Fernando (38 años), el único habitante de su aldea desde hace más de 16 años: "No me da miedo vivir solo, me da miedo que el pueblo desaparezca"
Fernando del Amo lleva media vida en Benamira, una aldea de Soria donde ya solo vive él. Lo que le quita el sueño no es la soledad, sino ver el pueblo apagarse.

Un pequeño y remoto pueblo de Soria que prácticamente ya no tiene habitantes. / Wikicommons
Son las siete de la mañana y Fernando ya está en la carretera, con el mono de trabajo puesto, camino de un tramo de asfalto a tres kilómetros de su casa. Antes de salir ha regado el huerto y ha soltado a los perros, que son, dice él, su compañía más constante. Cuando vuelva por la tarde recorrerá la plaza de Benamira, la misma que cruzan sus vecinos desde hace generaciones, y no se cruzará con nadie. Es la rutina de un hombre de 38 años que hace mantenimiento de carreteras de lunes a viernes y que, entre turno y turno, guarda las llaves de medio pueblo porque no queda nadie más a quien dárselas.
Del Amo llegó a Benamira, una aldea del municipio de Medinaceli, con 22 años, casi por casualidad: le salió una oferta de trabajo en la comarca y decidió instalarse en la casa de sus abuelos para ahorrarse el alquiler de otro sitio. Pensaba quedarse cuatro meses. Han pasado dieciséis años. No ha sido siempre el único vecino: cuando llegó todavía vivía allí Pedro, un hombre mayor que había pasado toda su vida en el pueblo, y durante un tiempo convivieron los dos, más la pareja de Fernando, que también se instaló con él. La marcha de su pareja y la muerte de Pedro lo dejaron, desde hace ya varios años, como el único habitante estable de la aldea. Lo que siente al respecto no es miedo. "No me da miedo vivir solo, me da miedo que el pueblo desaparezca", resume.

Adriana Fernández
Benamira, qué es y de dónde viene
El nombre ya avisa de que este rincón del Alto Jalón lleva siglos habitado. Benamira se sitúa a 1.092 metros de altitud, a los pies de la Sierra Ministra, la cadena que enlaza el Sistema Central con el Sistema Ibérico, y su origen se remonta a la órbita de la Medinaceli musulmana, fundada en el siglo IX bajo el emirato de Muhammad I. El topónimo, de raíz árabe, se ha interpretado tradicionalmente como "hija del emir".
Hay también una leyenda asociada al lugar, recogida por el historiador Nicolás Rabal: cuentan que el poeta árabe Aben Celin, de paso por el valle que entonces llamaban Wallamira, escuchó el canto de una torcaz y compuso unos versos conocidos como "Llanto de la paloma", que los árabes cantaban por las noches. Es tradición oral, no un hecho documentado, y así conviene tratarla.
Benamira fue municipio independiente hasta 1969, año en que un decreto lo fusionó con Medinaceli. De aquella etapa autónoma quedan la iglesia de San Miguel y una plaza Mayor con fuente y un lavadero tradicional que se ha restaurado con esmero y que hoy es, más que una pieza de museo, un símbolo de que alguien sigue cuidando este sitio.

Esta pequeña aldea pertenece al pueblo de Medinaceli. / Istock
Cómo se vació, y lo poco que resiste
Los números cuentan la historia mejor que cualquier adjetivo. En 1842, Benamira tenía 241 habitantes repartidos en 59 vecindades. La gran sangría llegó con la emigración de los años sesenta: de ahí en adelante, el descenso no se ha detenido. En 1981 quedaban 24 personas; en 2005, diez; en 2008, nueve; en 2010, ocho. Hoy, todo el año, solo uno.
Pero decir que Benamira está muerta sería mentir. Existe desde 1985 una Asociación de Amigos de Benamira que mantiene el vínculo de los descendientes del pueblo con sus raíces, y que en su día impulsó la recuperación del nacimiento del río Jalón —uno de los grandes afluentes del Ebro, con 224 kilómetros de curso—, cuyo manantial, la Fuente Vieja, se acondicionó como parque a unos tres kilómetros del núcleo. En verano la aldea se llena: llegan hasta doscientas personas, los hijos del pueblo vuelven los fines de semana, se organizan comidas cada mes o mes y medio y, cuando hay algún evento grande, se juntan entre sesenta y ochenta vecinos de toda la vida. No hay ganadería activa como tal, aunque pastores de la zona siguen usando las instalaciones de forma puntual, y se cultivan trigo y cebada en las tierras de alrededor.

El pueblo pertenece al municipio de Medinaceli. / Istock
Fernando no habla de todo esto con nostalgia, sino con una especie de rabia contenida. Lo que le pesa no es cruzar la plaza sin ver a nadie: es pensar que todo lo que hay allí lo levantaron sus abuelos y que ahora se está quedando en nada. Por eso prefiere comprar en las pocas tiendas de la zona antes que pedir por internet, aunque sea más cómodo: si esos comercios cierran, dice, se acaba también el pueblo.
El entorno como destino: qué ver y dónde comer
Quien quiera acercarse a Benamira lo hará casi siempre a través de Medinaceli, a poco más de diez kilómetros, con acceso directo desde la A-2. Es la villa que da servicio a Fernando —la farmacia, la tienda, lo más básico— y también el gran reclamo patrimonial de la comarca: su castillo, del siglo IX, donde según la tradición murió Almanzor en el año 1002; el arco romano, uno de los símbolos más fotografiados de la provincia de Soria; y el convento de Santa Isabel, del siglo XVI. Medinaceli tiene, según el último padrón, en torno a 686 habitantes, una cifra que en esta zona ya se considera notable.

Plaza mayor de Medinaceli / Istock
De Benamira en sí, lo que puede visitarse con respeto es el paraje del nacimiento del Jalón y su Fuente Vieja, un lugar recuperado por los propios vecinos y que sigue siendo, más que un reclamo turístico, un punto de encuentro real para quienes aún vuelven al pueblo. Para comer, la referencia sólida en Medinaceli es el Asador de la Villa "El Granero", en pleno centro de la villa, especializado en cocina tradicional castellana y asados de la zona, con el lechazo como plato habitual.
Lo que no tiene sentido es tratar Benamira como una postal de la España vaciada para fotografiar antes de que desaparezca. No hay bares que visitar ni casas que fotografiar como si fueran un decorado: hay una persona que vive allí, trabaja, cultiva su huerto y hace monólogos sobre lo raro que resulta explicarle a la gente que, cuando dice que vive solo en un pueblo, lo dice en el sentido más literal posible.
Al final, cuando se le pregunta por el futuro de Benamira, Fernando no habla de rendirse ni de resistir como un símbolo. Habla de que le gustaría que volviera a haber gente, no mucha, lo justo para que el pueblo se sostenga solo entre todos, como se sostuvo siempre. Mientras eso no ocurra, seguirá regando el huerto, guardando las llaves y cruzando cada tarde una plaza vacía que, pese a todo, no piensa abandonar.
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