Fiestas bobas por Jesús Torbado

Foto: Raquel Aparicio

El último descubrimiento de los ruidos radiotelevisivos otoñales procede de Tabuenca, que es un pueblo aragonés perdido cerca del Moncayo. El hallazgo nada tiene que ver con las filosofías de la historia que hace unos años analizaron Uwe Schultz y sus compañeros en el famoso libro titulado La Fiesta. No. Más bien es el último ejemplo de las chorradas que se les ocurren a algunas personas en esta democracia estrambótica que nos acoge. Con el patrocinio municipal, "como no podía ser de otra manera" (según dicen a tutiplén los locutores de aquellos medios), han urdido un concurso que consiste en zampar albóndigas. O sea, lo gana quien engulla más albóndigas una detrás de otra, de una sentada, y parece que el récord lo tiene ya un intrépido lugareño que se metió noventa piezas entre pecho y espaldas, dos kilos y cuarto de engrudo cárnico.

Como la noticia ha tenido la debida difusión pública, he aquí una ceremonia que enseguida se convertirá en un atractivo turístico, o sea "de interés turístico oficial". De la misma sencilla manera debió de empezar esa memez ya tan famosa y aplaudida en todas partes que llaman la Tomatina y que reúne cada año en la localidad valenciana de Buñol a miles de buscadores de aventuras. O los encierros de la sanferminada.

Los concursos de triperos tragaldabas no son cosa nueva, ni siquiera localista hispánica. La especie humana es la única capaz de comer sin hambre y de hacer el bestia sin necesidad. En una excelente película americana, La leyenda del indomable, Paul Newman, su protagonista, gana también, y al borde de la muerte, un festín de tragar 50 huevos duros.

¿Con qué finalidad se hace todo esto? Reventar de albóndigas, bañarse en jugo de tomate, ¿es un peldaño para la felicidad? Quizás, España es el país que mejor guarda las barbaridades primitivas y en los albores del otoño se lanza con furia a renovarlas y multiplicarlas. A veces por el simple motivo de darle gusto al cuerpo; en otros casos, con la excusa de atraer turistas y, por tanto, aliviar el paro. Las ceremonias de los botellones y de esa nueva locura que llaman rave -y que ha causado algunas muertes- es la nueva versión de los encierros de toros, otra fiesta tan peligrosa como ridícula, y que se exporta con la mayor fortuna. Torturen salvajemente o no al pobre animal, como ocurre en esa indecencia pública que autorizan y aplauden en Tordesillas, ciudad a la que nadie debería viajar mientras no la prohíban, el trajín a los toros produce vergüenza a cualquier ser civilizado.

Fiesta. Si un toro levantino al que tontamente han llamado asesino se ha cobrado ya alguna venganza contra sus verdugos, si otros bovinos anónimos empitonaron o aplastaron a corredores casi siempre borrachos que por diversión se lanzaban calle abajo a correr con ellos, trescientos mozos de Alcorcón se dedicaron hace semanas, como parte de su fiesta, a lanzar botellas contra los policías que intentaban contenerlos y a quemar cualquier objeto combustible que les salía al paso.

Así se entiende la fiesta entre nosotros, sublimando las saturnales de los esclavos romanos, los más agrios carnavales de la Edad Media, las tremendas bodas principescas del siglo XVII, la de Opet en el antiguo Egipto, la de la coronación de Carlomagno, las cortesanas de Barbarroja... Mas si la fiesta, la juerga, ha sido siempre expresión de la condición humana, con sus brutalidades adjuntas, a lo que vamos caminando ahora es al ridículo y a la extenuación, a la bobez más trendy.

A cualquier concejal sin nada que pensar se le ocurre lanzar a los cuatro vientos un anzuelo para que las multitudes acudan a su pueblo. Claro que, ¿vale la pena viajar para hundirse en salsa de tomate, para reventar de albóndigas, para ver cómo la gente martiriza a un toro y cómo un toro clava sus cuernos en las tripas de un mentecato?