Fiestas infames, por Jesús Torbado

La necesidad de la fiesta consiste ahora en la ruptura de todos los tabúes, incluso los de la buena educación.

Jesús Torbado
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Foto: Raquel Aparicio

?Miles o millones de ciudadanos españoles, particularmente jóvenes y especialmente bárbaros, han estado aguardando la llegada de septiembre, con sus viejas coreografías de alcohol, insomnio, sexo urgente y sangre animal. No pocos de ellos tienen entrenadas la insensibilidad y las piernas después de la triste y ritual semana pamplonesa en la que hemos visto otra vez la ridícula orgía de los encierros y el burdo espectáculo que los acompaña desde hace años. Lo más novedoso y trendy son esas mozas maceradas en sudoroso vino y encaramadas a los hombros de algún amiguete o desconocido que se levantan la camisa para que los aficionados se lancen como posesos febriles a manipular sus pechos desnudos. Los acusarán luego de acosadores, machistas y violadores, pero eso es lo de menos.

Afirman los expertos que el negocio va a más, y año tras año desde que Hemingway publicó en 1926 la novelita También sale el sol (aquí traducida bobamente como Fiesta) se multiplican los viajeros turistas de todo el mundo a emborracharse severamente, enmerdar parques y calles de la ciudad y entregarse, en fin, a todo tipo de desmanes. Bueno, con el aplauso de casi todos: autoridades, periódicos, televisiones y público en general. Porque debajo de esa rara pasión se esconden toneladas de doblones.

Aquellas costumbres quizás atávicas de correr delante de los toros se han extendido en los últimos años por toda España. Casi no hay un pueblo digno de ese nombre que no organice, y desde el respectivo Consistorio, una tanda de encierros para diversión de los contribuyentes. Lo normal cada año es que el resultado sea de docenas de magullados, heridos y alguna muerte necia si hace al caso. Aparte de unas cuantas miles de borracheras soberanas, incluso de adolescentes y hasta de niños. Mas a nadie le va a preocupar ni mucho ni poco el espanto de los animales salvajes obligados a correr (y hacia la muerte) por un pasillo estrecho, sobre pavimentos desacostumbrados, golpeados a gritos, empujados, arrastrados, sedientos, burlados.

Ese es el espíritu de la fiesta entre nosotros. El antropólogo que quiera hundir su inteligencia en los orígenes de la fiesta, elemento humano tan antiguo como los hombres, no encontrará ya orígenes religiosos (pobre obispo San Fermín, pobres Vírgenes de lo que sea), ni siquiera el recurso a la liberación, al desfogue, a romper la rutina diaria. En España la necesidad de la fiesta consiste ahora en la ruptura de todos los tabúes, incluso los sociales de la buena educación.
Así lo entienden nuestros huéspedes, particularmente en las costas mallorquinas y catalanas, cuando practican todo tipo de burradas, locuras y guarradas, desde practicar el sexo entre los cubos de basura playeros a tirarse al vacío desde los balcones de hoteles, hinchados de cerveza. Y todo por doce euros al día. A ello lo llaman piadosamente hacer turismo.

El otro asidero de la fiesta es la juerga general con los toros. En Cataluña han prohibido las corridas, pero, en un nuevo ejemplo de las hipocresías que se gastan los regidores de aquellas tierras, autorizan y aplauden otras formas de tortura populares y famosas. Solo porque son tradicionales, típicas, autóctonas, diferenciales. Apalean a los animales atados con una soga, los empujan al mar, les añaden fuego a la cornamenta mientras corren enloquecidos.

Claro que esas hazañas palidecen ante la barbarie del llamado Toro de la Vega, que es torturado en el campo de la ilustre Tordesillas. Es un torneo septembrino en el que un solitario y aterrado toro es perseguido por cientos de individuos, a pie y a caballo, enloquecidos y armados de lanza. El juego y la victoria consisten en apuñalar al animal, desangrarlo, hasta que muere entre el polvo, el griterío, los aplausos y la complacencia y ayuda de las autoridades. A eso llaman fiesta.

Incluso ponen a tales desvergüenzas títulos "de interés turístico" local, provincial, nacional, mundial... El que viaja a contemplar esas sucias atrocidades se hace partícipe y corresponsable de las mismas, aunque se sienta sano y honesto. Allá él (o ella).