Fotógrafos todos, por Jesús Torbado

Todo el mundo se ha doctorado en fotografía desde que las cámaras se han reducido a la mínima expresión.

Jesús Torbado
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Foto: Raquel Aparicio

Han desaparecido hace años aquellos rebaños de japoneses -dicho sea con todo afecto- que pululaban en torno a los tesoros turísticos de España colgados de una cámara fotográfica con la que atacaban a todo lo que se movía y a lo inmóvil. Se decía y se sospechaba de que eran meros espías de medio pelo, que de vuelta a su país vendían las imágenes para que empresas de sus paisanos fabricaran todo lo que existía fuera de Japón: picaportes, bordillos de aceras, jaulas de pájaros... Siempre dudé de esa teoría; siempre creí más bien que eran gente curiosa y esforzada a la que gustaba inmortalizar su experiencia viajera.

Aquella actividad depredadora de imágenes se ha convertido en una verdadera plaga. La popularización -así lo llaman- y el abaratamiento de los adminículos fotográficos permiten lo que antes estaba solo al alcance de pocos. Ya no hace falta estar alfabetizado para manejar con habilidad las más misteriosas máquinas de ese arte. Las cuales, por lo demás, abandonaron enseguida muchas de sus complejidades. Ni profundidad de campo, ni velocidades de obturación, ni isos, ni siquiera rollos de película que se velaban al menor descuido. Hasta los más reacios fotógrafos profesionales, luego de algunas dudas,se mudaron a lo digital y dejaron de cargar al hombro con las pesadísimas bolsas llenas de objetivos, flashes, filtros, trípodes y carretes para incorporarse a los hallazgos del tiempo.

Casi han estadoa punto de desaparecer en verdad ellos mismos con sus aparatos. Todo el mundo ha sido doctorado de pronto en el arte de la fotografía, o al menos en un remedo del mismo. Especialmente desde que las cámaras se han reducido a la mínima expresión. Y más que eso: desde que un telefonito de bajo coste puede servir también de cámara. En cualquier grupo de viajeros con el que uno tropieza es raro encontrar a uno solo que no exhiba su propia cámara. O un par de ellas. El cómo las use y para qué ya es otra cuestión. Que provoca risa muchas a veces a quien todavia conserva un cierto respeto por la fotografía.

Mas el tiempo no se detiene, aunque la fotografía pretenda fijar los días y horas. Un gran periódico, el Chicago Sun-Times, ha despedido a su plantilla de fotógrafos, 28 buenos profesionales, y obligado a sus reporteros plumillas a que aprendan a hacer fotos y vídeos con sus iPhones. El resultado de esta decisión, que con distintos matices se ha impuesto en todas partes, está bien a la vista. Muchas cadenas de televisión reciben fotos de sus espectadores, bien para ilustrar paisajes, el tiempo meteorológico o para certificar alguna noticia. En todas partes hay un fotógrafo que dará testimonio de lo que sucede. Y en no pocos casos eso supone ingresos económicos de cierta entidad, aunque el producto artístico sea modesto. También periódicos de papel suelen acoger a este tipo de colaboradores. Y tanto en ellos como en las pantallas -por no hablar de Internet- aparecen con frecuencia auténticas maravillas fotográficas. Los tradicionales aficionados se transmutan en verdaderos maestros gracias a los progresos de la técnica.

Mientras por un lado se ensalza hasta la desmesura a algunas figuras de la fotografía llamada artística -pongamos el caso actual de Annie Leibovitz-, y más si coincide con ciertas peculiaridades sexuales, una legión de novatos consigue maravillas gráficas. Antes, quien iba de viaje había de contentarse con comprar tarjetas postales, incluso agrupadas en hatillos, para luego recordar en casa lo que había visto o para enseñarlo a las amistades. (Se han desvanecido aquellos vendedores ambulantes frente a cada monumento, tan insistentes). Ahora le basta al turista un aparatejo para retener todo su viaje en un puño.

La fotografía es un medio para exorcizar la angustia que nos produce el paso del tiempo y lo efímero de nuestra trayectoria viajera. Por eso mismo, como escribía Pedro G. Cuartango, también la cámara, por omnipotente que se haya convertido, es un instrumento antinatural porque detiene el avance del tiempo y fija un instante para la eternidad. La fotografía no es más que un engaño consolador, el que alimenta nuestros sueños, multiplica nuestro viaje y nos empuja a no detenernos. Y saber que malos, mediocres o buenos, todos somos ya fotógrafos.