Feos paisajes nuevos, por Jesús Torbado

Las próximas generaciones españolas tendrán que buscar la belleza natural en un libro o en un documental de televisión.

Jesús Torbado

Como la tuerca está muy pasada de rosca, una vuelta más no va tener un efecto notorio. La amenaza que el Parlamento Europeo ha hecho a España -un multazo de no te menees- a causa de la destrucción de nuestros paisajes, señalando a todo un gremio de culpables bien reconocidos, desde políticos en sus gobiernos a jueces en sus juzgados, pasando por constructores, inmobiliarios y otras gentes con sus manos siempre en la masa de la masa, va a quedarse en nada.

Es decir, puede que la multa llegue: la pagaremos a escote, culpables e inocentes, y aquí paz y después gloria. De hecho, el informe-diatriba de la eurodiputada sueca Aitken que levantó la liebre mereció la abstención o el rechazo de todos sus colegas españoles, como si el asunto no fuera con ellos. En realidad, hay quien dice que despertaron la liebre antes y en el mismo sitio los propios socialistas españoles al avisar por interés político de las tropelías que un gobierno de derechas estaba acometiendo en la Comunidad Valenciana. Como si en Andalucía, en Baleares o en Galicia no ocurriera nada. Fue una pista segura que otros diputados europeos han aprovechado para urdir lo de la famosa multa.

No falta en el asunto, desde luego, una elevada dosis de hipocresía por parte de esos señores boreales y lluviosos tan sensibles, pues ocurre que son muchos miles los ciudadanos europeos que han acudido y acuden a nuestro litoral y compran sin mucho repulgo aquello que bien les place, aduciendo ignorancia cuando les vienen mal dadas. Compran casas ilegales, las construyen en zonas prohibidas, se evaden con el salto del gitano de todo aquello que les incomoda o les cuesta y luego lloriquean escandalosamente que si les han engañado los intermediarios o los codiciosos españoles. Mas esa es otra cuestión.

La destrucción de las costas españolas, y no sólo costas, es un escándalo y tiene razón la señora sueca al acusar a casi todo el mundo, desde gobernantes a juzgadores. Ahí está ese crimen del hotel Algarrobico, en Cabo de Gata, ante el que todos los que mandan miran ahora para otro lado.

A esa masacre se está sumando en estos momentos otra igual de grandiosa que todos justifican con la cantata de las energías limpias y renovables. Ya ha saltado a la palestra el negocio en las personas de los ediles de La Muela conducidos al juez: aquel paisaje salvaje y agreste se ha convertido en un jardín de horribles molinos blancos cuyas aspas zumban día y noche. Quien viaje en coche por esos parajes aragoneses, también por el desvío que lleva a Teruel, quedará espantado ante esa arboleda supuestamente ecológica cuyo beneficio eléctrico, después de todo, es mucho más caro que el de las centrales térmicas y nucleares.

Metidos ya en harina, a esos bosques repentinos que han destruido cientos de amenos paisajes y aplastado docenas de hermosas colinas y montañas se han añadido las nuevas plantaciones de huertos solares, otro terror estético al parecer muy provechoso. Hileras de planchas vidriadas refulgen en exhibición de nueva riqueza en páramos y estepas. Como los trigales y cebadales de Tierra de Campos, pongamos por caso, exigían gran trabajo para dar de comer a sus dueños, esta plantación de generadores eléctricos inmóviles va a ser la salvación energética de nuestra economía. También resultan a la larga muy caros, según muchos expertos, pero está plenamente garantizada su corrección política. Es decir, no desprenden gases contaminantes ni ensucian el aire. Según parece por ahora.

Y son tan estupendo negocio como las casas erigidas al mismo borde de la arena y las torres de veinte pisos junto al oleaje. Sin duda, y como ocurre tantas veces, hay que enfrentarse a un dilema complejo. ¿Vale la pena destruir tantos bienes duraderos para obtener una energía que se malgasta? ¿Hay que rendirse siempre a los intereses del capital, del progreso o de cualquier otro moloch de los que sólo viven para aplastarnos? España se está desfigurando, malencarando, afeando cada día y cada vez más deprisa. Las generaciones venideras tendrán que buscar la belleza natural en las láminas de un libro o en los documentales anacrónicos producidos para la televisión.