Foto-turismo, por Javier Reverte

El fenómeno de la fotografía me asombra: ¿para qué hacer una foto a "La Pietá" con lo bonita que sale en las postales?

Javier Reverte
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Foto: Raquel Aparicio

Hace unas semanas, en no recuerdo qué revista, contemplé una fotografía que me dejó absolutamente perplejo. Estaba tomada en las islas Galápagos y en ella aparecía una veintena de turistas -por supuesto, con uniforme de turistas viajeros, sombrero de safari incluido- rodeando una pequeña charca de aguas verdosas en donde descansaba, escondida bajo su enorme caparazón, una tortuga gigante. Ni uno solo de los miembros del grupo carecía de cámara. Además, algunos de ellos lo fotografiaban con potentes zooms, a pesar de encontrarse a menos de tres metros de distancia del animal. Por supuesto que respeto a todo el mundo que se acerque a una tortuga para fotografiarla en lugar de despedazarla para comérsela. Pero, ¿para qué demonios la quieren fotografiar? Creo que si yo fuese una tortuga, cobraría por posar.

El fenómeno de la fotografía no deja de asombrarme. Recientemente, tras bastante tiempo sin visitar la más bella de las ciudades, he pasado varios meses viviendo en Roma y, naturalmente, me acerqué de nuevo a sus magníficos museos e iglesias para admirar tanta maravilla como atesora. Turistas ha habido siempre en la capital italiana, si me apuran desde la antigüedad clásica, pero jamás he visto en la ciudad tanta cámara fotográfica. Una por turista, al menos. Y algunos, además de la cámara, de cuando en cuando usaban el teléfono móvil para retratar.

Contemplar un rato en la basílica de San Pedro La Pietá, de Miguel Ángel, por ejemplo, suponía abrirse camino a codazos entre turistas furibundos que reclamaban espacios para poder disparar sus fotografías. Y yo me preguntaba: ¿para qué quieren hacer una fotografía con lo bonita que sale la escultura en las postales? Me encantan esos templos y museos, que son pocos, en donde no se permiten hacer fotografías. Casualmente, suelen estar más vacíos que los otros.

Hace años nos reíamos de los japoneses que venían por España a fotografiarlo todo. Si eran cuatro los miembros de una familia viajera nipona, cada uno llevaba su máquina de fotos. Recuerdo una vez, en La Mancha, hará cosa de cuarenta años, la carcajada que me provocó ver un autobús de turistas que paró en mitad de una carretera secundaria a la vista de un borrico. Medio centenar de japoneses bajaron como locos a fotografiar al pollino, ante la asombrada mirada del amo.

Lo curioso de todo este asunto es que, hace cosa ya de diez años, mientras recorría los pueblos de la Alpujarra almeriense, me encontré a mí mismo fotografiando a un burro. Y claro, no me quedó otra opción que reírme de mí mismo.

Hace una década visité las cataratas Victoria. Había una legión de turistas recorriendo las terrazas que asoman a las imponentes cascadas. Y me llamó la atención una familia española formada por el matrimonio y dos hijos adolescentes. Los cuatro llevaban sombreros surafricanos de safari y el padre rodaba con una cámara de vídeo. En cada balconada abierta a los sucesivos saltos, la mujer y los hijos posaban ante la cascada de turno y el padre los rodaba. Luego decía: "¡Ya está!". Y se iban hacia el siguiente salto de agua sin apenas haber mirado lo que dejaban atrás. Ya tendrían ocasión en su casa de poder admirar las cataratas.

En todo caso, uno puede, más o menos, irse acostumbrando a pegar codazos entre los turistas fotografiadores para hacerse un hueco y poder observar La Pietá. No obstante, a lo que es difícil acostumbrarse es a que un amigo, al regreso de un viaje, te invite a cenar con un grupo de gente y se empeñe, a los postres, en mostrarte sus vídeos y sus fotografías. No lo haga nunca, amigo lector: ninguno de sus amigos volverá a una de sus cenas para verle sonreír delante de unas cataratas o posando junto a un borrico.