante de nuestra generación y de nuestro tiempo”. Y sobre Gehry fue aún más contundente: “Gehry es con diferencia el mayor arquitecto que existe, hasta el punto de que casi no se puede hablar del resto”. Difícil encontrar mejor epitafio para una ciudad que supo entender que la gran arquitectura no es un lujo, sino la promesa más sólida de futuro que un lugar puede hacerse a sí mismo.
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