Flygskam, por Javier Moro

"Los ecologistas suecos han inventado un término, flygskam, que significa algo así como 'vergüenza a volar'"

Javier Moro
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Foto: Kike Lucas

Siempre me han gustado los aviones. Mi padre era ejecutivo en una compañía aérea y gozábamos del privilegio de viajar gratis. En las cabinas de los Superconstellation el servicio era esmerado y la comida, exquisita. Volé en un Electra, el último de los turboprop, y luego en Convair, uno de los primeros jets comerciales ingleses. Se podía fumar en la cabina, más tarde lo restringieron a las últimas filas y no tenía mucho sentido porque el humo es libre y acaba por invadirlo todo. Luego apareció el mítico Boeing 707, el DC-8 y el Jumbo 747, y así hasta hoy. Viajar era distinto. En la ruta hacia Asia cambiaban los olores al filo de las escalas: en los aeropuertos de Ammán o Teherán ya olía a Oriente, el de Bombay era un microcosmos de la India, olía a curry y a humedad. Llegaba uno a Tokio —todo impecable— con la impresión de no haberse alejado mucho del punto de partida. La tierra era diversa, exótica, cambiante. Han bastado 60 años para que ese mundo se encogiese como piel de zapa y en gran parte, esa contribución a la globalización se la debemos al avión.   

A mí me sigue maravillando que un sistema tan complejo como es la aviación comercial funcione tan bien, a pesar de los caprichos del clima o los avatares de la tecnología. Encuentro que hay algo mágico cada vez que despego y aterrizo dentro de un avión enorme que me lleva al otro lado del mundo mientras leo libros y veo películas. Llevo años volando y me sigue pareciendo un milagro. La aviación es orden, precisión, seguridad.

Por eso me rebelo contra la mala fama que está adquiriendo últimamente. Los ecologistas suecos han inventado un término, flygskam, algo así como “vergüenza a volar”. Es cierto que los aviones contribuyen al calentamiento climático por el CO2 que emiten a la atmósfera, y que la situación del planeta es grave. Es cierto que la aviación ha contribuido a que esta pandemia se haya esparcido de forma rápida y simultánea, una novedad en la historia. Pero no se puede culpar al mensajero.     

En su defensa conviene señalar que los nuevos aparatos son cada vez mas eficientes: un pasajero de un Dreamliner o un A350 que efectúa la ruta México-Madrid consume poco más de dos litros cada cien kilómetros, mejor que muchos utilitarios. Un avance que ya quisieran haber conseguido otras industrias como la textil, o la del papel, o la cosmética, o la de cualquier otro proceso de transformación de los recursos de la tierra en energía. No es una excusa para no seguir mejorando su eficiencia. Pero quisiera recordar que por encima de los 600 km, los aviones tienen un impacto global inferior al transporte terrestre porque solo necesitan un aeropuerto de salida y otro de llegada, y no 600 kilómetros de costosas carreteras que se asfaltan con alquitrán derivado del petróleo. Muy pronto los aviones usarán biocombustibles, neutrales desde el punto de vista de las emisiones de CO2, y dejaran de contribuir al calentamiento global.

Por eso no tiene mucho sentido demonizar un medio de transporte que tanto ha aportado, y aporta, a la evolución de la humanidad. El avión ha contribuido a la globalización, a los intercambios, al comercio, ha sido un aliado fundamental en la lucha por reducir la pobreza en la Tierra. Las máquinas, de las que vivimos rodeados, han multiplicado el consumo de energía, es decir el consumo de gases de efecto invernadero. Piensen en todas las máquinas que conlleva el simple acto de vestirse: tractores para la recolección de fibras naturales, silos para almacenarlas, camiones para transportarlas, fábricas de productos químicos para los tintes, industria del mueble para las tiendas... Vestirse es una de las acciones más contaminantes que uno pueda desempeñar, y sin embargo no oigo que se demonice la ropa, ni que exista un clamor por ir desnudo o vestirse con fibras naturales. O que exista la palabra “vergüenza de vestirse”. La guerra contra el calentamiento global es cosa muy seria porque es una guerra de nosotros mismos contra nosotros mismos, y los esfuerzos se deben realizar a todos los niveles, y en todos los sectores de actividad. No es una historia de buenos y malos.