Fin del mundo, por Mariano López

Tampoco nos parece razonable sostener que el eje del mundo es un canal cósmico con la forma de un árbol o que hubo un tiempo sin Sol.

Mariano López
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Foto: Sergio Feo

Los mayas creían que el Sol, después de ponerse cada tarde, se transformaba en un jaguar. También creían que la Tierra era cuadrada, que estaba limitada por arriba y por abajo por dos mundos sobrenaturales, que el peso del cielo lo aguantaban cuatro árboles gigantes plantados en cada esquina del universo y que era muy posible, aunque no seguro, que el reino terrestre, cuadrado y llano, descansara sobre una tortuga que nadaba con parsimonia sobre un inacabable océano. Ninguna de estas creencias ocupa hoy espacio alguno en las páginas de los periódicos, las tertulias radiofónicas o los debates de televisión, no resultan dignas de mención. Tampoco nos parece razonable sostener, como afirmaban los mayas, que el eje del mundo es un canal cósmico con la forma de un árbol o que hubo un tiempo sin Sol dominado por un dios de ojos enjoyados y dientes de color de harina que finalmente fue vencido por dos héroes gemelos. No, ninguno de estos dogmas de fe de los antiguos hombres del maíz merece hoy nuestra atención y, sin embargo, hemos creado una nube de conjeturas en torno a un par de inscripciones irrelevantes, para los mayas, a las que algunos han otorgado el poder de cifrar el fin de nuestros días.

Los especialistas en la cultura del Mayab han advertido que el calendario maya no sirvió nunca para calcular la última fecha y que el final de los piktunes o los baktunes, los ciclos y eras con que los astrónomos mayas organizaban la cuenta larga de los años, solo significa que concluye una medida y empieza otra, exactamente tal que a nuestro año 2000 le siguió el 2001 y a nuestro siglo veinte el veintiuno. Pero da igual, nos puede el mito: con cualquier tontuna revivimos la fe en el Armagedón, la creencia en que en algún lugar misterioso se encuentra escrita la fecha exacta del fin del mundo.

El pasado mes de diciembre se reunieron en Palenque, junto a las famosas ruinas del mismo nombre, sesenta especialistas en la cultura maya que advirtieron que solo dos de los quince mil textos mayas conocidos se refieren a nuestro año 2012, a diciembre de 2012, para afirmar que será entonces cuando concluya una era maya, un período de trece ciclos de 400 años, 5.200 años, para dar paso a otro nuevo período. Las dos inscripciones que hablan del 2012 dicen que el 21 de diciembre se terminarán trece baktunes, que es como decir -afirman los especialistas- que terminará un año y a la mañana siguiente comenzará otro, sin más misterio. Ninguna profecía, ningún significado oculto. Como mucho, algunos investigadores estiman que puede hablarse de una cierta idea de regeneración, similar a la que acompañó la llegada de nuestro milenio, los deseos que se expresaron en Occidente para celebrar la llegada del siglo XXI.

El problema se encuentra, concluyeron los eruditos de Palenque, en nuestra idea del milenio, no en el calendario maya. Fue un escritor norteamericano, Frank Waters, especializado en relatos sobre los indios de Nuevo México y Colorado, quien extendió, por primera vez, a principios del siglo XX, la idea de que existía una profecía hopi basada, a su vez, en una profecía maya, que fijaba el ocaso del mundo en el año 2012.
Otros escritores, como José Argüelles y Alberto Beuttenmüller, continuaron la fábula. Hollywood hizo el resto. Ahora, la locura se ha desatado. Laura Castellanos, autora del libro 2012, las profecías del fin del mundo, afirma que en España gana fuerza el llamado Grupo para la Supervivencia de España 2012, que trabaja en la construcción de una comunidad refugio y reclama al presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, que construya estructuras reforzadas para que se salve la gente humilde, no solo los poderosos.

En Venezuela, otra comunidad reúne fondos para un búnker acuático; en Rusia, el ingeniero militar Yevgeni Ubiyko ha construido una bóveda a prueba de apocalipsis y vende alojamientos en su interior a 61.000 euros la plaza, y en el territorio predilecto de los mayas, la península de Yucatán, en México, un grupo de italianos ha comprado tierras y trabaja en la construcción de una nueva Arca de Noé, con la que piensan salvarse del cataclismo y perpetuar la especie.

Por fortuna, toda esta suerte de disparates está alimentando el turismo. México espera recibir a 52 millones de turistas en el área donde se concentra la Ruta Maya, en Chiapas y los Estados de la península del Yucatán. Será un año afortunado para todos los lugares de la Ruta Maya y para todos los visitantes, que disfrutarán de un legado espectacular. Conocerán las escaleras de Chichén Itzá, donde el Sol dibuja una vez al año la figura de Kukulcán, la serpiente emplumada; la geometría de Uxmal, que recuerda el zigzag que recorre el dorso de las víboras; los guerreros pintados en Bonampak, junto al río Usumacinta, o las pirámides de Calakmul, donde resuena el toc toc de los pájaros carpinteros y el chillido de los monos aulladores que aún se asombran ante las piedras. Los mayas se alegrarían de saber que para todo esto ha servido la cuenta larga de su calendario: sus pirámides se han llenado de viajeros al final del 13 baktún, en el año hoy conocido, por algunos, como el año del fin del mundo.