Ferries

"Un viejo ferri en tanzania, atestado de pasajeros, se balanceaba con riesgo de volcar en una corriente llena de cocodrilos" Javier Reverte

Javier Reverte
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Foto: Raquel Aparicio

Me apasionan los transbordadores. O lo que es lo mismo: los ferries, palabra que a mí me gusta más que transbordadores pues contiene un mayor sonido de aventura. Y los que prefiero son aquellos que cruzan de isla en isla o los que van de una orilla de un río a la contraria. Sobre todo porque dan sentido a un viaje al proponer un destino preciso, al contrario que muchos de los cruceros tan a la moda, cuya tarea principal consiste en divertir a los pasajeros, a menudo con boberías sin cuento. El último ferri que tomé me llevó de un lado a otro del estrecho de Messina, entre Calabria y Sicilia, una franja de mar que, en su punto más angosto, tiene tres kilómetros de anchura. Las leyendas afirman que por aquí cruzó el gran Ulises, en su deambular por el Mediterráneo camino de la isla de Ítaca, y que este era el peligroso punto en donde aguardaban a los navegantes los monstruosos Escila y Caribdis. Durante veinte minutos me sentí como el héroe griego, aunque en mi caso salí indemne del empeño, pues la monstruosa Escila no se zampó a ninguno de mis compañeros de viaje.

Recuerdo un viejo ferri en África, cruzando el río Rufiji, en Tanzania, que, atestado de pasajeros, se balanceaba con riesgo de volcar en una corriente llena de cocodrilos. Parecidos los he tomado en el lago Tana (Etiopía), el Victoria (Kenia), el Congo (en la república del mismo nombre) y en el Nilo (Sudán). Y aún me llena de gozo traer a la memoria un transbordador que surca las costas de la Columbia Británica, en Canadá, lo que se conoce como Paso del Interior, abundante en orcas y en ballenas.

Raquel Aparicio

Y ya que hablo de Canadá, asoma en mi pasado un ferri que tomé para cruzar el Red River, en el lejano gran norte. Tan solo viajábamos a bordo el piloto, dos marineros y yo. Y el único equipaje era mi coche alquilado. Además, como sucede con todos los ferries canadienses alejados del turismo de masas, era gratuito. En la orilla septentrional de la corriente, cuando nos acercábamos, un ciervo de enormes astas bebía del río sin perdernos de vista. Pocas veces he sentido una sensación natural de tanta pujanza y belleza como en aquella mañana en las cercanías del Ártico.

Me gustan los transbordadores griegos. Los hay por centenares, pues se trata, como bien sabe el lector, de un país lleno de islas. Son baratos, populares y no tienen nada de sofisticados. En las travesías –que suelen ser cortas– hay gente que canta o solitarios músicos que tocan el acordeón. Y bares ruidosos en donde se consumen enormes vasos de café frío, el popular frappé, o amargo licor de ouzo mezclado con agua, muy parecido a lo que en España conocíamos como palomita.

Algún día quisiera recorrer las islas Canarias saltando de ferri en ferri, desdeñando el avión, y tengo el propósito, si la salud y los años me respetan, de navegar el Mediterráneo de este a oeste, y de costa a costa, a bordo de múltiples transbordadores. ¿Imaginan? De Barcelona a Génova, desde allí a Córcega y Cerdeña, y seguir por Malta, Sicilia, Corfú, Cefalonia, Creta, Rodas, Chipre... ¿para qué nombrar más? Y todo ello a bordo de barcos de nombres míticos, llegando a playas legendarias y a ciudades nombradas en mil libros: surcar ese Mediterráneo que es patria común de tantas etnias, sentirse parte de una civilización única en la Historia...

Y en la cubierta de los ferries, mecido por el mar de antaño.