Francia en el final de la grandeur, por Carlos Carnicero

Hubo un tiempo en que las señas de identidad de Europa se definían en el eje Oeste-Este; ahora el eje es Norte-Sur.

Carlos Carnicero
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Foto: Ximena Meier

No deja de impresionarme cruzar fronteras que ya no existen. Quizá permanecen los edificios de las antiguas aduanas porque los Estados no quieren perder el último hilo de su soberanía. Olvidarse del pasaporte para recorrer más de tres mil quinientos kilómetros en coche. Emprendí el viaje desde Varsovia hacia el sur con la intención de hacer una ele en el corazón de Europa, regresando a Madrid en coche, atravesando Polonia, República Checa, Austria, Italia y Francia. Norte a Sur con desviaciones hacia el oeste. En Polonia subsiste el zloty, que tiene un cambio de alrededor de cuatro unidades por un euro. La vida es mucho más barata que en los países más avanzados de Europa, aunque los salarios son menores. Pero la resultante es muy atractiva. Diría que hay una equivalencia de un zloty por euro en la asimilación de los precios, excepto en los productos de importación sofisticados. Llama la atención la profesionalidad con la que se manejan los servicios. Una restauración excelente sin necesidad de rebuscar en las guías. Se come bien en casi cualquier lado y el servicio es amable, profesional y esmerado. La cocina polaca es contundente, como corresponde a las bajas temperaturas de su invierno. Sopas, potajes y guisos de carnes de cerdo en donde las reinas son las setas. Los dulces con los frutos salvajes de sus bosques, excelentes.

La República Checa, al cruzar la frontera, ofrece una imagen todavía gris de postcomunismo. Las carreteras son peores sin ser pésimas. Y los servicios son antiguos, pero diría que suficientes. Nostalgia de cuando no nos hacían falta tantas cosas y eran bastantes. La entrada en Austria desde la República Checa evoca sensibilidad. Eficacia germánica con humanismo. Todavía estamos en el norte y se nota que la perfección es una tendencia amarrada a las costumbres. Se nota rigor en los empeños, destreza en los oficios y limpieza. Hubo un tiempo en que las señas de identidad diferenciadas de Europa se definían en el eje Oeste-Este. El grado de libertad de los ciudadanos era la línea divisoria que establecía dos mundos. Ahora el eje es Norte-Sur, con atención a los países más al Este, en donde todavía la diferencia de renta se siente también en el ambiente. Cruzar a Italia acariciando la frontera de Eslovenia es una mixtura entre la belleza de las Dolomitas y la inercia de un sur que se va espesando conforme se discurre por las autoestradas. Pero ya el ambiente demuestra que estamos en otra Europa. Sol y aspavientos en cada conversación. Los servicios de las gasolineras son un desastre. La conducción, más temeraria. Kilómetros de tráfico, muchas veces agresivo, en el tránsito desde las inmediaciones de Venecia a las puertas de Milán. Y después, el descenso vertiginoso hacia las puertas de Francia.

Siempre pensé que Francia era sinónimo de glamour. Ya no percibo esa admiración. Empecé a pensar que desde la caída de Napoleón los franceses están acomplejados por lo que fueron y que no saben a dónde ir. No se esfuerzan, en general, por entender y atender al extranjero que pugna por hacerse entender en francés. Sigue bajando la calidad de los servicios y la limpieza es una asignatura pendiente de recuperación. Hay que armarse de paciencia en los peajes de la autopista porque se producen, en toda la zona de la Costa Azul y la Provenza, en cadencias de pocos kilómetros, donde hay que detenerse continuamente.

En Francia son difíciles los términos medios. Se puede comer maravillosamente y beber los mejores vinos pagando una barbaridad. Pero comer decentemente a un precio razonable con una atención cuidada es una lotería con pocos premios.

El sol es el gran activo del sur. Si se apagase, y los inviernos fueran como en Polonia o Alemania, no podríamos sobrevivir porque se harían insoportables los déficits. Francia ha declinado la grandeur, ha perdido su personalidad y se ha sumido en la confusión. Tal vez suenen atrevidas estas aseveraciones. Son productos de un tránsito rápido de norte a sur y de este a oeste. Luego, la llegada a España por la frontera de la Junquera. Pero esa ya es otra historia.